Por qué no debemos olvidar los atentados del 11M, 16 años después

Tres minutos de barbarie: 16 años de una de las mayores matanzas terroristas de la historia de Europa Acababa de amanecer. Era jueves, 11...

11 marzo 2020 ·
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Tres minutos de barbarie: 16 años de una de las mayores matanzas terroristas de la historia de Europa

Acababa de amanecer. Era jueves, 11 de marzo de 2004. Madrid despertaba en una mañana de invierno. Era día laboral, por lo que las carreteras estaban llenas de coches y los transportes públicos repletos de gente. Como sardinas en lata. A las 7:36 de la mañana, se daría comienzo, en apenas tres minutos de reloj, a la mayor masacre yihadista de la historia de Europa. Tres minutos de barbarie. Suficientes para paralizar la capital en el jueves más negro de su historia. Mujeres, hombres, niñas y niños se dirigían a sus colegios, universidades y trabajos. Ajenos a todo odio, ajenos a todo conflicto geopolítico o religioso, se vieron inmiscuidos, por el azar de la historia, en medio de una ferviente lluvia de metralla.

Cuatro trenes fueron los objetivos en cuatro puntos diferentes de Madrid en lo que las Brigadas de Abu Hafs al Masri de Al Qaeda denominaron como Operación Trenes de la Muerte. Atocha, la estación ferroviaria más importante de España; las vías a la altura de la calle Téllez, a 500 metros de la entrada de Atocha; y dos estaciones más en el barrio de Vallecas: Santa Eugenia y El Pozo. La guerra que unos llevaron a Irak, otros la trajeron a nuestras calles. Unos ponen las bombas, pero nosotros ponemos los muertos.

193 almas fueron arrasadas por las llamas del odio.

Madrid se hundió en el caos y el desconcierto. Tres minutos de barbarie dieron paso a decenas de horas de tragedia. Taxis y vehículos privados llevando heridos a los hospitales, miles de personas donando sangre y cientos de teléfonos móviles sonando entre los cadáveres. Aquel fatídico día morirían 192 inocentes y resultarían heridas alrededor de 2.000 personas. Al día siguiente, la lluvia se hizo presente en las calles de Madrid, donde millones de voces al unísono exclamaban que no estaba lloviendo, que Madrid estaba llorando.

Pero la matanza no acabaría ahí. El 3 de abril de 2004, ni un mes después del atentado, la mayor parte de la célula del 11-M saltará por los aires en un piso de Leganés, cuando los GEO se disponían a realizar el asalto. La explosión se llevará a un policía por delante. La víctima número 193.

Todos sabemos qué hacíamos aquel 11 de marzo. Recuerdo como, con apenas 8 años, iba al colegio aquel día. Recuerdo ir de camino y ver decenas de SAMUR, policía y camiones de bomberos yendo en dirección a Santa Eugenia. Me encontraba a apenas un kilómetro de la estación. Era difícil no conocer a alguien que hubiera escuchado alguna de las explosiones. Pocos días después de la masacre, junto a mis padres y mi hermano, caminaba por la estación de El Pozo. Todavía se encontraban por las inmediaciones restos de mochilas, bolsos y accesorios que habían volado cientos de metros. Y en aquel pequeño paso subterráneo, que atraviesa las vías de El Pozo de un lado al otro, se levantaba un enorme memorial improvisado de velas, flores y lágrimas.

El pueblo de Madrid demostró estar a la altura en el día más negro de su historia.

Los autores materiales e intelectuales acabaron en su mayoría hechos trizas en Leganés. Otros en la cárcel. Y otros acabarían huyendo e inmolándose en atentados suicidas en Irak. Los culpables pusieron las bombas, pero las responsabilidades fueron más allá. El Gobierno del PP nos llevó a una guerra que, entre otros, trajo un atentado, tras el cual se trató de ocultar la autoría islamista para no verse perjudicado en los comicios electorales que se celebraban apenas tres días después. Esperaban tres días de mentiras para ganar unas elecciones, pero sus mentiras se convirtieron en su epitafio.

El pueblo de Madrid – y no solo de Madrid – demostró con valor estar a la altura en uno de los días más negros de su historia. La solidaridad rebosante y la fraternidad plena. Donando sangre en masa. Sacando gente de los vagones. A grito de pulmón y sin terror alguno. Los servicios de emergencias y cuerpos de seguridad demostraron la dignidad de su servicio público.

En un mundo donde el odio está latente, tanto en forma de fundamentalismo religioso como cualquier otro, aún deambulan los fantasmas del miedo. En un estado en el que el miedo recorre todos los cuerpos, miles de personas, codo con codo, ayudaron a salvar cientos de vidas. Un pueblo que plantó cara al terror. Un pueblo que nunca será esclavo del miedo.

Aquel 11 de marzo, el odio nos arrebató 193 vidas inocentes en apenas tres minutos de barbarie. 193 amigas y amigos, novias y novios, hermanas y hermanos, madres y padres, abuelas y abuelos. 193 seres humanos con sueños e ilusiones, que, ajenos a todo mal, se convirtieron en los recuerdos del mañana. Para muchos, todos los días son 11 de marzo.

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