¿Vender mis órganos para pagar el alquiler?

Mi generación ha descubierto de manera flagrante que la idea lineal de progreso era un mito y no una realidad.

19 octubre 2021 ·
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La resistente creencia que nos fue inculcada de que las oportunidades vitales mejoran a cada estirpe explotó en una generación que camina a la deriva y en perpetuo colapso mental. El mercado laboral se vuelve líquido en una salvaje supervivencia del más cínico. Lo llaman flexibilidad, cuando quiere decir inseguridad. La generación de nuestros padres y madres nos mira con recelo para no mirarse ante un espejo y ver sus vergüenzas. Pretenden que en un ejercicio de pura magia superemos sus estándares, porque lo material lo han volatilizado en sus ansias de especulación. Un modelo de vida sin barreras ni reglas que ha demostrado ser completamente insostenible con la vida. Hay que intervenir el mercado, en defensa propia.

Cuando quienes administran lo público entienden los derechos básicos, como la vivienda, como bienes de mercado, gana el mercado. Y que nadie engañe a nadie, el mercado lo dominan los más fuertes del capital, el IBEX y las multinacionales. No hay mano invisible. Es la ley de la selva, un salvaje oeste. La acumulación, productividad y capital se estiran hasta estallar en un juego que nunca es de suma cero. Hay que intervenir el mercado. Porque si no intervienes el mercado, el mercado te intervendrá a ti.

No es posible sobrevivir con 965 euros cuando 750 se te van en pagar un alquiler.

No es posible sobrevivir con 965 euros cuando 750 se te van en pagar un alquiler. Es curioso que quienes se alarman de la subida del salario mínimo y del control de los precios de los alquileres y la electricidad son los mismos que ganan más de cuatro ceros al mes: Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, más de 20.000€/mes; Antonio Miguel Carmona, vicepresidente de Iberdrola, 40.000€/mes; Begoña Villacís, vicealcaldesa de Madrid y contraria a la regulación de precios del alquiler, casi 9.000€/mes; y un largo etcétera. Intervenir el mercado de la vivienda, como el eléctrico, es una necesidad de supervivencia. Cuando los Derechos Humanos se dejan gestionar en manos del incontrolable mercado estos pasan a denominarse bienes y se les otorga un número, una cuantía económica con la que especular y acumular capital.

La especulación urbanística y de la vivienda, la gentrificación y proliferación de pisos turísticos en grandes ciudades, produce el incremento del precio de la vivienda y de los alquileres, empujando a los vecinos y vecinas desde sus barrios a la periferia. A mí me pasó en Vallecas. El incremento de precios en las grandes ciudades convierten los espacios en cortijos elitistas donde la mayoría de los jóvenes no cabemos. No hay resquicio de independencia. Los precios en relación al salario mínimo son insostenibles. Y ello no se soluciona con ayudas de 250€ al alquiler que corren el riesgo de acabar en manos de los rentistas, sino limitando precios.

Y ello no se soluciona con ayudas de 250€ al alquiler que corren el riesgo de acabar en manos de los rentistas, sino limitando precios.

La sociedad del consumo convierte a los individuos en números cuya única función es la productividad. Si no eres productivo, si te tomas tiempo libre, te sentirás mal gracias a un proceso de socialización capitalista del que bebimos desde que aprendimos a caminar. Producir o consumir, ser parte del engranaje. Tenemos que ser productivos al sistema, por encima de nosotros mismos, los nuestros, nuestra salud mental y nuestro tiempo. No hace falta que nadie nos presione, tú eres tu peor jefe. Es la lógica neoliberal, producir sin cuestionarnos el porqué. Sentir la necesidad ferviente de tener que estar haciendo algo productivo o consumiendo, ya que en esto último es donde podremos ahogar las penas de nuestra infelicidad colectiva.

El consumismo convierte las relaciones sociales en simples objetos efímeros.

Aplicar una visión crítica a la sociedad del consumo significa tambalear los pilares del capitalismo exacerbado. Trabajar significa dar tiempo de tu vida. Intercambiar dinero por algo que no puedes recuperar. La jornada laboral de 40 horas se vuelve una completa locura en un 2021 donde los tiempos de producción han cambiado. Reducir esta jornada es una de las medidas más progresistas que puede implementar un Gobierno.

Pensar en el bienestar colectivo se vuelve contrario a las premisas del capitalismo contemporáneo. Por ello apostar por lo público, en el contexto de la hegemonía neoliberal, se vuelve algo revolucionario. Se requiere de un cambio completo de paradigma. Una transformación del mercado. Un nuevo modelo económico sostenible que sea compatible con un buen estado de salud mental. No es posible sobrevivir bajo mínimos en pro de la productividad y tener buena salud mental. No es posible gozar del bienestar físico y mental cuando las condiciones materiales de existencia no están aseguradas.

La salud mental se ve afectada por la falta de condiciones materiales y la creencia de no ser suficientes.

No es posible la magia. Hay que controlar el mercado. La soberbia con la que nos miran de vez en cuando una parte de las generaciones más mayores no es más que la demostración de su mediocridad. De su zona de confort. Un confort que jamás hemos conocido. La prueba empírica de su falta de voluntad política y de valentía. De meter la mano al poderoso. Que no den lecciones aquellos que son un ejemplo de inoperancia ante la mayor amenaza a la que se ha enfrentado la especie humana en toda su historia: el cambio climático. Intervenir el mercado es una necesidad fundamental para garantizar los Derechos Humanos. Poner reglas que garanticen los bienes, recursos y servicios básicos. Los derechos sociales. Es un requisito ineludible para construir una sociedad donde la vida sea digna de ser vivida.

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