Comer es un placer y otras muchas cosas

Nos movemos en una sociedad meritócrata (lo bueno que te pase es tu culpa y lo malo también). Gordófoba (delgadez como símbolo de todo lo que está bien).

12 julio 2021 ·
Compartir
delgadas_binary

Imagen vía Unsp.

El acto de comer es universal. Todas las personas se alimentan. Además de ser necesario para la supervivencia, el acto de comer supone uno de los refuerzos positivos más inmediatos desde el nacimiento. “Si te portas mal te quedas sin cenar”, “Si te portas bien te compro unas chuches”. Esto que se ve como muy simple, resulta que es uno de los pilares fundamentales por los que se rige la conducta humana: acción-recompensa. O acción-sin recompensa. Estas sucesiones de estímulos, acciones y consecuencias con el tiempo serán cada vez más complejas. Relaciones entre acciones, estímulos, connotaciones, aprendizajes, etc.  De esta manera la Psicología hace de la conducta alimentaria un campo muy complejo de abordar.

No podemos entender la conducta alimentaria, o el “comer”, desde un plano únicamente observable. La comida y el acto de comer lleva consigo un sinfín de significados y experiencias a nivel individual y colectivo. No podríamos entender psicológicamente un trastorno de la conducta alimentaria sin ver lo que “se esconde detrás” en cada caso concreto. Eso de decir “vomitas para estar delgado” es como decir “no es por ti, es por mí”. En ambas está claro que no quieres liarte con las explicaciones.

Una alteración de la conducta alimentaria puede tener que ver con una vivencia traumática, como podría ser bullying. Por ejemplo, Cris cuando era chiqui sufrió acoso escolar durante años. Cuando “pegó el estirón” y ocurrió el cambio de cole, cesaron las burlas, empezó a hacer amigos y todo fue a mejor. Así puede ocurrir que en la mente de Cris la secuencia ocurriera así: “estirón = amigos y no burlas”. Así es nuestra mente, se cree lo que queremos creer.

Una alteración de la conducta alimentaria puede tener que ver con una vivencia traumática

Lo que queremos creer en momentos adversos es que tenemos cierto control sobre la situación. Que si yo fuera de esta o esta forma, la gente no se hubiera metido conmigo. Porque “vivimos en un mundo en el que se acosa y maltrata todo aquello que no es normativo como forma de integrarnos más en lo normativo” igual nos queda grande. ¿Cómo se le explica a un niño que da igual lo que hagas, digas o cómo seas, que si quieren acosarte o agredirte lo van a hacer?. Esto va en contra de nuestro instinto de supervivencia. La mente necesita protegerse de ese tipo de indefensión.

Así que preferimos la sensación de control pensando que “el día que esté delgado y bello todo cambiará”. Y cuando todo mejora lo achacamos a que he cambiado la situación a través de mi imagen o de mi peso. En nuestra cabeza pegar el estirón es sinónimo de estar delgado. Estar delgado a su vez es sinónimo de no pasar por situaciones de acoso. Para nuestra mente la delgadez es una forma de evitar problemas y garantizar el éxito. Mientras me mantenga delgado mi vida será bella. Esto es caldo de cultivo para un trastorno de la conducta alimentaria, con el apellido que queráis.

Otro caso podría ser el de Inés, una estudiante de bachillerato brillante y una de las mejores atletas de su edad. Su día a día se basa en disciplina, esfuerzo y sacrificio. Una de las variables psicológicas más potentes de Inés es el control sobre sus propios impulsos. Ha aprendido a dominar hasta el último pelo de su cabeza. A través de este control Inésha obtenido todos los logros en los que se basa su identidad y su autoestima (premios, medallas, becas). Su dieta es otro aspecto que está totalmente controlado. Para ella el control es confort. Sin embargo el descontrol en cualquiera de los ámbitos de su vida es considerado por ella misma como un fracaso. Una amenaza a su autoconcepto. Cuanto más lejos se encuentre de esa “pérdida de control” menos malestar se generará.

