No por lo que eres, sino por lo que soy cuando estoy contigo.

Mí, me, conmigo. “Le quiero porque ME entiende. Le quiero porque ME hace sentir preciosa. Le quiero porque cree en MIS sueños. Le quiero...

20 noviembre 2019 ·
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Mí, me, conmigo.

“Le quiero porque ME entiende. Le quiero porque ME hace sentir preciosa. Le quiero porque cree en MIS sueños. Le quiero porque ME cuida cuando estoy enferma. Le quiero porque ME hace reír. Le quiero porque ME da calma. Le quiero porque ME hace sentir importante. Le quiero porque seca MIS lágrimas. Le quiero porque ME escucha...”

Vale, querido, querida. No sigas, que te he entendido a la primera. Que tu novi@ te quiere mazo, sí.

¿Y tú? ¿Le quieres o te quieres?

Se habla mucho sobre las relaciones. Relaciones, no diré de pareja, porque el espectro se está ampliando poco a poco y con ello el cuestionamiento de conceptos como la fidelidad, la exclusividad, la monogamia, los celos, el “felices hasta la muerte”, el “sin ti no vivo”.

Y eso está muy bien, por supuesto que sí, creo que es interesante tener en cuenta otras formas de relacionarse con los demás más allá de las formas “tradicionales”.

Pero no nos equivoquemos. El tipo de relación que tengamos con una persona no cambia nuestra forma de ser, pensar y/o actuar con ella.

Nos hemos criado en una sociedad individualista. Esto es como si te hubieran metido en el cerebro el filtro “Río de Janeiro” de Instagram y lo vieras todo rosa, rosa tirando a feo. Tenemos que ser conscientes de que vamos por la vida con las gafas individualistas puestas y que en mayor o menor medida, estas gafas nos hacen interpretar el mundo desde esta perspectiva. Incluyendo las relaciones con los demás.

La frase que escogí como título es una oda al individualismo. “No te quiero por lo que eres, sino por lo que soy cuando estoy contigo”.

…Ah. Genial.

No me quieres por ser inteligente, me quieres porque te doy conversación. No me quieres por ser empática, me quieres porque te escucho el drama. No me quieres por ser detallista, sino porque te traigo chocolate a casa.

Esto es, o puede ser, ¡PELIGROSÍSIMO! (Que me gusta a mí el drama). Y vamos a reflexionar por qué.

No voy a negar que esta clase de “gestos” indicados más arriba, son muestras de afecto que reflejan cualidades de la persona con la que estamos. Es obvio que me encanta que me traigas chocolate a casa (negro, de naranja, please). Claro que valoro que se me escuche, que vengas a buscarme a algún sitio o que me prepares un té con miel y limón si estoy enferma.

Pero es que no te estoy queriendo por lo que eres, sino por lo que me das.

El problema aparece cuando yo soy si es contigo. Es decir, si yo tengo carencias o conflictos sin resolver y esta persona de alguna manera los “cubre”.

En este caso estaremos creando una relación de dependencia. Os podría poner como ejemplo ilustrativo una adicción: el bienestar o placer que provoca estar con una persona sería como el placer que genera consumir una droga. La demanda cada vez mayor que se puede manifestar hacia la pareja podría ser como el nivel creciente de tolerancia a una sustancia La inseguridad que provoca perder a la pareja podría asemejarse al mono de no poder consumir.

Esto al final es un funcionamiento en el que uno es el que “recibe” y el otro el que “da”. Uno que cuida y otro que es cuidado. Las consecuencias para ambas partes pueden ser dramita.

Para empezar aquel que recibe como hemos visto antes desarrolla una dependencia fuerte en la otra persona, lo que crea muchísimo malestar. Por otra parte, como comprenderéis, también se ejerce cierta presión y responsabilidad sobre la otra persona, la persona que da, que cuida. Se marca el Óscar al papel de Mejor Cuidador y termina anteponiendo las necesidades de la otra persona a las suyas.

Estos papeles no tienen por qué ser fijos en todos los casos. De hecho una misma persona puede ir adquiriendo ambos roles dependiendo de la situación o relación en la que se encuentre, cada relación es un mundo. Lo cierto es que entender las relaciones en estos términos puede ser arriesgado.

