¿Qué debemos hacer ante la pereza afectiva?

Hace poco hablaba de que el concepto de “persona tóxica” a mí personalmente (y profesionalmente) no me convence. Y no me convence simple y...

10 mayo 2020 ·
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Ilustración · @rosestthorns

Hace poco hablaba de que el concepto de “persona tóxica” a mí personalmente (y profesionalmente) no me convence.

Y no me convence simple y llanamente porque cuando tú afirmas que alguien ES, significa que son lentejas: las comes o las dejas. “Yo soy así, me tienen que amar tal como soy, todos tenemos nuestras cositas” o mi preferido: “es que soy Piscis”.

Y ya está. Se acabó la introspección. Como soy Piscis y los Piscis son de esta manera, ¿¡quién soy yo para desoír al universo!? Y lo mismo digo Piscis como puedo decir: “Yo soy una persona que se da mucho, soy así, qué le voy a hacer” o “Soy un rompecorazones, en serio, creo ese efecto, qué le hago”.  Todos estos podrían ser considerados por alguien como “persona tóxica”, porque probablemente, el concepto que tienen sobre ellos mismos, sobre los demás y el patrón o tendencia de relacionarse que muestran, se cobre algún cadáver emocional por el camino. A su vez, estas personas pueden encontrarse “gente tóxica” en sus caminos.

No podemos englobar todo aquello que pueda crear conflictos en las relaciones como “tóxico”, porque no nos permite ver qué está fallando exactamente. Es como si tu ordenador deja de funcionar y dices: Ná, es que este ordenador es una mierda. Y lo tiras y no te molestas ni en llevarlo a la tienda a ver qué le pasa exactamente.

A mí esto me suena a “pereza afectiva”, a resignación.

Me suena a “esto es así, así me tienen que querer y no pienso mover ni un solo dedito para intentar mejorarlo o darle otra perspectiva”. Pero claro, cuando una relación no sale bien, o existe cierta decepción, o se provocan ciertos conflictos, a veces no es posible llevar el ordenador a arreglar. “Disculpe, mi novio es una mierda, ha dejado de funcionar así de repente, ¿tiene arreglo?”.

Existen dos vías para encarar un problema: enfrentarlo y solucionarlo, o en caso de no tener solución, trabajar internamente la actitud o idea que se tiene acerca del problema. Ya sea para alejarlo, relativizarlo o minimizar el malestar que pueda provocar.

Cuando te hieren, te decepcionan, te traicionan, te engañan, quizás sería más interesante (pensando en ti) poner el foco en ti mismo (cómo he llegado hasta aquí, cómo me he enfrentado a esto, qué consecuencias está teniendo en mí, si me ha pasado o no otras veces, etc) que en lo tóxicas que son las personas. De hecho si todos y todas hiciéramos este ejercicio, ¿os imagináis? Podríamos hacer una peli ñoña de esas que ponen en los institutos en la hora de ética (o ciudadanía o como se llame ahora) tipo Cadena de Favores.

Peña, ¡podríamos cambiar el mundo hacia uno afectivamente más responsable y maduro!

Hoy os propongo hacer un ejercicio para poner el foco en nosotros mismos. Solo necesitas papel y boli. Vamos a realizar una línea de vida afectiva. Nos vamos a convertir en nuestros propios investigadores afectivos, por lo que el asunto no va de juzgar(nos), sino de descubrir(nos):

  • Realiza una línea horizontal a modo de eje. Sobre este eje, que representa el paso del tiempo, desde tu nacimiento hasta ahora, ve colocando las diferentes relaciones afectivas más relevantes que has tenido en tu vida, incluyendo si quieres amistades. Puedes meter todas las relaciones que quieras, sea cual fuere sus términos o condiciones (vamos, que no tienes por qué meter solo al que creías padre de tus hijos).
  • Cuando ya tengas todas marcadas elabora una “ficha” de cada una de ellas. “¿Cuándo empezó la relación? ¿Cómo os conocisteis? ¿Cómo te encontrabas tú en ese momento a nivel personal? ¿Qué fue lo que te atrajo de esa persona? ¿Cómo era esta persona a nivel sexual, social, laboral, afectivo? ¿Qué te aportaba? ¿Qué aportabas tú? ¿Sabrías escoger un solo momento especialmente relevante en esa relación? ¿Cuánto duró la relación? ¿Cuándo y cómo empezó a fallar? ¿Qué es lo que finalmente hizo concluir la relación? ¿Quién tomó esta decisión?”.

Vale. Una vez acabadas estas fichas observa: ¿Existe algún tipo de patrón entre ellas? ¿Hay elementos coincidentes? Quizás te atraigan las mismas características en las diferentes parejas que has tenido, ¿por qué?  O que casualmente busquemos estar en pareja precisamente cuando atravesamos ciertas situaciones de necesidad, ¿por qué? Puede ser que descubras una tendencia a estar permanentemente en pareja. Puede ser que seas tú el que motive el inicio o el fin de tus relaciones… ¿Cómo afrontas los conflictos en pareja? ¿Sueles cumplir ciertos roles en tus relaciones?

 Observa, reflexiona y escribe. En este punto no hay respuestas correctas e incorrectas. Ni buenas o malas.

Simplemente estás reflexionando sobre tu propio sistema afectivo. Estás reflexionando sobre cómo es tu manera de querer, de relacionarte. Estás conectando con tu propio funcionamiento. A mí personalmente este tipo de ejercicios me encantan. Cuando algún profesor nos proponía algún ejercicio de este tipo yo me sentía una semidiosa haciéndolo porque trasciendes. Sales de ti mismo para observarte desde fuera e intentar comprenderte.

Así pues, ¿puedes sacar algo en claro de todo esto? ¿Has identificado qué te gustaría cambiar? ¿Has identificado aquello que te gusta de tu manera de relacionarte? ¿Existen ciertas dificultades? ¿Qué es aquello que motiva estas dificultades o las mantiene? ¿Cómo podrías ayudarte a ti mismo para dirigirte hacia tu propio cambio?

No tenemos por qué ser capaces de realizar este ejercicio sin ayuda.

A veces nuestras historias afectivas pueden llegar a ser realmente complejas. Si crees que eres una persona cuyas relaciones te provocan mucho malestar, manifiestas dificultades que no puedes atajar por ti misma o te encuentras desbordada, lo que digo siempre: pide ayuda. Este es un ejercicio para la reflexión, no terapia.

Con este ejercicio quiero haceros ver lo poco que solemos reflexionar acerca de nuestras propias vivencias. Hablamos de nuestras relaciones de una forma casi anecdótica o preferimos no recordarlas, esconderlas. A veces las simplificamos bajo el paraguas de la toxicidad, sin profundizar ni llamar a las cosas por su nombre.

Todo esto son mecanismos que hacen que la mente se quede “tranquila”.

Son mecanismos para defendernos del malestar que provoca a veces reflexionar sobre el daño que nos han hecho. Nuestra mente es más lista que nosotros mismos porque tiene una parte que funciona al margen de nuestra consciencia. Por tanto, tampoco vamos a echarnos la culpa de no ser unos metafilósofos 25/8 como dice Benito. Sin embargo creo que existen ciertos momentos en la vida en los que nuestra mente puede estar más “abierta”, más receptiva a la idea de reflexionar sobre el pasado, y puede ser muy bonito aprovecharlos.

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