Lo que he aprendido de la burocracia del amor en la era del capitalismo avanzado

Una crónica sobre la gestión de la vida, el deseo y el (des) amor. La lenta cancelación del futuro en la era contemporánea A...

31 julio 2020 ·
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Una crónica sobre la gestión de la vida, el deseo y el (des) amor.

La lenta cancelación del futuro en la era contemporánea

A modo introductorio, quisiera confesar mi condición de militante convencido del pesimismo nostálgico que ha marcado a sangre y fuego el código genético existencial de todas aquellas personas nacidas y educadas bajo el estigma de la década de los 90 en Occidente. Porque a diferencia de otras nostalgias generacionales anteriores. La nuestra no se fundamenta tanto en la odiosa comparación con la gloria del pasado. O con la imposibilidad material y simbólica de asumir el presente y sus circunstancias. El drama constitutivo de nuestra generación no es otro que el de haber tenido que experimentar obligatoriamente. Desde la más tierna infancia la amarga, angustiosa e hiriente sensación que implica vivir la lenta cancelación de un futuro que la Historia de la Humanidad siempre había creído irrefrenable.

Pero a pesar de mi innegable compromiso con esa nostalgia ansiosa-depresiva de aquel que ya no puede imaginarse un futuro real a corto plazo. También debo reconocer que, al mismo tiempo. Soy incapaz de criticar de manera convincente la veracidad de las palabras de Gottfried Leibniz cuando en el siglo XVII (primeros compases de la modernidad de la que somos descendientes directos) sentenciaba de un modo tajante aquello de que siempre “vivimos en el mejor mundo de todos los posibles”. ¿Qué argumentos de peso puede esgrimir alguien como yo contra la vida contemporánea y sus vicisitudes.

Un simple gallego hijo de la clase trabajadora, que de haber nacido en cualquier otra época habría acabado con toda seguridad trabajando en el campo. O emigrando a latitudes con un mínimo de desarrollo en las que pudiera conseguir algún trabajo de subsistencia en fábricas o empresas de limpieza?

En este punto no quisiera que se me malinterpretase.

Pues de ningún modo pretendo insinuar que nuestro mundo actual esté exento de sufrimiento o de injusticias en comparación con otros. Ni mucho menos. Ni que las diferentes identidades que componen el crisol de la vida en Occidente no tengan motivos y derecho para quejarse por las innumerables injusticias que sufren diariamente. Más bien todo lo contrario.

Pues lo que pretendo señalar aquí es el carácter paradójico de la vida humana en el mundo moderno. En el que las penalidades e injusticias se siguen acumulando sin solución en los márgenes de la existencia. Pero en el que gozamos de una cierta posición de privilegio, bastante amplia y heterogénea. Que en las décadas de los 60, 70 y 80 solo se podía concebir en forma de utopía. Y especialmente, lo que pretendo resaltar con esta introducción es como esta paradoja que nos atraviesa a todos los humanos contemporáneos constituye el verdadero escenario sobre el que se codifican y desarrollan nuestras vidas, nuestras luchas y nuestros triunfos y fracasos, tanto a nivel individual como colectivo.

Occidente y la conquista biopolítica de la existencia

La historia de Occidente no es solo la historia del expolio y el extermino del planeta. Es también la historia de la lucha por las igualdades sociales e individuales. Es la historia del triunfo de las causas perdidas, en donde los nadie, las olvidadas y los marginados se alzaron para reclamar una vida mejor en el futuro. Y quizás, el gran problema de Occidente en su imparable expansión siempre ha sido ese, el de intentar mantener y preservar por todos los medios posibles la vida humana en su sentido más amplio y heterogéneo.

Porque aquí vuelve a ponerse de manifiesto ese carácter paradójico del ser humano contemporáneo, quien no puede dejar de actualizar constantemente esa clásica manía. Tan antigua como desesperada, por no enfrentarse a la única verdad que nos paraliza y no nos deja ser: la verdad de la muerte. Y de este modo, eludiendo problemas y huyendo hacia adelante, la vida se ha convertido en el axioma central de la existencia contemporánea, y todos los progresos científicos y tecnológicos que hemos desarrollado se han construido en torno al imperativo de su mantenimiento y preservación.

Es algo que se respira en el ambiente contaminado de casi cualquier parte del mundo actual. Y parece muy difícil rebatir que el triunfo de Occidente, de la globalización, del capitalismo avanzado y de sus múltiples redes biopolíticas han transformado poco a poco la existencia humana en una especie de burocracia de la vida. Una burocracia centrada en mantener la eficiencia de la vida para que el flujo del capital siempre esté operativo, sea éste del tipo que sea. No hay realidad humana, por muy genuina y profunda que sea, que no esté sometida al terrible control del aparato burocrático de la vida y su correcto mantenimiento.

