Competitividad ¿fruto de la personalidad o consecuencia del sistema?

La competitividad está presente en las aulas. Es perjudicial, pero podría no serlo, depende de cómo se enfoque: ¿Tratan de superar al de al lado o a sí mismos? Esa es la cuestión.

11 marzo 2021 ·
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Imagen vía Unsplash

Esta mañana en una asignatura de la carrera hicimos un test de personalidad. En él, mis compañeros y yo tuvimos que reflejar qué intereses tenemos, con qué habilidades contamos y qué adjetivos definen nuestra personalidad. Cuando llegué al último de los apartados, el primer calificativo que escribí fue ‘competitiva’. Entonces empecé a pensar. Siempre he sido competitiva, pero especialmente en el ámbito escolar. ¿Soy, por lo tanto, competitiva de forma natural, de nacimiento o el sistema educativo me ha hecho serlo?

Que sí, que en las clases hay compañerismo, que nos alegramos en ocasiones de los éxitos de los demás, pero también somos capaces de pisar a los otros cuando tenemos oportunidad. Les arrebatamos sus ideas y las hacemos nuestras e incluso nos aprovechamos de sus debilidades.

Competitividad Que sí, que nos alegramos en ocasiones de los éxitos de los demás

Esta situación podría ser teatralizada mediante el empleo de la dicotomía “angelito-demonio”.  Cada uno de ellos aparece en un hombro tras una cortinilla de humo. Es entonces cuando el angelito te susurra a un oído: “Contesta a Javi y dile que te alegras por su sobresaliente, mientras que el diablito te aporrea insistentemente el lóbulo de la otra oreja y te chilla: “Quítale el tema del reportaje a Noelia, que no pasa nada, mejor para ti”.

Y suena muy triste decirlo, pero es así y lo somos desde pequeñitos. Nos comparan incluso en la guardería: “¿Quién ha coloreado mejor la gallina y su pollito?”, “¿quién se sabe mejor las vocales con el Letrilandia?” (Perdonadme, pero he sentido la necesidad de hacerme un ‘eres old, pero así de old’ fuera de Twitter con el libro de las vocales).

Ya en primaria te sacan a la palestra, perdón, a la pizarra y tú, nervioso, con tus deditos temblando coges la tiza o el puntero digital que serán lo que usan hoy los chiquillos en el cole, y te pones a sumar y si te equivocas sacan a otro para que lo corrija y te sientes un tonto. Todo esto para aprender, claro no es un juego de ego ni nada, no al menos en la primaria, pero ¿por qué no iba a ser nuestro comportamiento actual consecuencia de esas inocentes acciones de nuestros profesores en el pasado y en el presente?

Todo es para aprender, no es un juego de ego, eso dicen.

Y por qué no, también puede haber contribuido nuestra personalidad, dominada en algunos casos por las envidias y los celos que incrementan los niveles de esa competitividad, al menos inmoral, e incluso insana. Como veis, no soy capaz de aventurarme a exponer las causas de algo que no he estudiado académicamente, el poderoso cerebro, pero si me voy a animar a enfrentarme a una afirmación asumida como verdad absoluta e intocable: “Competir nos hace ser mejores”.

Todo es el enfoque que le des. Si con esa afirmación aludes a superar a los demás, me parece completamente falsa, pero si lo que se traduce de ella es ‘superarse a uno mismo’, entonces vamos por el buen camino. En este sentido, supone plantearte que estás escalando una montaña determinada por tus propias aspiraciones, en la que para subir unos centímetros, cuentas con dos herramientas, tus ganas y la suerte, y donde sabes que romper la cuerda del que va a tu lado no te va a servir para llegar a la cima, ni siquiera para escalar más deprisa.

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