Creo que una buena “vacuna” para evitar que esto pase es la obvia: trabajar por quererme yo, en primer lugar.

Porque si me quiero yo primero, no necesitaré quererme cuando esté contigo.

Me encantará estarlo, por supuesto, pero no en términos de necesidad. Creo que es necesario hacer ese primer ejercicio más egocéntrico, más básico, de centrarnos en nosotros mismos e identificar al menos qué conflictos quiero resolver o qué siento que me falta para no ponerlo en manos de otra persona.

Aunque haya estado hablando de relaciones amorosas hasta ahora, esto podemos ampliarlo a relaciones de amistad o familiares.

En muchas ocasiones evitamos la introspección y el trabajo personal porque sabemos que otros pueden cubrir “lo que nos falta” o lo que nos hace falta en ese momento. Os pongo un ejemplo muy fácil: yo sé que salgo de trabajar con un hambre que me comía un codo. Si me puedo permitir ir a un restaurante a mesa puesta, para qué voy a ponerme a cocinar en mi casa. Tiraré de restaurante en lugar de preocuparme por prepararme un tupper de casa. Ahora, el día que pille festivo y esté todo cerrado o el día que no me pueda permitir el restaurante... Algo tendré que comer, ¿no? Porque el hambre va a volver a aparecer igual.

Si sé que otra persona es capaz de apaciguar mis conflictos internos, aliviar mis sentimientos de culpa, otorgarme una mejor versión de mí mismo, no voy a trabajármelo yo. Ya me lo dan hecho. Sin embargo, aunque alguien te diga desde fuera: “eres lo más, cari”, tú sabes que en tu interior la mierda rebosa.

Y cuando esa persona que te hace sentir bien se aleje, te vas a volver a quedar tú solit@ con tu mierda interna.

No nos han enseñado a querer o amar a la otra persona por lo que es, sino por lo que supone para nosotros. Esta es una visión superindividualista e incluso consumista. Estás tirando de los recursos de otra persona para evitar malestar. Es decir, tu relación es una relación de utilidad, no de amor.

Cuando una persona se convierte en "Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como", sabe cual es su conflicto o carencia y aprende a resolverlo por sí mismo (ojo, que hablo de una gestión medianamente aceptable, no necesito que mi tupper de comida sea de alta cocina para que se me pase el hambre, con unos macarrones voy que chuto). Cuando eres Juan Palomo, el día que te puedes permitir ir a un restaurante vas, pero vas por elección, por iniciativa propia, no porque de otra manera no comes.

El resultado de esto es saber estar con una persona por elección y no por necesidad.

Las preguntas clave respecto a esto podrían ser: “¿Por qué estoy contigo? ¿Por qué sé que te quiero?” o “¿Por qué estás conmigo? ¿Por qué me quieres?”

Cuando las respuestas a estas preguntas incluyan muchos “mí, me, conmigo”: algo falla. Por eso se repite tanto "para estar bien con otra persona primero hay que estar bien uno mismo". El problema es que esto se traduce en creerse el ombligo del mundo, en creerte merecedor de todo lo que hagan por ti. Se traduce en el egoísmo de solo estar con quien me cuide y me soporte. Porque primero tengo que mirar por mí y luego por los demás.

Creo que esto es un error. No es miro por mí y luego por los demás. Es mirar por mí para después poder mirar por los demás de una manera sana. Es mirar por mí para que no lo tengan que hacer los demás. Es decir, estar bien uno para después poder estar bien con los demás es tomar la responsabilidad de uno mismo. Como cuando de peque pedías un perrito y tus padres te decían: cuando demuestres ser responsable tendrás perrito, un perrito es una responsabilidad muy grande.

Es primero saberme querer, saberme sana, saberme en paz, saberme resuelta, para así estar con otra persona de la manera más sana posible. Si todos y todas hiciéramos este ejercicio o al menos lo intentásemos, en lugar de tener relaciones que suplen carencias, relaciones de dar y recibir, construiríamos relaciones de compartir. Podríamos construir relaciones de admirar, de observar, de compartir, de acompañar, de confiar, de descubrir.

Tú conmigo, yo contigo. Sin necesitar, sin poseer, sin esperar nada. Porque cuando una misma lo tiene todo, no espera nada y amar sin esperar nada te hace más libre. 

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