Puedes ser vegano, feminista, comunista, conservadora o desclasado.

Puedes ser trans o gender fluid. Negro, caucásica o mestizo. Marica o heterazo. Poliamorosa, monógamo o practicar la agamia. Pero a cambio del reducto de tu identidad individual. Tienes que pagar el precio de la normatividad (me gusta pensar la normatividad como una especie de tasa perversa implícita en cualquier gestión burocratizada de nuestra existencia). Pasar por el aro que tú elijas, pero pasar por él, al fin y al cabo. Respetar el infinito sistema burócrata que rige toda forma de vida. Que acepta casi cualquier tipo de disidencia. Excepto la de no pedir cita correctamente, rellenar los formularios pertinentes y entregarlos debidamente sellados dentro de los tiempos pautados.

El deseo y el amor en la era de la burocratización de la vida

¿Cómo podemos entonces entender realidades tan universales y necesarias como la del amor en estos tiempos de paradoja y confusión? ¿Cómo sobrevivir a la burocracia de la vida y del amor y no morir de hastío y pesadumbre en el intento? Si volvemos al tema con el que se inició esta crónica, el de la nostalgia por la lenta cancelación de un futuro que ya no podemos imaginar. Quizás encontremos algún rastro interesante. Personalmente, creo que en algún momento de nuestra tierna infancia la gran mayoría de personas made in los 90 se dio cuenta de que el amor era un concepto que hacía agua por todos lados.

Que lo que había entre papá y mamá no era amor en un sentido elevado y metafísico. Sino más bien un business que exigía mucho tiempo, dedicación y sacrificio. Puede que muchos de nuestros padres todavía pertenezcan a un tiempo en el que el trinomio amor-familia-economía guardaba cierta consistencia interna. Pero cuando Thatcher, Reagan y el resto de adalides del neoliberalismo sentenciaron aquello de que ya no hay sociedad. “Solo individuos, hombres y mujeres”, todo saltó por los aires y ya no había punto de retorno. En la nueva era del capitalismo avanzado el individuo se transforma radicalmente, y con él, toda la crisálida de experiencias y nociones referentes al amor. Pero comprender y asimilar este hecho es algo realmente duro y difícil de manejar. En donde no hay buenos o malos, sino culpas y penalidades compartidas entre muchas redes.

Con la ascensión definitiva del individuo al trono de la divinidad, éste se convierte en el referente absoluto del mundo contemporáneo. Y en el mismo movimiento, el deseo se codifica como el nuevo combustible del cambio. Un combustible que, a diferencia del petróleo, es inagotable, y que en su esencia se camufla perfectamente con las necesidades primarias del capital: no respeta nada sagrado, no conoce límites, y siempre necesita más y más para poder ser. Pero no nos engañemos, la liberación del deseo y del capital son acontecimientos tan devastadores como necesarios ante los que difícilmente nos podemos oponer.

Porque desgraciadamente para la gran mayoría de “buenistas” y “progres”.

Aquí se vuelve a poner de manifiesto el carácter paradójico y confuso de nuestra época. La ruptura del modelo familiar y social en aras de la libertad del individuo supone la pérdida de un espacio sagrado de seguridad donde éste podía protegerse frente a lo terrible de la naturaleza y su violento azar. Pero al mismo tiempo, permite la posibilidad de que el individuo pueda tener una vida diferente a la que se le presuponía por pertenecer a determinada familia o sociedad.

Del mismo modo, la crisis del concepto de amor tradicional abre las puertas a una nueva dimensión amatoria en donde los roles y las definiciones de las relaciones sexo-afectivas se pueden transformar radicalmente. Pero también supone una mayor carga y tensión para un individuo cada vez más aislado y dependiente de sí mismo. Al final, la muerte de Dios se hace notar en cualquier resquicio de la existencia humana, incluso en el ámbito del amor. Y el desierto en el que ahora tenemos que sobrevivir es tan desolador como potencialmente transformador.

Los relatos del amor romántico, de la media naranja y del “felices para siempre” están prácticamente agotados,

porque ni las condiciones materiales de nuestro tiempo ni mucho menos la terrible verdad que se esconde en las profundidades de nuestro ser pueden seguir manteniendo esa “Fantasía” amorosa. Y la pulsión esquizofrénica del deseo es una válvula de escape perfecta para que los cuerpos se liberalicen de sus ataduras anteriores y construyan nuevas formas de ser y de amar.

En este punto, es interesante observar como esa vieja promesa de las vanguardias europeas de “vivir todas las vidas” se actualiza en cierto modo dentro del ámbito del amor contemporáneo. Porque si dentro de una misma vida podemos (y debemos) vivir varias diferentes, todas las posibles nos decía Rimbaud, ¿cuántos amores podemos (y debemos) tener dentro de una vida? ¿Cuántas parejas, amistades y vínculos sexo-afectivos pueden (y deben) caber dentro de una existencia?

