Al borde de un ataque de… STOP!

Hoy en día sufrir síntomas de ansiedad o padecer un trastorno de ansiedad como tal is so mainstream. No es de extrañar. "No sé...

21 mayo 2019 ·
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Hoy en día sufrir síntomas de ansiedad o padecer un trastorno de ansiedad como tal is so mainstream. No es de extrañar.

"No sé si tengo ansiedad". Pertenecemos a una serie de generaciones en las que hemos crecido sin ningún tipo de educación emocional y ahora de repente todo lo que nos pasa tiene nombre y encima tenemos que saber reconocerlo para ponerle solución. Por otra parte somos las primeras generaciones que no vivirán mejor que sus padres. Esto es frustrante y decepcionante para más de uno.

Yo un día normal (con "normal" me refiero a plano, sin nada que destacar) me levanto y tengo que tener una imagen cuidada que dé a entender exactamente lo que los demás quieren. Tengo que lidiar con trabajos precarios en los que se infravalora mi trabajo. Tengo que seguir buscando trabajos mejores o por lo menos que sean de lo mío que pa´ algo lo he estudiao. Manejar bien mis emociones y tener unas perfectas habilidades sociales y de comunicación. Saber idiomas. Saber conducir por si algún día puedo llegar a comprarme un coche propio. Pagar un alquiler que te caes muerta, sin contar con que la luz este invierno ha estado carísima. Pagar facturas de internet, móvil.

Para ir al curro tengo que coger el metro al menos dos veces cada día con la vorágine que aquello supone y hacer dos o tres trasbordos por el camino con sus carreras de los 100 metros lisos, salto de valla (en los meses más precarios) y subida relámpago de ciento cincuenta y dos mil escaleras (afortunado si estas son mecánicas y no están estropeadas). Sacar tiempo para ir al gimnasio (o lo que sea que ponga en marcha este palmito) porque los excesos de alcohol de garrafón de fin de semana y los pitis en la puerta del garito en pleno enero pasan factura y una no quiere ahogarse de carrera al metro los lunes por la mañana.

En fin, que no tenemos tiempo, no tenemos futuro, no tenemos dinero, no tenemos motivación, no tenemos apoyos. PERO TODO OK.

Y a todo esto habrá que comer y me molaría ser madre, ahá. En fin, que no tenemos tiempo, no tenemos futuro, no tenemos dinero, no tenemos motivación, no tenemos apoyos, PERO TODO OK.

Todo OK hasta que un día llegas al metro por la mañana y de repente una idea automática pasa por tu cabeza. Por ejemplo: “tengo que pagar el piso y le debo dinero a mi compi que me pagó los gastos el mes pasado pero aún no he cobrado el paro y no puedo pedir más pasta a mis padres…”. Acto seguido empiezas a sentir que tu cara arde, tus manos sudan y el corazón empieza a palpitar desbocado. Intentas respirar pero parece que el aire que tomas no llega a los pulmones y comienzas a sentir ahogo. Entonces piensas: “me está dando algo, me ahogo, me muero, estoy solo y no conozco a nadie, qué hago, me muero”.

¿Te suena? He aquí tu episodio de ataque de ansiedad.

Es perfectamente comprensible que de vez en cuando se nos coma la desidia (como a Robe), pero tranquilos: nadie muere por un ataque de ansiedad. La sensación es de morirte, eso sí, no es ninguna tontería.

¿Te suena? He aquí tu episodio de ataque de ansiedad.

La ansiedad es una respuesta adaptativa de nuestro cuerpo. Digo adaptativa porque cumple una función ancestral: prepararnos para actuar ante una situación amenazante. La ansiedad es esa amiga que al llegar a Madrid te dice: “Nena, bolso al pecho que te lo quitan tó y no te dejan ni las pestañas”. Y tú como un suricato miras alrededor mientras te colocas la mochila modo madre en el pecho.

Es decir, la ansiedad es un conjunto de activaciones en nuestro cuerpo que ponen todo tu sistema a tono para poder saltar a la yugular en caso de ser necesario. Esto, como ya decía antes, es bueno en un primer momento, es adaptativo.

Pero ¿qué pasa cuando ya no hay solo una amenaza específica? A nuestro organismo a veces se le olvida que no vivimos en la selva rodeados de serpientes y leones, sino que vivimos en la sociedad del bienestar en la que los estímulos amenazantes son otros. Estos estímulos son los que enumeraba al principio. Llevar el ritmo de vida que llevamos hace que sea difícil lidiar con todo. Ante tantos estímulos amenazantes, nuestro cuerpo se ha acostumbrado a vivir en una continua tensión y estrés.

Es decir, padecer ansiedad significaría que tu respuesta de ansiedad natural está anormalmente mantenida en el tiempo o bien que ante cierto estímulo experimentas reacciones de ansiedad desproporcionadamente intensas (ataque de pánico).

