Las máscaras sociales ¿actuamos acorde a lo que pensamos que piensan de nosotros?

Dependiendo del contexto social usamos una máscara u otra en virtud a lo que pensamos que las otras personas piensan de nosotros

24 junio 2021 ·
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Imagen vía Unsp.

Aunque los seres humanos tenemos capacidad de agencia, de actuar libremente en virtud de nuestras decisiones personales, esa capacidad de decisión está amoldada por la estructura social vigente. Todo lo que hacemos, lo que elegimos hacer, un camino u otro, responde a la influencia social. Cómo elegimos vestir, lo que decimos, lo que elegimos comer, nuestra apariencia y peinado, está acorde a unas normas sociales. Ajustar, y no desequilibrarse, en la estructura social es uno de los principales aprendizajes que absorben las personas desde los primeros procesos de socialización en la infancia. Un fenómeno ampliamente estudiado por los sociólogos Erving Goffman, con la teoría de la máscara social, y Charles Cooley, con el ‘yo espejo. Dos caras de una misma moneda.

Actuamos en la sociedad con un enfoque dramatúrgico. Como si de una función teatral se tratara. Empleamos diferentes caras o máscaras en virtud a una línea que nos permita mantener la relación social con relativa coherencia y comodidad. Esas caras o máscaras son prestadas por la sociedad, donde recibimos un feedback de los otros, lo cual nos lleva al concepto de ‘yo espejo’, por el cual establecemos un imaginario social por el que interiorizamos lo que creemos que los otros piensan de nosotros, actuando acorde a ello. No actuamos de la misma manera con nuestros padres que con nuestros amigos o nuestra pareja. No actuamos igual en un bar, que en un trabajo, en la universidad o en un juzgado. Elegimos la máscara adecuada para cada contexto social, en virtud a lo que pensamos que los otros esperan de nosotros.

Elegimos la máscara adecuada para cada contexto.

La máscara social y el ‘yo espejo’ son conceptos que emanan del interaccionismo simbólico. Una corriente donde se entiende la comunicación como una interacción social de tipo micro, en donde se destaca el carácter simbólico de la vida social. Nos encontramos con la importancia de la mirada, los gestos, las posturas y las afirmaciones verbales durante la copresencia e interacción cara a cara. Una conducta ritual interpersonal donde surgen desafíos, ofrecimientos, aceptación, agradecimientos, etc.

Los actos de la vida cotidiana son como escenificaciones en una producción de apariencias e impresiones, como una escenificación teatral. Una interacción en la que toda persona está comprometida y representada por una línea, en un sistema esquemático verbal y no verbal donde la persona expresa su visión de la situación. La imagen que la persona muestra está acorde a unas normas sociales, por lo que deberá seguir una determinada línea, es decir, una máscara social.

¿Quién no se ha hecho el loco alguna vez ante una situación vergonzosa para otra persona?

La máscara es prestada y atribuida por el resto de participantes – por la sociedad –, donde en virtud al contexto situacional y a las reglas grupales se determinará el qué decir, cómo decirlo, cómo expresarnos – verbal y no verbalmente – y cuánto sentimiento mostrar al resto. Por consiguiente, se puede llegar a situaciones de estar con una máscara “adecuada”, lo que proporcionará seguridad y confianza, o de estar en máscara equivocada o sin ella, lo que llevará a sentimientos de inseguridad y vergüenza.

Tropezar en público, ante la mirada cómplice de los presentes, nos desquebraja la máscara. Trabarnos y quedarnos en blanco en una exposición universitaria nos quita la máscara. Entonces nos engulle el malestar y los sentimientos de vergüenza. Pero bordarlo en una entrevista de trabajo nos evidencia la máscara correcta que se ha escogido. Sin embargo, por lo general, los seres humanos siempre tratamos de salvar la relación social y de evitar que tanto tú como el otro caiga en máscara equivocada. ¿Quién no ha ignorado alguna vez, haciéndose el loco, una situación vergonzosa para otra persona, fingiendo no haberla visto, para no hacerla sentir mal? Tratamos de salvar esa máscara.

Dependiendo de dónde y con quién nos encontremos, del contexto, usaremos una u otra máscara.

El ‘yo espejo’ constituye la imagen que creemos que los otros tienen de nosotros, de nuestra apariencia. Esto nos hace tener juicios imaginados, es decir, imaginamos los juicios que hacen las otras personas de nosotros. Cuando nos imaginamos en el espejo vemos si respondemos o no a lo que los demás nos dicen qué llevar. Construimos nuestra propia idea en base a los demás: imaginamos la apariencia que damos a los demás, imaginamos los juicios que hacen los otros de esa apariencia e imaginamos lo que sienten las otras personas de nosotros, basándonos en nuestro propio juicio. Por lo tanto, a menudo cambiamos nuestro comportamiento según cómo creemos que las personas nos perciben. Usaremos una determinada prenda de vestir, un determinado maquillaje y peinado, una forma específica de expresarnos y de actuar en virtud a la imagen que creemos que daremos a nuestro entorno social y al mundo.

En definitiva, los seres humanos actuamos con una determinada máscara y, por ende, siguiendo una determinada línea en el seno de un marco de referencia, en virtud a la imagen que creemos que vamos a dar a los demás. Nos miramos en el espejo y nos observamos. Con esa imagen construimos un imaginario social – con base en nuestros propios juicios – sobre cómo nos van a ver y nos van a juzgar los demás. Con ese imaginario social sobre lo que creemos que los otros piensan de nosotros, hablamos, vestimos, gesticulamos y realizamos las más minúsculas acciones de una manera específica y orientada socialmente. Mostramos una determinada máscara que si no responde a lo que los otros esperan la perdemos, poniendo en riesgo la interacción social.

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