Diario normal de una chica común

Ojalá esto que voy a contar fuese algo sacado del imaginario de la gente o simplemente un caso aislado que poco tiene que ver con la normalidad objetiva en la que vivimos

29 abril 2021 ·
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Foto vía Unsp.

Pero muchas veces la ficción bebe del tazón de la realidad. Es un hecho que la exposición de nuestra persona en las redes es un arma de doble filo, pero de algún modo nosotros elegimos participar en el juego del consumo de imágenes o personas. Este juego es directamente proporcional; es decir, una mayor exhibición de nuestra vida implica más notoriedad, y a su vez mayores cargas o etiquetas sociales.

Todos participamos en el juego capitalista-consumista, de algún modo u otro, todos tenemos distorsionada la mirada debido a una serie de valores y juicios que se nos han autoimpuesto, por el mero hecho de haber nacido seno de esta sociedad. Pero participar no implica quemarte, y menos cuando el que lo hace, se esconde tras la ventana de su casa, como si esto fuese Rare Window. Lo malo es que en esta ocasión al James Stewart de pacotilla nunca lo descubrirán.

1ª parte

Era verano de 2017, y bueno, subí una foto en la playa al Instagram (IG), hasta aquí como todo el mundo, likes, comentarios, todo bastante normal. Lo típico, un poco de feedback de tu gente, y algún que otro pajillero inofensivo.

 Hasta que me llegó un mensaje directo (DM):

   ¿Qué playa es esa, parece Venezuela? Jajaja (emoji de hetero básico reclamando atención)

                                                                                                                              No, es Cartagena   

    AHH, QUE GUAY. Bueno pues si necesitas dinero para algún bikini nuevo o alguna otra cosa…

                                                                                                                              Visto

No sé si al que está leyendo esto le suele pasar, pero yo diría que no es una situación muy común, que venga un completo desconocido y te ofrezca dinero sin pedir nada a cambio. Bueno, algo a cambio hay, y no estoy hablando de algo sexual.

 Me extrañó mucho, pero no porque no conociese casos, sino porque me había pasado a mí.  Y nada, un hecho aislado, no le di más importancia. 

Pasa el tiempo y en base a una foto en Instagram (de mí con un amigo, maquillados, like divas) en la que ponía “SE ACEPTAN SUGADADDYS” se desató un poco la euforia entre mi comunidad, y me empecé a recibir una oleada de mensajes del tipo: 

“Me encanta tu maquillaje, si puedo ayudarte en algo” o “Dios que pibón, si necesitas dinero para más maquillaje u otra cosa”. 

Es un aluvión de sentimientos encontrados los que te surgen cuando te pasa esto, pero al final solo queda una palabra, objeto.

Todo esto seguido de muchos emoticonos de fuegos y 100. Lo que empezó con la típica coña, acabó en varios mensajes de sumisos financieros dispuestos a ofrecerme “donativos” para que, a mí, su diosa, no le faltase ni una gota de maquillaje. 

Es un aluvión de sentimientos encontrados los que te surgen cuando te pasa esto, pero al final solo queda una palabra, objeto.

Seguía haciendo caso omiso; les llovían los VISTOS a estos soldados de la libido caídos.  Y como si este enjambre fuese poco, otra foto que subí Twitter consiguió 104 RT Y CASI 400 LIKES, lo que no hizo otra cosa que, provocar una mayor oleada de mensajes.

El 11 de diciembre de 2019 vino acompañado de una buena resaca y lo que conlleva ello: cantidades industriales de comida basura. Pero esta vez salieron gratis. Sí, acepté, uno de mis sumisos financieros pagó 70 pavos en pizzas para todo el combo de amigos parásitos que tengo. La verdad que ese minuto de conversación con un extraño no me salió caro.

Pasaba el tiempo y seguían llegando mensajes del estilo, lo de ese 11 de diciembre fue algo puntual, casi un acto benéfico.

Hay perfiles muy variados de personas que le ofrecen su poder monetario a cambio de esa relación amo-esclava, obtener un poco de aceptación femenina o simple y llanamente atención. La mayoría comparte un mismo modus operandi, pero actúan de diferente manera:

Hay perfiles muy variados de personas que le ofrecen su poder monetario a cambio de esa relación amo-esclava,

-El Pasivo mimoso: es el oso de peluche, solo se ofrece como inversor en la empresa que es tu cuerpo, pero siempre desde el respeto. Intenta crear una relación en la que no te sientas como un objeto, te mantiene un poco en la inopia, con comentarios agradables, pero sin llegar a ser pesado. 

- El “Te la quiero meter, pero te pago primero”: heterobásico simple llevado al extremo que te sigue con una cuenta falsa y te comenta publicaciones de 2016. Es inofensivo también, pero puede llegar a ser pesado. Te ofrece dinero si ve que no le contestas. Su droga es la notificación de tu respuesta.

- El LOLero juegas una partida con ellos. T piden unos cuantos gritos de waifu y al momento se enamoran de ti (mentira, también te la quieren meter). Prueban las diferentes combinaciones con tu nombre del League of legends (LOL) en twitter, siempre con su cuenta falsa, para ofrecerte skins del juego. Si no lo consiguen te hablan directamente por el chat.

- El “Jesús Gil”: se creen capaces de comprar todo con dinero, incluso a una persona. No dudan en juzgarte si obtienen un NO por respuesta, y es entonces cuando se convierten en moralistas flamencos sacados de un cuadro del Bosco.

Podemos hablar de comportamientos. Establecer unas reglas como sociedad y pensar que deben ser asumibles por todos, pero dónde quedaría la subjetividad moral en todo esto. 

Esto no es más que la primera parte del diario normal de una chica común.

Todos estos perfiles, aunque piensan y se comportan de forma muy diferente respecto a ella, buscan una finalidad común a través del mismo medio. Si bien, es el hecho de utilizar el dinero como moneda de cambio para intentar comprar un cuerpo, en lo que estamos profundizando. Basar una relación en la cantidad de dinero que merece la atención de una persona, es algo tan sórdido y con tan poco futuro, que te planteas cosas como: “¿De verdad este tipo de seres humanos no siente la necesidad de comprensión a través de una relación saludable?” “¿Son tan poco empáticos como para no ver los efectos de su comportamiento en la otra persona?”

Esto no es más que la primera parte del diario normal de una chica común. Una historia que no define a una persona, sino a un subconjunto de la sociedad. Una introducción a esta especie de fauna donde la belleza se convierte en deseo, y el deseo en necesidad. Una necesidad que asfixia la libertad de otras personas, que mercantiliza a los seres humanos y destruye la capacidad de creer en los hombres. Miles de balas impactando en un cuerpo cada vez más vulnerable que intenta salir a flote en un pozo de auto desprecio y engaño.  

 Por lo tanto, como animales criados en el más puro individualismo, podemos hacer con nuestra libertad lo que nos plazca. Las barreras de la familia y comunidad distan mucho de esa época premoderna. No tenemos que rendir cuentas con el jefe de la comunidad o ser castigados por los pecados cometidos por nuestro padre. Como en la época de Hammurabi. Solo tenemos una función: “Conócete a ti mismo” (Inscripción del templo de Apolo), y como tal, conocer dónde termina nuestra libertad y dónde la de los demás. Esta es historia es la antesala de los estragos producidos por jugar con esta libertad. 

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