Necesitamos un nuevo ocio post-covid

El nuevo ocio no tiene por qué ser peor, simplemente será diferente.

17 diciembre 2020 ·
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Parece que en Europa volvemos poco a poco al punto de partida con el coronavirus. Mientras que en el resto de países plantean cierres de locales de ocio, bares y restaurantes, en España parece inevitable una segunda cuarentena. Esta nueva ola, nos confirma aquello que algunas ya sentíamos. Que esta enfermedad ha venido para quedarse. Que no van a ser “unas semanas” ni “unos meses”. Incluso me atrevería a decir que tampoco “unos años”. Nuestro mundo ha cambiado radicalmente, y gran parte de nuestra cultura también. Me parece más que evidente que no volveremos a asistir a un concierto como lo conocíamos, por ejemplo, nunca más. Con “como lo conocíamos” me refiero a un lugar de proximidad física. Con respiraciones y sudores compartidos. Este mismo cambio se aplica a grandes fiestas. Públicas como las de los pueblos, o privadas, como las de discotecas. ¿Volveremos a bailar en la noche? Probablemente sí, pero de manera muy diferente a la conocida hasta ahora. 

Puedo poner ejemplos contra mis propias ideas. Cuando en España “terminó” la primera ola, volví a mi pueblo a visitar a mi familia. En ese momento (finales de julio, principios de agosto), los locales de ocio de mi pueblo no daban a basto. Parecía como si nunca hubiera pasado nada. Como si el coronavirus hubiera sido una pesadilla que olvidar con chupitos y perreo. No obstante, esta vuelta a la “vieja normalidad” fue muy corta. Pocas semanas después, diferentes brotes empezaron a aparecer por el pueblo.

El virus no se va a ir nunca.

Los locales de ocio, que hacía unas semanas albergaban a cientos de personas, ahora protestaban por las restricciones. Y las mismas personas que dieron todo de fiesta negaban su participación en este entuerto. Finalmente, ahora en noviembre, todas estas formas de ocio murieron. Básicamente porque el virus sigue ahí. El gran problema que veo, es que el virus no se va a ir nunca.

Me explico. Evidentemente, en algún momento la pandemia cederá, o tendremos vacuna. Con respecto a la vacuna no hay ninguna evidencia ni seguridad de que esté para primavera. Ni tan siquiera de que exista en 2022. Pensad que la vacuna creada con mayor rapidez hasta la fecha tardó 4 años en realizarse. Es verdad que ahora tenemos mejor técnica. Pero los procesos de espera para ver reacciones adversas, los fallos o la posibles ineficacias retardan mucho el proceso. Si ahora desde las esferas política y económica aseguran tener una vacuna para primavera, es para no alarmar a la población, que siempre necesita de una meta a la que llegar. Pero la realidad es que, aunque existiese la vacuna ya en verano de 2021, todavía se tardaría al menos un año en su distribución y en la vacunación masiva. Siempre sin contar las peleas políticas, económicas y el problema de los anti-vacunas.

No podemos esperar a que todo pase.

Entonces nos encontramos con un horizonte fictício. Que tapa la inimaginable realidad de que no hay ningún plan, y que esto va a ser para siempre. La enfermedad cederá, si no es en 2022, será en 2023 o 2025. Pero sus consecuencias culturales continuarán. Las nuevas formas de vida y ocio que marca la pandemia, seguirán con nosotros para siempre, o al menos en parte.

La postura que estamos siguiendo muchas, de esperar a que la tormenta pase y seguir con nuestras vidas, va a ser una tremenda decepción. Porque la tormenta no va a pasar. Para entendernos, a nuestra cultura y formas de ocio les va a pasar lo que le pasa a un enfermo de covid con secuelas. Si, pasa la enfermedad, ya no tiene covid. Pero se queda el resto de su vida atado a un respirador. 

Ahora bien, si el plan no es esperar a que todo vuelva a la normalidad, tampoco puede ser llorar por un mundo que ya fue y no volverá a ser. Llorar no nos devolverá nuestra antigua vida, solamente nos hundirá en el fango (evidentemente, llorar en algunos momentos es bueno y necesario). Lo que ahora tenemos que pensar es: “vale, no puedo salir a bailar, no puedo ir de discotecas… ¿qué puedo hacer? mejor dicho, ¿qué me gusta hacer?”

Nuevo ocio ¿qué me gusta hacer?

Hay muchas formas de ocio que no pasan por emborracharse y salir a bailar (cosa que, no puedo negarlo, es MUY divertida). Y que tampoco tienen por qué ser estar en casa viendo Netflix (lo cual tampoco tiene nada de malo de vez en cuando, pero te transforma en un vegetal atado a la pantalla). Podemos pensar en deportes. En juegos de mesa. En quedadas de cine. O en aficiones como la pintura, el dibujo, la fotografía, el teatro, la comedia… creo sinceramente que el coronavirus nos ha brindado una oportunidad para repensar nuestras formas de ocio. Ya no solo por necesidad, si no por encontrar un ocio menos destructivo con el planeta y con nosotras mismas. Que no tenga por qué pasar por la intoxicación. El consumo desmedido. O la creación desmedida de desperdicios como vasos de plástico, vidrios, botellas de refrescos, etc. 

Este nuevo ocio no tiene por qué ser solitario. Hablaba antes del deporte. Es verdad que no encaja con la actual situación del coronavirus en Europa. Pero por el número de personas que se juntan es mucho menos nocivo que la fiesta. Lo mismo pasa con juegos de mesa, con el teatro, haciendo música o bailando. No obstante, una cosa que me parece muy positiva de repensar nuestras formas de ocio, es la posibilidad de reconducirnos dentro de tareas artísticas.

Una creación compartida del mundo.

La falta de fiesta (y resacas) nos da un tiempo extra que podemos dedicar a aficiones que habíamos dejado de lado. Ya sea pintar, dibujar, escribir, bailar, la fotografía, el vídeo, la música, etc. Tareas que nos mantienen ocupados, nos producen un inmenso placer y de las que además podemos sacar resultados increíbles. Una juventud embarcada en multitud de actividades creativas, también da lugar a nuevas formas de sociabilidad. Un estar juntos que no implique un consumo, sino una creación compartida del mundo. Nuevas formas de ocio basadas en la creación nos podrían llevar a un entendimiento de nuestro entorno como espacio cambiante en el que tenemos voz. La creatividad compartida, el diálogo, son los pilares de cambios mucho más profundos. 

En mi caso particular, quiero volver a pintar. Dejé de pintar por diferentes motivos. Y después otras tareas y formas de ocupar mi tiempo, me apartaron durante 4 años de la práctica. Ahora, busco pasar las tardes y noches pintando. Pero no como una tarea de aislamiento social. Sino con el fin de involucrarme con el resto de artistas de la ciudad. Conocer a los colectivos de artistas. Tramar redes y tratar de emerger una escena artística. Los entramados culturales son también de pensamiento. Y es en este compartir ideas donde surgen otras, que mejoran la calidad de vida de los agentes y sus coetáneos. 

Para terminar, remarcar que el ocio pos-covid no tiene por qué ser peor, simplemente será diferente. Y esta diferencia, todavía sin dibujar, nos permite pensar formas de ocio más sanas y en las que, a la larga, nos lo pasemos mejor.

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