Está claro que el deseo no se puede reprimir porque poco a poco nos destroza por dentro.

Y también parece evidente que cuando nos relacionamos en pareja, ya sea de forma monógama o poliamorosa, éste no desaparece nunca. Quizás, atendiendo a este aspecto concreto, las diferentes posturas poliamorosas permiten a priori mantener el flujo del deseo de una manera más honesta a la hora de articular una posible relación de pareja. Pero volviendo a su vinculación con el capital, también debemos tener en cuenta que el deseo, de por sí, es altamente destructivo en su desarrollo aceleracionista. No respeta nada sagrado, ni entiende de límites, y siempre necesita más para poder seguir creciendo.

Y en este punto es dónde aparece el terror poliamoroso, esa condición amatoria contemporánea que analiza de manera magistral Brigitte Vasallo en su obra, y que se presenta con toda su intensidad y vehemencia constitutiva. Ya no se trata de reprimir o de dar rienda suelta al deseo libidinoso, si no de gestionarlo teniendo en cuenta toda la red afectiva que puede verse afectada por su fetichismo y sus ansias de crecimiento. Es posible que hasta hace 20 o 30 años el amor lo pudiese todo, pero desde luego que hoy en día ya no es así. Y si algo hemos comprendido los sujetos amorosos contemporáneos es que el amor, tal y como muestra Paolo Sorrentino, siempre tiene consecuencias.

Funcionarios y emprendedores del amor

Los niños y las niñas perdidas de los 90 hemos tenido que construirnos un nuevo cuerpo sin órganos para poder seguir amando en estos tiempos de paradoja y confusión. Un cuerpo sin órganos en donde las estructuras del amor romántico y las ficciones del amor de Disney dejen de gobernar nuestros impulsos y emociones, Y realmente esta apertura corporal hacia otro tipo de amor tiene unas connotaciones maravillosas desde una perspectiva política y estética.

Ya no tenemos por qué tener una sola pareja si no nos satisface. Ni por el hecho de tener una pareja estable (o dos, o tres, o cuatro) tenemos que renunciar obligatoriamente a seguir construyendo redes sexo-afectivas con otros vínculos que alimentan nuestro deseo insaciable y nos hacen crecer como persona en otros aspectos que no competen directamente a nuestra vida en pareja. Pero obviamente esta posibilidad de emancipación amorosa tiene una contrapartida ética que no es tan bella y agradable.

Que el individuo sea el centro del mundo contemporáneo significa mucho más que libertad de acción frente al grupo. Significa tener que asumir un modo de pensamiento y de praxis existencial fundamentalmente atómico. Y esto no es debido precisamente a la contingencia positiva de la libertad, sino más bien a su necesidad negativa. Porque el individuo es posiblemente el único sólido de nuestra época que todavía no se ha desvanecido en el aire del todo. Y en este punto, la lenta cancelación del futuro también se asoma de reojo en la encrucijada amorosa de nuestra era. Pues que el individuo sea el último sólido que todavía no se ha desvanecido en el aire contemporáneo evidencia el absoluto presentismo al que estamos condenados a vivir.

No sabemos en que ciudad vamos a vivir dentro de 5 años. Ni que casa vamos a poder habitar.

Ni que trabajos precarios vamos a tener que realizar hasta encontrar un mínimo de estabilidad laboral. En estas circunstancias, en donde solo podemos concebir el futuro de manera atomizada a 2-3 años vista, ¿qué espacio queda para el amor, las relaciones de pareja y los vínculos sexo-afectivos dentro de nuestra vida? ¿Cómo construir relaciones y conexiones profundas, que se enfrenten a la diáspora de la eternidad, en un mundo que nos obliga a estar cambiando constantemente? ¿Cuánta energía, tiempo y dedicación podemos entregarles a nuestras necesidades amorosas cuándo todo se está desmoronando a velocidades supersónicas y somos incapaces de imaginarnos un futuro más allá de nuestro individuo al que presuponemos que seguirá respirando?

En este páramo nihilista, las estrategias de supervivencia amorosa se vuelven a menudo insostenibles. Pues ya no solo se trata de crear relaciones para así satisfacer a nuestro deseo voraz. Sino también de intentar gestionar y mantener lo creado teniendo en cuenta que no podemos imaginar un futuro real a corto plazo. Y entre estos callejones sin salida, la figura del individuo contemporáneo se encuentra más sola y vulnerable que nunca. Condenado a ejercer al mismo tiempo las labores de emprendedor y funcionario de su realidad amorosa: Obligado por necesidad a anteponer su individuo al de otros sujetos amados para así poder seguir creciendo y no estancarse en espirales de papel mojado.