Cuanto más lejos se encuentre de esa “pérdida de control” menos malestar se generará.

Así comienza probando una nueva pauta de nutrición. Y se aleja un poquito del punto de "perder el control", lo que le hace sentir genial. Al tiempo se añade también una pauta de ayuno. Lo que le hace alejarse todavía más de ese punto de "perdida de control". A medida que se va alejando de ese punto, el miedo a este es cada vez mayor, por lo que la necesidad de estar lejos de este punto cada vez es mayor. Se traduce en comer cada vez menos y pesar cada vez menos. Y te sorprendes a ti misma comprobando que tu cuerpo soporta esto. Hasta que un día te das cuenta de que esa sensación de control es falsa y cada vez necesitas restringirte más para conseguirla. De hecho no has ganado control, sino que lo has perdido por completo y la sola idea de comer provoca terror.

Andrea es una persona que tiene un buen trabajo, uno muy bueno, bien pagado, pero con muchas responsabilidades. Últimamente este está en peligro por el mal desempeño del equipo que está a su cargo. Desde chiqui cuando está nervioso o tiene alguna preocupación rondando su cabeza se distrae comiendo. Estos atracones le daban un placer intenso a corto plazo, seguido de la bronca de su madre y sensación de culpa. Así actualmente Andrea palia su malestar, su ansiedad, su preocupación en forma de atracones. Estos le otorgan un placer intenso que se traduce en alivio instantáneo. Tras el atracón se produce una culpa tremenda que se transforma en un alivio enorme a través de purgas. Y así tiene a su mente atrapada, entre ciclos de placer-culpa-alivio.

Nos movemos en una sociedad meritócrata (lo bueno que te pase es tu culpa y lo malo también). Gordófoba (delgadez como símbolo de todo lo que está bien). Tremendamente superficial (si estás bella y delgada por fuera estás perfecta por dentro). Clasista (si eres pobre nunca podrás estar espléndido ni ser una persona digna socialmente). Machista (tú guapa, tú exitoso) que solo valora el resultado y no el proceso (me desmayo pero en una 34). Si contamos con todo este contexto social, la comida y el acto de comer cobra nuevos significados. Estos los tenemos que tener en cuenta si queremos entender realmente a la persona que tenemos delante.

Tremendamente superficial (si estás bella y delgada por fuera estás perfecta por dentro).

Todos los ejemplos anteriores (todos basados en casos-tipo, datos personales inventados, etc) son las alteraciones en la conducta alimentaria. Se producen dentro de un sistema tremendamente complejo que hay que ser capaz como profesional de desentrañar y comprender. Y esta es la conclusión que quiero que nos grabemos a fuego en las cabecitas.

Tener o no un trastorno de la conducta alimentaria no está relacionado con una imagen corporal concreta, esto son prejuicios reforzados socialmente. Las personas cuyos cuerpos son gordos no tienen por qué presentar alteraciones en la conducta alimentaria y tampoco las personas con cuerpos delgados. Hablamos de trastornos mentales, no de tipos de cuerpo.

Tenemos que ser conscientes de que los trastornos de la conducta alimentaria son muy comunes y están infradiagnosticados. Y están infradiagnosticados porque nos dedicamos a normalizar la inanición, las purgas o las conductas compensatorias. La visibilidad de estos se basa en prejuicios como “las personas anoréxicas pesan 30 kilos” o “ese tiene pinta de meterse atracones”. Sin embargo nadie se alarma cuando una influencer afirma que se alimenta a base de un alga nueva, que está sin comer 20 horas, que realiza sesiones dobles de gim tras una comida familiar o que le sienta bien vomitar para purificar su cuerpo. Muchas de estas prácticas se llevan a cabo en nombre de la salud y precisamente en muchos casos eso es lo que destrozan.

Compartir

    Artículos relacionados