¿Qué está pasando en Chile?

Podría ser que hayan visto un corto pasaje en la sección de un diario o, quizás, un texto de Twitter que recite los conflictos...

30 octubre 2019 ·
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Podría ser que hayan visto un corto pasaje en la sección de un diario o, quizás, un texto de Twitter que recite los conflictos sociopolíticos que ocurren en Chile hoy en día.

Pero, ¿qué es exactamente lo que está pasando aquí? Y es que, no es únicamente por temas geográficos, últimamente Chile sí se siente como el fin del mundo. El problema que reside en el país de quienes le escriben se viene arrastrando de hacía décadas y, lamentablemente, se encuentra hoy incrustado profundamente en el núcleo de nuestra tierra.

Pero, si el problema viene desde hace tanto, ¿qué pasó ahora? La respuesta es simple, y me tomaré la libertad de usar la clásica metáfora del vaso de agua. Sí, ese que estaba lleno y una pequeña gota lo rebalsó. Esta gota fue un alza de 30 pesos chilenos (0,037 euros) al precio del metro de Santiago, dejando el precio de cada viaje rondando los 830 pesos (unos 1,04) en horario punta. Esta tarifa no sería menor teniendo en cuenta que el salario mínimo acá es de 301.000 pesos (373,66 euros aproximadamente).

En respuesta a esto, varias personas comenzaron a movilizarse para demostrar su descontento,

organizando una serie de evasiones masivas al transporte público. Este grupo fue conformado, al principio, por escolares. Y para reducir esta situación, fuerzas policiales entraron a las estaciones de metro, actuando con la excesiva violencia y abuso que es ya usual en las manifestaciones del país.

Lo que comenzó como una manifestación en contra de dicha alza en el transporte daría cuenta de un sinnúmero de problemas que llevan desarrollándose en el país, y que los distintos gobiernos de turno no resolvieron. Educación de mala calidad, y una de las más costosas en el mundo; precariedad en el sistema laboral (una jornada de 45 horas semanales que ahora fueron reducidas a 40 y el ya mencionado sueldo mínimo), un sistema de salud público que no da abasto y que es indigno para aquellos que deban a acceder a este, un sistema de pensiones que está en crisis desde su imposición, una constitución promulgada en dictadura, y la lista podría seguir.

Todas estas son situaciones que hemos presenciado a lo largo de los años en nuestro país. Situaciones que distintos gobiernos han intentado esconder bajo la alfombra mediante números que datan de una supuesta economía en crecimiento y altos niveles de calidad de vida. Y es que todo se transformó en una especie de boca a boca que la gente finalmente fue creyendo a nivel masivo.

El ambiente de una “economía poderosa” conllevó a que Chile fuese popularmente denominado como el “jaguar de Latinoamérica”.

Y este sucio concepto data de los años 90, cuando el diario local El Mercurio —medio comúnmente criticado por su aberrante apoyo a la dictadura y defensa a la elite chilena— lo usó por primera vez.

Tal concepto continúa aún al día de hoy y viene perfecto para hablar de la crisis que hoy yace en nuestras tierras. Se le hizo llamar “jaguar” a Chile como comparación de la economía chilena con los llamados "tigres asiáticos" (Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong). Y es que, efectivamente, durante esos tiempos Chile veía un crecimiento económico que iba en torno al 6%.

Sin embargo, este era un crecimiento manchado de una sucia desigualdad. Y es que, si mi amigo tiene dos dólares y yo no tengo nada, ¿cuál es el promedio? La respuesta es uno por persona. Y los gobiernos y medios nacionales se han esforzado estas últimas décadas para hacerle creer a nuestro pueblo la existencia de ese miserable y falso “uno por persona”. A pesar de esto, la gente ya no confía en esta mentira.

Y es que nunca fuimos jaguares. Desde el “término” de la dictadura.

La reconstrucción de un país destruido no se enfocó en hacer menos desigual una sociedad que ya estaba fragmentada. Sino que siguió los patrones neoliberales que se habían instaurado en el país. Gran parte de recursos y servicios están en manos de privados: el agua, la electricidad y la mayor parte del sistema educacional y de salud se ven asegurados dentro de esta lógica.

Lo que pasa a día de hoy en Chile es la respuesta a años de desigualdad y nula acción de la esfera política. Esto es lo que hemos visto esta última semana, la exigencia de derechos básicos para la gente, la reconfiguración de un sistema gestado en dictadura. Todo esto al son de manifestaciones y cacerolazos en distintos puntos estratégicos del país y barrios enteros protestando desde su cotidianidad.

El accionar del gobierno y de las fuerzas de orden público ha sido hasta la fecha inauditos. “Estamos en guerra”, era la declaración del presidente Sebastián Piñera al momento de mandar a los militares a las calles. Desde esa frase de guerra a su propia gente, hemos sido testigos de muertes, detenciones arbitrarias, torturas (hasta una de las estaciones de metro fue utilizado como centro de tortura), desapariciones y abusos sexuales de parte de carabineros y el ejército.

Mientras tanto, toda esta información ha sido pasada por alto en los medios tradicionales.

Y es que, lamentablemente, nos hemos tenido que informar gracias al boca a boca y redes sociales. Realmente, las postales de violencia y abuso han sido terribles. Todo esto, además, se añade al deseo de nuestras fuerzas policiales y militares de que el ojo del huracán se centre en la población y no ellos.

Desde incendios intencionales en supermercados a carabineros de civiles generando disturbios en las calles. Todo esto ha sido información que, poco a poco, la misma población ha podido develar y compartir. Realmente los medios de comunicación han abandonado a su propia población. ¿Por qué lo hacen? Pues porque sus dueños conforman el 1% más rico de Chile.

Este mismo 1% es el que nos está gobernando. Y es que Sebastián Piñera, nuestro presidente, no es más que un empresario multimillonario que poco o nada conoce de su mismo pueblo. Un pueblo que, durante décadas, vivió en silencio; recibiendo golpes y acumulando heridas hasta el punto en que decidió poner fin a esta historia.

Hoy, la revolución llegó a Chile. Y los invitamos cordialmente a preocuparse de ella.

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