A tener que gestionar los sentimientos de culpa propios por necesitar imperiosamente algo que calme su deseo. Y al mismo tiempo tener que gestionar el posible dolor o malestar generado en los otros miembros de la red afectiva. Sugestionado 24/7 por tener que controlar sus impulsos. Para no pillarse demasiado y depender sustancialmente de otras personas. O para que otros vínculos no se pillen demasiado y no dependan en exceso de tu individualidad.

Siempre guardando, fusil en mano, los límites geográficos y simbólico de su ser individualizado.

Aunque a menudo lo único que éste anhela es poder fundirse con los otros sujetos amados que le rodean y acompañan en este desgarrador mundo que habitamos. Forzado por la cultura hegemónica a tener una pareja estable para poder construir una vida ficticia plena. Seducido por la contracultura deseante para generar más amor, más parejas, más vínculos y más experiencias que le hagan alcanzar el máximo de su plenitud vital como individuo.

Y en esta suerte de panegírico en torno al sujeto amoroso. Vuelve a aparecerse la sombra difuminada de aquella sentencia de Leibniz: “siempre vivimos en el mejor mundo de todos los posibles”. Porque de algún modo cruel e irónico, la premisa revolucionaria de los vanguardistas. Que reivindicaba con justicia y rigor la necesidad de poder vivir todas las vidas posibles dentro de nuestra existencia finita. Se ha convertido en uno de los axiomas del capitalismo avanzado, y paradójicamente. Nuestra vida se ha quedado atrapada dentro de la burocratización de unos ideales de autonomía y libertad que tanto las vanguardias como la modernidad pensaron que algún día nos harían libres y nos librarían de todos los males del mundo.

Conclusión.

Después de 2500 palabras, a finales de julio y en plena ola de calor. Como autor realmente considero que no se puede (ni se debe) añadir mucho más al respecto. Aunque obviamente quedan en el tintero infinidad de aspectos, matices y realidades implicadas en este problema que no se han mencionado o se han desarrollado muy poco a lo largo de esta especie de crónica amorosa. Pero si hay que extraer alguna conclusión de lo aquí relatado, me gustaría que fuese la siguiente:

Si tenemos que entender nuestro tiempo y nuestras circunstancias. Hagámoslo desde la gravedad real de las cosas. Asumamos la complejidad de un mundo contemporáneo que está totalmente atravesado por multiplicidad de paradojas. Que al mismo tiempo se presentan como posibles agentes de transformación revolucionaria de la realidad o como posibles formas de castigo y dominación. Enfrentémonos al desierto del nihilismo que nos ha tocado vivir, y creemos con nuestra lucha un nuevo futuro hacia el que dirigirnos. En el seamos mejores y más fuerte como individuos y como colectivo, en el que amemos más y mejor. No creo realmente que exista ninguna ruta exitosa para sobrevivir en esta era de la burocracia del amor. Ni que haya formas de amar que de por sí sean mejores que otras.

Así que a aquellos sujetos que siguen buscando el amor de pareja como forma de salvación terrenal en esta existencia plagada de sufrimiento.

Todo el ánimo y la fuerza del mundo frente a las adversidades que tarde o temprano llegarán. A aquellos individuos disidentes del amor tradicional que buscan y experimentan nuevas formas de amar. En un mundo en el que la vida se ha burocratizado hasta el extremo. Paciencia y templanza frente a los vaivenes del rizoma afectivo y las pulsiones del deseo. Y para todos aquellos sujetos que por circunstancias de la vida han dejado de creer en el amor. O que directamente lo rechazan a causa de las heridas que todavía laceran su piel, calma, reposo y fe.

Porque a pesar de que el amor pueda ser una mierda. Y una fuente de alienación, de sufrimiento y dependencia. Es demasiado importante como para dejarlo en manos del enemigo. Ya que si hay algo que realmente puede salvarnos a la hora de atravesar este desierto en el que ahora nos hallamos es el amor. Quizás no sea el amor en forma de media naranja, ni el amor en forma de pareja abierta. Ni tan siquiera el amor como vinculo sexo-afectivo con otros individuos.

Con otros amigos que nos acompañen en esta travesía lo que vaya a salvarnos.

Pero sea como sea, el amor entre dos o más cuerpos, la felicidad resultante de un encuentro de estas características entre diferentes individuos que se potencian. Se complementan y crecen mutuamente (tal y como ya señalaba Spinoza en el siglo XVI). Es el mejor motor de transformación que tenemos al alcance para tratar de volver a poner en marcha el futuro que lentamente nos ha sido cancelado.

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