Mis fobias van en moto y duermen con la luz encendida

Cuando tenia 16 años me empeciné de una forma soberana en tener una moto. Yo, como persona con tendencia a la obsesión-compulsión por antonomasia,...

11 febrero 2019 ·
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Cuando tenia 16 años me empeciné de una forma soberana en tener una moto.

Yo, como persona con tendencia a la obsesión-compulsión por antonomasia, me encapriché mucho. Tanto, que pasaba las horas de tecnología en el colegio metida en milanuncios buscando una motocicleta de segunda mano.
Incluso llegué a contactar con algún que otro vendedor.
Prácticamente contacté con todo ser viviente que vendiera algo que no me pareciera extremadamente caro.
No quieran que les defina lo que para mi yo de aquel entonces era caro.

Fue tal mi ímpetu que hasta llegué a creer que tenía convencida a mi señora madre. Aunque a decir verdad ahora se que solo decidió obviarme para conseguir lo que sucedió. Que acabara obsesionándome con otra cosa. Y olvidara mi incondicional amor por los vehículos de dos ruedas.
Maldita sabiduría materna.

Poco tiempo después me eché un noviete que tenía una motilllo de cuarenta y nueve cilindradas. Y mi suprema adoración se convirtió antes de decir “rum rum” en un miedo atroz a esas bicicletas a motor sacadas directamente del infierno.

Para más INRI en la historia de mi vida, ese mismo año el novio de mi prima sufrió un accidente. Y se destrozó la pierna en lo que me parecieron doscientos millones de trozos.
Igual ni siquiera hace falta que les cuente qué niveles de pavor alcancé.

No han pasado muchos años desde entonces. No me codeo con Tutankhamon. Y no hace ni quince minutos que me he quitado el casco y me he despedido de mi amiga Blanca en la puerta de mi casa. Como cada día desde que, prácticamente tiene en su propiedad, el vehículo por el que cogí absoluto pánico a la conducción.
No me di cuenta hasta hace muy poco. Hasta entonces había pensado que la madurez que he (cada día tengo menos claro pero creo haber) obtenido con los años. Me había hecho olvidar mi animadversión hacia la aberración automovilística de sonido prácticamente causante. En su totalidad, de la contaminación acústica.

Supongo que pensé que al hacernos mayores las cosas que creíamos vetadas en nuestra vida pasaban a un segundo plano, se superaban o incluso se les acababa cogiendo el gustillo.

Como con la verdura, hace diez años quien diga que me vio comiendo espinacas miente. Como un bellaco. Y ahora le imploro a mi padre que las haga con más frecuencia de la que a mi intestino grueso le gustaría.

Pero los gustos cambian. Los miedos a duras penas.

Aun necesito dejar una luz encendida para poder dormir.
No he vuelto a ver IT desde que por accidente vi a Pennywise con seis años en la tele. Jamás he ido al circo ni tengo intenciones futuras de hacerlo. ¿Y al del sol? TAMPOCO. Es un circo, joder.
Cuando subo a un avión no he dejado de necesitar que alguien me apriete la mano cuando se me taponan los oídos. Aunque viaje sola. Ya, ya se que es siniestro.
Cada vez que subo a una moto y giramos una curva siempre pienso que va más inclinada que la de Pedrosa. Y cierro los ojos con tanta fuerza, que para cuando los he abierto ya hemos llegado a nuestro destino.
Pongo la música a todo volumen cuando estoy sola en casa porque no existe cosa en el mundo que me de más miedo que el silencio.

Y sigo haciéndolo.

Porque esto creo que no se trata de cambios. Corregidme si me equivoco.

Pero solo duermo con las luces apagadas cuando se que alguien descansa a mi lado.
Volví a hacer el intento de rememorar mi trauma con el personaje de Stephen King porque mi hermana lo intentó conmigo. Todo esto desencadenó uno superior en ella que si antes no temía a los payasos, desde entonces sueña con ellos. Algún día contaré esa historia. Los mejores 10 minutos de película jamás vistos.
En los aviones, antes de despegar dejo escrito un mini testamento dejándole mis mas preciadas posesiones a mis más preciadas personas. Porque otra cosa no, pero dramática y exagerada soy la que más.
El silencio se convierte en mi melodía preferida cuando desayuno en sepulcral silencio con mi padre cada mañana antes de entrar en clase.

Y ahora, cada vez que mi amiga Blanca me lleva de vuelta a casa, con un frío de cojones, un viento trasversal digno de una pregunta del teórico del coche, lloviendo, sin intermitentes, luces o sin una rueda si hiciera falta, soy la persona con menos miedo del mundo entero.

Porque vuelvan a corregirme, las veces que haga falta que yo estoy aprendiendo aun, pero me da a mi que para gustos los colores y, ¿para miedos? La compañía.

Voy a llamar a mi hermana, por si quiere volver a intentarlo.

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