Lo de que la independencia emocional depende de nosotros, es un mito

Pedir que alguien no dependa emocionalmente de otra persona es como pedir peras a un limonero.

23 febrero 2021 ·
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Ilustración · Juan Vallecillos @juan.vallecillos

Sostener que se es independiente emocional de X persona quiere decir que cualquier acción de esa X persona no generará ninguna emoción en ti, ni positiva ni negativa. No habrá reacción emocional. En la vida real, en los hechos fácticos, esto no se da cuando la relación es de afecto, sea del tipo que sea. Por ello más que de independencia habría que hablar de autonomía. Pedir que alguien no dependa emocionalmente de otra persona es como pedir peras a un limonero. +

Y esto es así porque, para empezar, no es algo que dependa de nosotros mismos. No elegimos depender o no depender de otra persona. Lo que hay que buscar es una “dependencia” sana y no tóxica, donde se reconozca la vida y el camino individual de cada persona, el cual se complementa con el de su pareja. O abogar por algo más real, la autonomía emocional. Esto es, en definitiva, un asunto terminológico.

Una emoción es un sentimiento o sensación, positiva o negativa, donde el estado de ánimo se ve alterado. Es por definición no controlable. Nadie controla lo que siente, la mayor parte de la carga recae sobre el ambiente social – agente externo –. Por otro lado, la independencia hace referencia a aquello que no depende de otra cosa, la intervención de esa otra cosa es irrelevante en los acontecimientos. La independencia emocional haría referencia a la capacidad de no experimentar ninguna reacción emocional ante las acciones de otras personas.

Todas nuestras acciones están en constante interacción con el mundo social.

Hace tiempo se superó el debate agencia-estructura por el que se preguntaba si los individuos son completamente independientes en la toma de sus acciones (agencia) o si por el contrario la estructura social es la que toma sus decisiones (estructura). El debate fue superado, la respuesta es la dualidad de ambas. Nuestras acciones son fruto de nuestra decisión personal, pero la cual está amoldada y condicionada por la estructura social vigente. Nuestras decisiones, nuestras acciones, están en continua relación con nuestro entorno social, jamás se es ajeno a él. Nunca somos independientes del mundo social.

El mito de la independencia emocional pertenece a una familia de mitos entre los que se encuentran los famosos “Si quieres, puedes” o “¿Si no te quieres tú, quién te va a querer?”. Mitos sin base alguna, ya que aunque tú quieras a veces no se puede y aunque tú no te quieras sí te pueden querer. Estos mitos tienen en común que se deposita la responsabilidad del problema en el propio individuo, en la persona que lo padece, ignorándose sus condiciones de existencia y el ambiente social en el que se encuentra en interacción. 

Igual que el paradigma neoliberal deposita la responsabilidad laboral en el trabajador, en el individuo, también lo hace con la responsabilidad afectivo-emocional. Es el individualismo exacerbado. Se deja la responsabilidad de las emociones en el individuo, ignorando las condiciones de existencia de esa persona, así como que las emociones son sociales y no solo dependen de nosotros mismos. Se deposita en el individuo toda la responsabilidad en la búsqueda de su bienestar, haciendo que esa búsqueda se convierta en una carrera infinita y agotadora. La independencia emocional es un fenómeno ilusorio de la atomización social.

No es que la independencia emocional no sea deseable, es que no se ajusta a los hechos.

Es absolutamente imposible que haya amor – del tipo que sea – sin cierta dependencia emocional. Es imposible. La relaciones afectivas están cargadas de miles de emociones y sentimientos, y tales no son controlables. La acción de una persona a la que quieres puede tambalearte emocionalmente, y aunque sea mínimo, eso ya implica una mínima dependencia emocional. No existe la no dependencia, lo que existe son sanas o tóxicas, y de eso habría que hablar.

Dependemos emocionalmente de parejas, pero también de la relaciones con amigos o con familiares, porque somos seres sociales y no robots. Pedir que no se dependa emocionalmente de alguien es como pedir que el agua no moje. Es una frase bienintencionada, pero que no se ajusta a los hechos. Si pierdes a tu madre, por ejemplo, te hundes, como es normal, eso es dependencia emocional. La pérdida ha generado una emoción y un sentimiento de tristeza profundo en ti. Tus emociones en ese momento están en relación a la pérdida de tu madre, han dependido de tu madre. 

La variable dependiente es la madre. Apelar a que no dependemos emocionalmente de nadie es como decir que tenemos un corazón de piedra – o que somos psicópatas –. Es decir, no es real, eso no se ajusta a los hechos. Dependemos emocionalmente de todas aquellas personas, con unas más y con otras menos, con las que establecemos un vínculo afectivo – así como de otros factores de índole social y psicológica –. Otra cosa es cómo sea esa “dependencia”, si se gestiona bien y si es sana y no destructiva. Si básicamente no te incapacita en tu vida individual y propia ajena a la otra persona.

Los/as que hablan de independencia emocional en realidad se refieren a autonomía emocional.

Decir que somos independientemente emocionales de X persona quiere decir que si esa persona desaparece no nos va a generar ninguna respuesta emocional, nos va a dar igual. Y esto todo el mundo sabe que no es posible si esa relación es de afecto. Las emociones no brotan de uno/a mismo/a por generación espontánea. No es así en la vida real práctica. Lo que la gente se refiere con independencia emocional es en realidad autonomía emocional. Nuestras emociones dependen de personas – así como de otros factores -. El problema es cuando el malestar por una pérdida u otra acción se prolonga en el tiempo. La dependencia es tóxica si el malestar se vuelve crónico, incapacitándote en tu vida individual. Es tóxica cuando va más allá de lo emocional, cuando la dependencia es vital, cuando tu vida depende de la otra persona.

Inteligencia emocional es asumir que no tenemos el control de las emociones, es asumir que la independencia emocional no existe en las relaciones humanas afectivas por mucho que queramos. En el momento en el que hay afectividad hay una mínima dependencia emocional. Se tendría que hablar más bien de autonomía emocional, pero no de independencia, porque la independencia requiere una separación absoluta y nadie es independiente emocionalmente de nada. El asunto, al fin y al cabo, es conceptual o terminológico.

Inteligencia emocional es asumir que lo que sentimos va más allá de lo que queremos.

Las redes sociales están llenas de gurús que depositan la responsabilidad del estado de ánimo en la persona, sin tener en cuenta el resto de factores. Como si el estar bien o no dependiera de si queremos o no estarlo. Exclaman al resto que deben ser independientes emocionales – en referencia principalmente a relaciones sexoafectivas – al mismo tiempo que comparten un vídeo donde un abuelo afirma que sin su mujer su vida no tendría sentido. Un vídeo muy tierno. Pero ahí hay una muestra de dependencia emocional. Y no por ello es malo. Debemos trabajar con inteligencia emocional las relaciones humanas afectivas, sean de la índole que sean, para que las mismas sean sanas y se desarrollen con autonomía emocional. Y eso pasa por reconocer que la independencia emocional no es posible en una relación afectiva.

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