Tenemos que rebelarnos frente al racismo y la opresión a las disidencias

Todos los derechos de los que disfrutamos han emanado de las llamas de una barricada. ¿Qué se puede hacer cuando el régimen global se...

2 junio 2020 ·
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Todos los derechos de los que disfrutamos han emanado de las llamas de una barricada.

¿Qué se puede hacer cuando el régimen global se sustenta sobre las bases de la anarquía económica y desregulada y sobre los pilares de unas estructuras sexistas y racistas que lo atraviesan todo? Allí donde el régimen de derecho es corrupto, parcial y fundamentado en la normatividad del hombre blanco heterosexual. Donde las fuerzas policiales y militares tratan de mantener la anormalidad de un sistema de explotación. Allí donde el odio es la norma y la violencia colectiva se emplea como forma de guerra. Allí es donde el derecho de rebelión se convierte en la herramienta de lucha frente a las garras de la tiranía, la opresión y el racismo.

“Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión” (Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, 1948). Cuando la tiranía y la opresión se convierten en el sistema de dominación, en la norma de actuación del poder, el pueblo puede hacer uso de su legítimo derecho a la rebelión. Hoy lo vemos con los asesinatos racistas en Estados Unidos. Cuando los Derechos Humanos son mancillados y sistemáticamente violados, la rebelión es un derecho. Y así mismo lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El asesinato de George Floyd es la gota que colma el vaso en un sistema estructuralmente racista.

No hay ni un solo derecho de los recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y de los que hoy se reivindican y se defienden a grito y espada, que haya sido conseguido a través de buenos modales. Se ha necesitado construir barricadas, quemar antorchas y cortar cabezas.

El sistema feudal no se abolió con palabras bonitas, sino decapitando reyes. No se venció a la Alemania nazi con buenos modales. Para construir la democracia era necesario que Mussolini acabara haciendo el pino en la plaza de Loreto de Milán. La revuelta de Haymarket allanó el camino a la jornada laboral de 8 horas para los trabajadores, con el reconocimiento del Día Internacional de los Trabajadores. El colectivo LGTBI no habría conseguido los avances que ha logrado hasta ahora sin los disturbios de Stonewall.

Para construir la democracia era necesario que Mussolini hiciera el pino en una plaza.

El racismo es estructural, imperando una estructura racial de supremacía blanca heredada desde el colonialismo del siglo XV. Estados Unidos – y no solo este país – tiene un problema llamado racismo. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, así como las Fuerzas Armadas, tienen un patrón común en el mundo occidental, están plagadas de sesgos neofascistas y de supremacía blanca, lo cual exige un proceso de desnazificación. Ejercen una violencia desproporcionada e injustificada basada en un odio atroz alimentado por el discurso fascista de la clase política dirigente, del mundo de Donald Trump.

No es nada nuevo. El racismo, el sexismo y el odio intolerante siempre han estado ahí. Pero el giro ultraconservador y neofascista de carácter global ha radicalizado la agenda política y polarizado el discurso. Ese odio fascista está explotando hoy y el orden en el que se sustenta usará la maquinaria de guerra necesaria para defender su reaccionario modelo de vida. Por ello Donald Trump quiere considerar al movimiento antifascista como terrorista, porque él es un fascista. Aquí no cabe la equidistancia, o eres un fascista o eres un antifascista. Y para ser demócrata un requisito ineludible es ser antifascista.

Cuando ya no queda nada que perder, se tiene todo por lo que ganar. Encarcelan sin motivo o con lagunas legales. Asesinan a mujeres por el hecho de ser mujeres. Asesinan a negros y negras por el simple hecho de ser negros y negras. En un sistema de dominación estructuralmente clasista, racista y sexista, y bajo el amparo y el respaldo de un sistema político neofascista, el derecho de rebelión de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se convierte en un legítimo recurso. Que ardan las barricadas de Minneapolis y del resto de Estados.

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