El bazar es mi templo del cutrismo

Me imagino a un ser digno de Cuarto Milenio digievolucionando en algún órgano del ser humano y activándose al cruzar las puertas de un...

18 marzo 2020 ·
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Me imagino a un ser digno de Cuarto Milenio digievolucionando en algún órgano del ser humano y activándose al cruzar las puertas de un bazar.

El bazar es mi templo, no lo alteres. Rompo una lanza por lo cutre, lo desvalijado, por las mitades “válidas” que han llegado muy vagamente a la mitad. Adoro la desidia en algunas cosas, una de ellas, los disfraces. El sentido de supervivencia para no ser criticado por tus colegas hace que tu imaginación regurgite una especie de traje-disfraz-cosa, que te hace salir un poco del paso.

Me encanta el carnaval, últimamente observarlo más que disfrazarme. Existen hasta síndromes que se desarrollan en esta época. Me imagino a un ser digno de Cuarto Milenio digievolucionando en algún órgano del ser humano y activándose al cruzar las puertas de un bazar. Este personajillo susurra desde las entrañas y obliga a las personas débiles de espíritu a comprar cosas que él considera graciosas. Esta es la explicación de por qué la calle se llena a las cuatro de la mañana de un cuñadísimo sobrehumano, es decir, gente con gafas de pasta sin cristales. Basta. Parad.

Hay personas que alteran esa tranquilidad del bazar (mi tranquilidad) y la contaminan: cogen algo que consideran “aceptable” y se van casi despreciando el ambiente.

A pesar de todo esto, sigo defendiendo el cutrísmo, siempre y cuando haya sido selectivo, premeditado y entendiendo que un bazar es un templo de paz inalterable. Hay personas que alteran esa tranquilidad (mi tranquilidad) y la contaminan: cogen algo que consideran “aceptable” y se van casi despreciando el ambiente. Pues entended que esos sitios pueden ser lugares de relajación para otros, concretamente entre el pasillo de artículos de “fiesta” y el de la vajilla.

Debería existir una especie de preliminar carnavalesco, en el que se disfrute más el proceso de compra que vistiéndolo todo después. Con este disfrute no se alteraría la paz, tendrías tu disfraz deleznable, pero fijo que sin dar pena. Habrías disfrutado de tu paso por allí, sin prisas, sin dolores de cabeza y sin tutús de colores de por medio. Solo tú, cosas a un euro y tu mente despierta para convertir ese material en una genialidad.

Debería existir una especie de preliminar carnavalesco, en el que se disfrute más el proceso de compra que vistiéndolo todo después.

Así que, coge notas, alinea tus chakras, no hagas caso al ser provocador que te susurra pensamientos malos y prepárate para que este sea tu último carnaval siendo un triste.

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