Tu pueblo, en el que nunca pasa nada, parecía un buen lugar para pasar el confinamiento

 Éxodo cosmopolita en tiempos del Covid-19. Día 13 de marzo, viernes. Se masca la tragedia y decidimos volver a casa ante la incertidumbre y...

4 abril 2020 ·
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 Éxodo cosmopolita en tiempos del Covid-19.

Día 13 de marzo, viernes. Se masca la tragedia y decidimos volver a casa ante la incertidumbre y el desconocimiento del no saber qué pasará. Pero eso sí, pensando que esto no se alargará mucho. Así que nos despedimos y bromeamos con que no sabemos si nos volveremos a ver (sin saber que es una realidad). Y ponemos rumbo hacia nuestros respectivos lugares de origen.

El pueblo, ese del que huiste con 18 y juraste que no volverías a pisar. Ese en el que pasar dos semanas en vacaciones ya te parecía demasiado, y necesitabas otras dos para recomponerte. Pero declaran estado de alarma y todos salimos corriendo a casa, porque bueno, al fin y al cabo, tampoco parece un mal lugar para pasar unos días. Tienes la certeza de que ahí no te faltará de nada, porque, aunque los supermercados estén vacíos, en el congelador de tu madre hay de todo.

Ese pueblo en el que pasar dos semanas en vacaciones ya te parecía demasiado, y necesitabas otras dos para recomponerte.

Debo reconocer que los de mi generación, esa generación que se topó en la adolescencia con la crisis de 2008 y que ahora, con veintipico se encuentra con una pandemia mundial, seguimos siendo un poco teenagers. Tenemos carrera y máster, vivimos solos desde hace años y no nos importa irnos a cualquier lugar a buscarnos la vida. Vamos de independientes y de almas libres, pero cuando la cosa se pone fea, necesitamos sentirnos protegidos. Y piensas, qué mejor lugar que tu casa, con los tuyos, para sobrevivir a este apocalipsis del siglo XXI.

Llegas a casa, sigues flipando con la situación, pero para comer te preparan tu plato favorito. Abres la nevera y te das cuenta de que ahí está toda la comida que faltaba en el mercadona. Estás en compañía, pasas tiempo en familia. Además, allí tienes perros, lo que te otorga un pase VIP para salir como mínimo dos veces al día. Hablas con todos tus amigos, hasta con aquellos que ni recordabas. Organizas quedadas furtivas en el supermercado, siempre respetando la distancia. E intentas ser positivo y te propones dedicar todo ese tiempo libre, a todas esas cosas que dejaste a un lado por falta de tiempo.

Abres la nevera y te das cuenta de que ahí está toda la comida que faltaba en el mercadona.

Pero pasan los días, y lo que tu pensabas que iba a ser una semana, dos como mucho, se convierte en un mes y medio (como pronto). Y de repente, te das cuenta de que has vuelto a los 15. Te encuentras en tu habitación, con un millón de objetos de tu infancia, el edredón de Barbie y aquel collagede fotos que te regalaron tus amigos en no sé qué cumpleaños. Y ahí estas tú, durmiendo en la misma cama que durante el instituto, y sigues sin entender porque tu madre te pregunta las 10 de la mañana que qué quieres cenar.

Entonces, empieza la montaña rusa sentimental de la cuarentena. Te enfadas, te agobias, te ríes porque te acaban de pasar el meme número 3000, sales a aplaudir, ya se ha hecho la hora de dormir y vuelves a despertar. En lo que parece un sueño, como el final de los Serrano, pero no, eres tú con veintipico en casa de tus padres en cuarentena y te preguntas que haces ahí y porque cojones decidiste volver al pueblo con lo bien que se estaba en la ciudad.

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