Vox apunta, la calle dispara: Vox y la violencia colectiva

Vox es cómplice de la violencia colectiva

13 enero 2020 ·
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¿Cómo construye Vox el discurso legitimador de la violencia colectiva? Misoginia, racismo y homofobia son tres características básicas de la intolerancia de Vox. Pero, ¿es responsable Vox de la violencia que se ejerce contra los que ha señalado? La respuesta es sí. Vox apunta y la calle dispara.

El odio y la violencia son fenómenos sociales sustentados en dinámicas de poder. El ejercicio de la violencia requiere de poder, y éste atraviesa todas las capas sociales. Por lo cual, el ejercicio de la violencia estará dirigido por los poderosos contra los que se encuentran en la base de la escala social. Esto puede verse reflejado de forma institucionalizada a través de políticas de odio – persecución de judíos, homosexuales e izquierdistas por la Alemania nazi, políticas contra la inmigración de Donald Trump – o en el seno de la sociedad civil de manera individual u organizada – delitos de odio y actividades terroristas –.

La violencia y el odio son los ingredientes perfectos para dar lugar a episodios de violencia colectiva, la cual está organizada estratégicamente, es intencional y posee una raíz política. En ella los victimarios deshumanizan a las víctimas bajo la base de la intolerancia política, ideológica o religiosa. Por ende, el ejercicio de esta violencia no es fruto de la locura, persigue fines políticos.

Vox apunta y dispara: Son responsables de la violencia ejercida por su discurso.

Esta forma de violencia está cargada de un odio movilizador por el cual el ejercicio de la fuerza física es legítimo para los victimarios. Violencia que es diseñada por un grupo en base a la intolerancia y cuyas víctimas deben situarse en posición de debilidad para el ejercicio efectivo de la violencia sin resistencias. Aquí, el partido de Abascal juega un papel fundamental. Vox apunta y el odio dispara. Colocan a los inmigrantes en la diana a través de su señalamiento, para que el resto de la sociedad también les señale con el dedo del odio, en una pelea del penúltimo contra el último.

Una violencia colectiva que discurre en periodos de visibilidad y latencia. La primera es la violencia propiamente dicha, en una fase de visibilidad de dicha violencia de verdugos contra víctimas, la segunda es donde se aprenden estos modelos que promueven la violencia y los elementos legitimadores de la misma hasta la reactivación de los deseos de violencia. La extrema derecha ha permanecido desde los años ochenta en un periodo de latencia, la cual se ha reactivado en los últimos años, entre otros por la emergencia de Vox.

Violencia que es propiamente masculina, ya que, como demuestran las investigaciones empíricas, la mayor parte de los verdugos son varones jóvenes. Una mayor incipiencia masculina en el ejercicio de la violencia que responde a una serie de prácticas culturales patriarcales por las cuales se dota a los hombres, desde su proceso de socialización en la infancia, de las herramientas de comportamiento acordes a su género adscrito, las cuales ponen en serio riesgo a la sociedad en conjunto. Recordemos que más de dos tercios de los votantes de Vox son hombres.

Vox apunta y la calle dispara: quieren poner a pelear al penúltimo contra el último de la escala social.

El auge de Vox responde a un hastío y decepción con los partidos políticos tradicionales, como el Partido Popular, unos medios de comunicación que han dado excesivo espacio a los discursos de odio de los dirigentes de formaciones ultraderechistas y la crisis económica de 2007, que todavía continúa dejando secuelas en las clases populares. A lo que hay que añadir el conflicto político en Cataluña y el discurso anti-inmigración. Esto ha llevado a que la agenda política española se haya ido radicalizando hasta posiciones posfascistas. Vox ha sabido capitanear dicho discurso, representando un caso de violencia institucional organizada. Una violencia colectiva verbalizada, la cual es difundida a través de los medios de comunicación tradicionales y no tradicionales, cuyo discurso de odio lleva a la violencia física.

Vox apunta y la calle dispara. El discurso de odio realizado contra los Menores Extranjeros No Acompañados por parte de la formación ultraderechista ha llevado a agresiones contra estos menores por parte de neonazis, hasta el hecho de hundir el cráneo a un menor de 17 años en Zaragoza el pasado mes de noviembre. Así como el atentado con granada a un centro de menores en Hortaleza o la bomba simulada en otro de Murcia. Además del incremento de ataques racistas y homófobos en correlación al auge de este partido y sus discursos de odio contra el colectivo LGTBI, y los boicots a minutos de silencio por asesinatos machistas.

Vox hace de altavoz legitimador de una violencia física realizada por sus lacayos, los cuales ven la agresión como legítima y necesaria para la consecución de sus objetivos. Cuidémonos, también, del odio inoculado contra el futuro Gobierno de coalición, donde militantes de Vox hablan hasta de fusilar. Los fantasmas del miedo aún deambulan por nuestras calles.

El partido de Abascal ha creado un clima de tensión que ha llevado a que hundan el cráneo a un menor de 17 años.

Para que esta violencia prospere, debe contar con el apoyo de una base social sólida. Vox cuenta con el respaldo de más de 3 millones y medio de personas. Estas son responsables de lo que han votado y, por consiguiente, responsables de lo que Vox impulse. Una base social otorga legitimidad a los actos, por muy crueles que estos sean. Un hecho que ya se ha dado a lo largo de la historia, como en la consolidación del franquismo bajo un amplio respaldo social, el apoyo social a la difunta ETA o de forma análoga al Estado Islámico en zonas de Irak y Siria. No hay ideas que prosperen, ni por un segundo, sin una base social que las respalde.

Por ello, es de urgencia llevar a cabo medidas contundentes contra aquellas formas institucionalizadas de violencia colectiva, como es Vox. Donde, con el uso del discurso, inoculan dosis de racismo, homofobia y machismo entre la población, en la que se está produciendo un preocupante incremento cuantitativo de esta forma de violencia. Por consiguiente, se requiere un cordón sanitario por parte del resto de formaciones políticas, así como un cordón mediático que evite la difusión de los discursos de odio en prime time. Además de una respuesta contundente de la sociedad civil en defensa de la pluralidad y la diversidad, los derechos humanos y la igualdad, como ya se está dando con las recientes marchas y manifestaciones del movimiento feminista.

El movimiento feminista constituye, a día de hoy, el principal dique de contención a la propagación masiva de odio.

Para hacer de cortafuegos a la violencia colectiva – en España y fuera de ella – los discursos de odio que conducen al estigma deben ser censurados. Como las de aquellos partidos políticos xenófobos que impregnan de odio la agenda política. Para ello, debe haber una respuesta común al odio. Y al auge de la extrema derecha que ello conlleva. Además, en este aspecto, los medios de comunicación tienen la tarea fundamental de ser responsables en evitar la propagación del odio y de las fake news que se difunden por las redes. La gente tiene en su mano la llave para frenar el odio. Para no ceder ante él. Y para plantar cara con valor a los trogloditas que pretenden hacernos regresar a las cavernas. Ni un paso atrás.

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