El amor romántico no siempre es algo bueno

¿Qué sentido tiene competir con la persona a la que “amamos”? ¿qué sentido tiene librar una batalla con alguien que quieres?

6 noviembre 2020 ·
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Ilustración · Logan Spector

Miremos esta situación de amor romántico. Un móvil vibra. Ari deja el estudio y se gira rápidamente. Es un Whatsapp. Piensa: “Bien, es Ale. Joder, ya era hora, ya pensaba que me clavaba el visto”. Ari lee el mensaje de Ale, pero sin abrir la aplicación, no vaya a ser que piense que lleva toda la tarde confundiendo cualquier ruido con la vibración del móvil lo cual le ha hecho estar a punto del infarto en cada WhatsApp porque Ale le encanta. Y por fin le ha contestado, el corazón le va desbocao. Entonces deja el móvil otra vez en su sitio, exactamente como estaba. “Bueno, le contesto luego”.

Dos horas antes, Ale había visto el mensaje de Ari de camino al entrenamiento, Ari le intimida por su ingenio y se achanta, no sabe qué responder, así que decide esperar hasta después del entrenamiento para contestar. En el vestuario se sienta con el móvil y escribe y borra unas 10 veces el supermegamensaje ingenioso que quiere que lea Ari, rezando para que no se conecte y vea el percal: “Ale esta escribiend…”- En línea- “Ale está escribiend…”- En línea – “Ale está escribiend…”

Ale y Ari sin saberlo están jugando. Están compitiendo. Y en la mayoría de los juegos, uno gana y otro pierde. Así somos. Partimos de la base de confeccionar una pareja empezando por el “juego de la seducción”, en el que se librará toda una lucha de egos.  Esta no cesará y se transformará manifestándose en muchos otros momentos de la relación.

El amor romántico es un tira y afloja continuo.

¿Qué sentido tiene competir con la persona a la que “amamos”? ¿qué sentido tiene librar una batalla con alguien que quieres? Efectivamente, no tiene mucho sentido, por ello se opta por dejar la emocionalidad a un lado. Porque si se sabe que el que se enamora pierde se entra en una dinámica de no enamorarse, con lo que cada uno pueda tener de esa palabra en su imaginario.

El amor romántico es un tira y afloja continuo. ¿Cómo ligar, cómo hacer que se fije en mí, le escribo? ¿Y si se lía con alguien? Un miedo continuo a “perder”. ¿Pero qué es perder? Ya no es tanto algo específico, es más bien una cuestión de actitud que contamina la forma de interactuar. Una serie de estrategias para dar, pero no mucho. Porque si das y no te dan, pierdes. Si cuidas y no te cuidan, pierdes.

Si llamas pero no te llama, pierdes. “Perder” suele ser sinónimo de ser rechazado, engañado, abandonado, y en lugar de reflexionar sobre qué nos pasa, por qué o nuestra manera de relacionarnos, preferimos tomarlo como una partida en la que o me han jodido o he jodido a alguien. Ese miedo al rechazo se transforma en un juego en el que perder es precisamente lo contrario a lo que se supone que es el objetivo “primero”, enamorarse. Y nos tiramos toda la relación (rollo o lo que sea) luchando contra nosotros mismos y contra la otra persona.

Si llamas pero no te llama, pierdes.

Pasar a la fase de enamoramiento es como pasar de pantalla. Cuando ya pasamos a una fase más intensa, de enamoramiento, aún sabiéndolo, nos topamos con el amor romántico. Este del que tanto hemos leído sí. Y entonces el juego pasa a ser diferente. Pero el miedo a perder sigue estando ahí.

El amor romántico es un pacto que tiene ciertas condiciones para así no perder, una especie de rendición. Y es entonces cuando la otra persona, o tú misma dices: Yo solo te quiero a ti, no quiero estar con otras personas, solo tengo ojos para ti. Y en algún momento una parte de ti respira aliviada, aunque sea un microsegundo. Porque bajo estas condiciones es mucho menos probable “perder”.

El verdadero problema es que muchas de esas concesiones (eres para mí, no quiero a nadie más, solo pienso en ti, me tienes pillado, etc.) no son del todo ciertas o generan maneras de funcionar basadas en el miedo o la inseguridad (celos, infidelidades, ocultaciones).

Ver el amor como una batalla o una competición es un error gravísimo.

Pero como son las que conocemos y tenemos estipuladas y es lo que se supone que debe de ser, preferimos ceñirnos a estas y comportarnos en consecuencia. Y estas son las bases sobre las que se asienta el juego del amor en pareja, en el que cada día es una competición por ver quién se salta antes estas reglas establecidas, por lo que la tensión y el miedo se adueñan del juego.

Tenemos unas gafas de mirar las relaciones que no nos dejan siquiera ver lo incoherente que puede llegar a ser el asunto. Y eso que cada vez se habla más de ello. Ver el amor como una batalla o una competición es un error gravísimo. Sobre todo un juego tan macabro en el que el que se enamora es el que pierde.

Si tuviésemos otra manera de ver las relaciones o al menos dejásemos a un lado el juego, la competición, la partida, quizás nos sentiríamos menos culpables por sentir, más seguros de nosotros mismos, menos dependientes de los demás, etc. Somos seres humanos, necesitamos de los demás, esta vulnerabilidad no debería verse como algo negativo, sino como algo natural y en lugar de luchar contra ello quizás deberíamos centrarnos en aprender a querer a las personas que nos rodean.

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