¿Te acuerdas del día que se acabaron las verbenas?

Tuve un amor de verano de esos que quitan el sueño y la vida.

16 diciembre 2020 ·
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Suena Aquellos Ojos, de Mujeres. Una mano se coloca en mi espalda sudorosa,  comienza a cantarme “esa mirada extraña hizo mella en mí… aquellos ojos eran turbios”. 

Tuve un amor de verano de esos que quitan el sueño y la vida. De los que beben vino en la cama mientras discuten de geopolítica, se hacen fotos despistados y duermen en el mismo lecho sin abrazarse. Mi amor de verano tenía uno de esos balcones al mundo, allí donde hacíamos el amor bajo el sonido de los camiones de la basura y algún televisor con insomnio, donde fumábamos en silencio y dispersos esperando poco a poco a que alguna estrella fugaz nos hiciera desear.

Éramos amantes de noche, de la noche, de pasar las horas en vela contándonos los pesares de los infinitos minutos del día. Supe que se terminaba el día que comenzamos a vernos a la salida del sol y abandonamos la puesta, esa que nos unió sin darnos cuenta dando tumbos por la ciudad, donde paseamos de la mano sin ser vistos, prácticamente sin vernos.

Creo que por eso nos gustó tanto la noche, bajo la escasa luz de la luna menguante mientras que los grados bajaban y los de alcohol subían, allí éramos miembros de la farándula nocturna de las verbenas: la pareja de amantes estacionarios que tenían escritos en un neon tan hortera y desfasado en el tiempo y el espacio su fecha de caducidad, su finiquito de otoño. 

Fuimos a las verbenas a finales de agosto, muertos de calor

Fuimos a las verbenas a finales de agosto, muertos de calor y extasiados de beber cubatas a precio de matarratas en vasos de plástico filiformes, bailamos hasta el amanecer. Danzamos entre el barullo como dos turistas de paso, hablamos con el bullicio, nos presentamos a esas gentes que observaban curiosas el espectáculo mientras se preguntaban quiénes eran aquellos, por qué no se apellida “mi amiga”, “mi amigo”. Para el mundo yo no era solo “yo”.

Para nuestro mundo nunca estuvo claro. El valor de ponerle nombre o no a las cosas reside en un área personal que a veces no somos capaces de manipular por miedo, por incertidumbre de ver el final a algo que lo tiene de una forma irremediable. Por eso preferimos etiquetarlos como historias románticas de una estación que te atormentan las tres que le siguen, es más fácil catalogar de recuerdo. Es más sencillo para todos nosotros no lanzarnos a lo loco a entregar nuestro sentir.

Aunque en mí, esa valentía se ubique en el extremo opuesto. En el de sentir las horas de luna como un infinito realizado a nuestra imagen y semejanza unos cuantos instantes, en volver a casa sin saber qué estás haciendo. Haciéndolo. En sentirlo todo en esa primera persona del plural que tanto nos aterra, que tanto implica en una sociedad inadaptada a cosas que no comprende.

Aunque en mí, esa valentía se ubique en el extremo opuesto

Porque las cosas que no se entienden, que no tienen un orden establecido también merecen ser canalizadas, ser o no sentidas. Esa es la traza de coraje que yo le regalé a ese verano. Que nos regalé a un nosotros que existió cuando toda esa población que se preguntaba qué y quienes éramos dormía, justo cuando nosotros vivíamos.

Nos besamos augurando el Sol. Fue la primera vez en semanas que nos miramos a los ojos y tenía toda la razón… aquellos ojos, aquellos ojos turbios. Ese amanecer dormimos juntos y nos abrazamos.

Se acababa el verano.

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