El 2020 no ha sido tan malo: Una historia personal

Pocas cosas buenas se pueden sacar de este terrorífico 2020. Un año que será recordado como el inicio de una barbarie.

28 diciembre 2020 ·
Compartir
2020_binary

Pasará a los libros de historia como aquel año en el que se desató la mayor crisis sanitaria de la era moderna. Seguida de una recesión sin precedentes y de una crisis económica y social sin paliativos.

Un año en el que nada parecía ser bueno. Y es que, en términos generales, nada ha sido bueno. Pero, paradójicamente, no todo ha sido caos. 2020 ha dejado espacio para pequeñas historias buenas. Un pequeño hueco de luz, amor y esperanza. Con esta historia no pretendo ser optimista, ni decir que en los peores momentos siempre hay un lado bueno, porque no siempre es así. Solo quiero contar una historia, necesito hacerlo, para que el 2020 no sea tan oscuro.

2020 empezó como cualquier año, pero en marzo todo se torció. Cientos de muertos. Confinamiento domiciliario, mascarillas a todas horas, lavado de manos con ahínco. No poder dar abrazos, no poder dar besos. Un día volvimos de la universidad sin saber que sería la última vez. Y los que empezamos viéndolo como una simple histeria social, acabamos padeciéndolo como un hecho real.

Decenas de miles de vidas vaciadas por un enemigo desconocido. Miles de familias rotas, miles de abuelos solos. Hospitales repletos de gente, UCIs colapsadas. Trabajadoras sanitarias con EPIs caseros. Cierre del espacio Schengen. Restricciones de movilidad. Medicina de guerra, elegir quién vive y quién muere. Colapsados por cuatro paredes en una cuarentena domiciliaria sin precedentes modernos.

2020 abocaba a ser el peor año de la historia reciente.

A principios de abril el fantasma tocó mi puerta. Mi hermano asintomático, pero mi padre, mi madre y yo sintomáticos. Febrícula, toses, dolores en el pecho, pérdida de olfato y gusto, dificultad respiratoria. Pero mi madre fue más allá incluso, neumonía bilateral y al hospital. Se empezaba a entrever el año de la infamia.

Pero cuando todo parecía que iba en detrimento, no solo por padecer una enfermedad desconocida, sino también por ser víctimas de un necesario confinamiento domiciliario, como si se tratara de un regalo un haz de luz entró en mi vida. Hasta en los momentos más oscuros, sin llamarlo ni pedirlo, aparece algo que te cambia la vida para bien. Incluso en el año en el que parece que nada bueno puede pasar, el año de la barbarie, se puede convertir, en el terreno personal, en el año en el que te sientes más vivo.

En marzo-abril, con la curva en pleno ascenso, con cientos de muertos a diario y con el SARS-CoV-2 en mi casa, conocí a una persona que cambiaría el color de mi 2020. Pero esa persona estaba a 600 kilómetros. Miles de mensajes, miles de videollamadas. Historias compartidas. Como canta Pol 3.14, nos enseñamos a querer lo que no se ve.

No sería hasta 3-4 meses después de conocerla – con la desescalada – cuando la conocería en persona en la terminal de un aeropuerto. Cogí un avión solo por primera vez, para trasladarme a 600 kilómetros de casa. Solo iba a estar cuatro días, pero estuve diez. Dejé ir mi avión de vuelta. Para mí esa ha sido la mejor decisión que he tomado en la vida. Con esa chica ya no sentía que estuviera lejos de casa, porque ella se había convertido en casa.

No importa tanto llegar a Ítaca, sino el camino recorrido.

Fue el comienzo en donde construimos algo. Una historia compartida, bajo los condicionamientos de una situación epidemiológica nunca antes vista, en donde las ciudades de cada uno se convirtieron en nuestro refugio. En nuestro hogar. Pero, como si se tratara del remate de un mal chiste, todo lo bueno acaba. No esperemos nada de la vida, porque lo que nos da un día, nos lo quita al otro.

La última vez que me sentí vivo fue a su lado, y es paradójico que una historia tan maravillosa como esta tenga la fecha de un 2020. No esperemos un 2021 mejor o peor, simplemente será. No busquemos esperanza en nuevos años. Sin embargo, tengo que agradecer que, fruto de la casualidad o del destino – como cada una/o quiera creerlo –, la vida me haya cruzado en su camino. Merece la pena un atisbo de luz entre tanta oscuridad y barbarie.

El 2020 es un año agridulce. No puedo sacar nada en claro del mismo, pero me quedo con lo bueno y con lo que nos llevamos para el 2021. Con la gente conocida, con las tierras exploradas y con ella. Esta es mi historia. Y espero que más gente pueda contar historias análogas y tan mágicas como esta, que surgen en tiempos de pandemia. Que las lágrimas derramadas merezcan la pena.

Compartir

    Artículos relacionados