La ansiedad es esa amiga que al llegar a Madrid te dice: “Nena, bolso al pecho que te lo quitan tó y no te dejan ni las pestañas”.

Ansiedad es eso, activación. Y esta sigue un curso en forma de U invertida: ante cierto estímulo la ansiedad rápidamente se dispara, cuando se llega a un nivel máximo este va descendiendo muy lentamente. Os pongo un ejemplo malo, yo misma cuando voy al gimnasio. Me subo en la cinta y empiezo a correr. Mi cuerpo enseguida se activa y pone en funcionamiento todos los mecanismos necesarios para que yo pueda correr y no montar un escenón volcando en la cinta. Cuando ya termino, soy de estas que se tira roja como un pimiento morrón durante el resto de sesión en el gimnasio. Esto es que al cuerpo le lleva mucho más tiempo desactivarse que activarse.

Lo mismo ocurre con la ansiedad. Cuando se experimenta un ataque de pánico, este siempre va a terminar pasando. Aunque pensemos o podamos sentir que nos puede dar un infartito en el intento. Una de las cosas que ayudan a combatir un ataque de pánico es precisamente esta certeza, saber lo que te está ocurriendo y cómo funciona el proceso de la ansiedad en tu cuerpo.

Es perfectamente comprensible que de vez en cuando se nos coma la desidia (como a Robe), pero tranquilos: nadie muere por un ataque de ansiedad.

Claro que el poder de la mente es infinito, pero tampoco vayamos de gurús. A veces no solo basta con pensar muy fuerte “no te vas a morir, tranquila, esto se pasa”. Otra estrategia que favorece que el cuerpo pueda desactivarse más rápidamente es cortar la reacción de ansiedad. Si tu primo con un par de copas de más en su boda, le prende fuego sin querer al mantel, automáticamente le echas agua encima (y a tu primo también, por básica), para apagarlo. Si resulta que no hay agua por ningún lado para apagarlo o llega el iluminado de turno y confunde el tequila con agua salimos ardiendo todos.

Cuando algo te dispara la ansiedad (fuego), si en lugar de echarle tequila por encima, le echas agua, más fácil será prevenir un ataque de pánico (salir todos ardiendo). Esta idea es llamada “inhibición recíproca” (sí, todo está inventado), aprender y emitir una respuesta incompatible con la de ansiedad ante el estímulo que nos la provoca. Lo que hacemos los psicólogos, aparte de leer la mente y esas cosas, es enseñar conductas que son incompatibles con la respuesta de ansiedad. ¿Qué es lo contrario a la ansiedad? ¡Premio! Relajación muscular y control sobre la propia respiración.

¿Sabíais que al respirar normalmente usamos una pequeñísima parte de nuestros pulmones?

Existe una práctica muy frecuente que podréis encontrar en Internet llamada "Relajación Muscular Progresiva". Dice Jacobson que se la inventó él, uno de los apóstoles del Grado de Psicología. Os animo a que probéis a hacerla algún día: en Youtube hay vídeos guiados bastante buenos (que incluso no hacen que te partas el culo).

El control sobre la propia respiración se consigue aprendiendo y entrenando la respiración abdominal o diafragmática. El procedimiento está también en todos los rincones de Internet y formatos habidos y por haber. ¿Sabíais que al respirar normalmente usamos una pequeñísima parte de nuestros pulmones? Cuando nos da el chungo en el metro y empezamos a hiperventilar, lo que nos está ocurriendo es que estamos metiendo más oxígeno del que necesitamos. Esto produce un colocón, o más bien un mal viaje, de O2 .

La respiración diafragmática es un tipo de respiración mucho más lenta. Más lenta porque es la que se realiza utilizando toda tu capacidad pulmonar. Tomas aire por la nariz mandándolo a la parte más baja de tus pulmones. Porque sí, los pulmones hinchados del todo, querides, ¡llegan hasta el ombligo! ¡O sea son gigantes! De hecho, si la haces bien, tienes que sentir que la parte baja del estómago (donde se notan los gases) se hincha antes que el pecho. Una vez ya has llenado tus pulmones de abajo arriba vas expulsando el aire poco a poco por la boca.

Cuando nos da el chungo en el metro y empezamos a hiperventilar, lo que nos está ocurriendo es que estamos metiendo más oxígeno del que necesitamos.

Entonces ante un chunguele perfectamente comprensible dentro de esta vorágine de precariedad en la gran ciudad os acordaréis de la Menda Lerenda. Ojalá, qué fantasía: "bueno, esta tipa decía que si sé que esto se pasa, respiro bien e intento relajar poco a poco mi cuerpo salgo de esta"). A no ser que queráis protagonizar momentazos televisivos como los múltiples desmayos de Aramís Fuster.

Llegados a este punto os diré que nunca es mal día para introducirse en el maravilloso mundo de la respiración diafragmática y por supuesto, por descontado y por pesada consultad con un profesional en caso de necesitarlo.

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