Estuve en una comuna hippie en Cerdeña y me cagaron en los pies.

Esta fue mi experiencia viviendo en la comuna hippie Del Valle de la Luna. Dormí como un bebé pero cuando me desperté encontré a mis...

5 agosto 2020 ·
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Esta fue mi experiencia viviendo en la comuna hippie Del Valle de la Luna. Dormí como un bebé pero cuando me desperté encontré a mis pies un enorme zurullo hippie.

Cerdeña es un paraíso. Fui con unos amigos a pasar unos días recorriendo la isla. Alquilamos un coche y viajamos desde Cagliari, la ciudad más grande del sur, hasta el Valle della Luna. Una comuna hippie en el norte.

Visitamos playas, calas y pueblos. Una de las primeras noches paramos en pueblo que estaba en fiestas. No sé si todas las fiestas de los pueblos sardos son así. Pero esta, la  verdad, era de lo más decadente. Un escenario en un lado de la plaza. Unas veinte personas (a ojo de buen cubero)  y un grupo formado por unos cinco músicos y el cantante. Un hombre que no paraba de gritar haciendo gorgoritos infernales a toda pastilla.

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Al día siguiente llegamos al Valle della Luna. Probablemente el lugar más mágico en el que he estado. Las rocas del valle, que recorren toda la costa de la zona, tienen unas formas espectaculares. Son grandes masas macizas con un aspecto muy dúctil. Todas las paredes rocosas tienen hoyos en los que encontrar miles de caras y formas. O están moldeadas por el viento en forma de láminas. Que recuerdan a pétalos, plátanos pelados o aves abriendo sus alas.

La cuestión es que el lugar era una comuna hippie. Allí se lo había montado maravillosamente. Algunos habían construido sus casas con piedras. Otros habían aprovechado los agujeros más grandes en las rocas para crear su hogar.

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La mayoría de ellos iban puestísimos y no paraban de ofrecernos droga.

Además, por varias zonas del valle había totems y esculturas colgantes que construían con basura y objetos que los turistas dejaban olvidados.

La mayoría de ellos iban puestísimos y no paraban de ofrecernos droga. Hasta aquí todo bien, los hippies hablaban con nosotros y no parecía que les molestáramos.

Llegada la noche, realizaron un ritual de cena y música en torno a la lumbre. Nosotros teníamos una guitarra y acabamos uniéndonos a la fiesta.

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Todos bebían de unas botellas rellenas de un líquido extrañamente marrón del que me ofrecieron varias veces diciendo que era limoncello. Que va, ni de coña.

Todos bebían de unas botellas rellenas de un líquido extrañamente marrón del que me ofrecieron varias veces diciendo que era limoncello. Que va, ni de coña. No bebí ni una gota de su mágico elixir (que les ponía loquísimos), pero aún así acabé tocando una batería “artesanal” y cantando royo trance bajo la luz de las estrellas.

Todo muy bonito, la verdad.

Cuando nos fuimos a dormir, como no tenía tienda, me busqué una roca bastante cómoda en la que poner mi esterilla y mi saco. Dormí como un bebé pero cuando me desperté encontré a mis pies un enorme zurullo hippie. Por supuesto, ellos seguían de mañaneo en el mismo lugar, aunque la mayoría estaban tiesos como palos mirando al horizonte sin poder articular palabra.

Recogimos nuestras cosas y nos fuimos al mediodía. El Valle della Luna es un lugar mágico, no cabe duda.

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