El confinamiento aguarda más realidades que las que se ven en la pantalla del móvil

Una mañana cualquiera. Lunes. 8:12 A.M. 14 grados. El café con leche a minuto y medio en el microondas. Te sientas en la mesita...

30 abril 2020 ·
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Una mañana cualquiera.

Lunes. 8:12 A.M. 14 grados. El café con leche a minuto y medio en el microondas. Te sientas en la mesita de la terraza mientras te recubres con la manta roja de franela que te regalaron por San Valentín. El cantar de las golondrinas anuncia la llegada de la primavera, pero con un sol que no se presenta al telefonillo de la puerta.

La mañana se torna de nubarrones grises que vaticinan chubascos en forma de tormentas. Miras un rato los mensajes de tus amigos y pareja en WhatsApp y te pones a ello. Empieza a chispear. Recoges la ropa de la colada que acabas de poner a primera hora. Te mantienes ocupado intentando no formar el estropicio empapándolo todo. Hasta que una imagen hace que te detengas en seco.

Hay un hombre en la calle. No parece obrero. Ni tampoco repartidor, aunque va cargado de cosas.

¿Por qué está fuera? Al fin y al cabo, estamos en cuarentena. Y los supermercados no abren hasta dentro de un rato. Un carro, cajas de cartón, mantas deshilachadas y apiladas unas con otras, bolsas de plástico y un perrito de raza Yorkshire Terrier acompañan a ese calmado hombre que parece estar dando vueltas sin rumbo. Como atemorizado por si algún Policía le para en cualquier momento.

Pero no es una persona cualquiera. Porque es de esos a los cuales el estado de alarma se les convierte en una pesadilla. Un estrés constante por no saber dónde estar cuando nadie más está. Ese grupo de individuos que no pudieron elegir cuando este maldito virus llegó a nuestro país.

Son aquellos. Aquellos que no pueden pasar la ITV del coche. Aquellos que no pueden tirarse de los pelos al presentar la declaración de la renta. Aquellos que no pueden cambiar esa bombilla del salón que lleva semanas rota.

Los otros que sufren la pandemia en ningún lugar y a la vez en todos. Los que no aparecen en primera plana en los medios. Los que están confinados a no estarlo. Efectivamente, hablo de los sin techo.

El virus más letal es el olvido.

¿Qué será de su futuro? ¿Acaso nadie se ha parado a pensar dónde pueden ir aquellos que no tienen un sitio en el que dormir más allá de las calles y parques? ¿Son conscientes de lo que está pasando y a lo que se exponen?

Algunos lo sabrán. Otros no. Pero lo que es seguro es que no estamos en igualdad de condiciones para afrontar todo lo que viene y vendrá en estos meses.

Puede que la cuarentena haya destrozado esos planes de vacaciones que tenías en Semana Santa. O que el hecho de no estar con tus amigos en la terraza de un bar tomándote unas cañas sea triste y nostálgico. Estamos desesperados, ansiosos e incluso algo desanimados por este nuevo cambio de la realidad.

El mundo ha cambiado y se ha adaptado a las circunstancias de los problemas que nos apremian ahora mismo. Por consecuencia nosotros también. Pero los que no tienen un sitio en el que cobijarse siguen viviendo su realidad particular. Sobrellevándolo como pueden. Con la característica de que ellos también luchan contra otro “virus” con el que no pueden hacer nada. Un virus que no pueden afrontar si no es con nuestra ayuda. Ese es el olvido.

Contra el que solo se puede combatir con empatía, comprensión y ayuda al prójimo. Paremos también el olvido.

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