Analizamos la entrevista de Jordi Wild a Arturo Pérez-Reverte

Algunos apuntes a la carrera en torno al podcast de Arturo Pérez-Reverte con Jordi Wild

4 abril 2022 ·
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El algoritmo de YouTube no deja de sorprenderme. Me disponía esta mañana a doblar la ropa de la colada —ya seca— y a proseguir con mis tareas domésticas. Cuando he abierto inconscientemente YouTube y me he encontrado como primera opción recomendada la entrevista de más de dos horas de Jordi Wild a Arturo Pérez-Reverte. Para cuando me he querido dar cuenta, había mordido el anzuelo. Quizás se debiese a un lapsus mental mío o a un extraño masoquismo morboso, no lo tengo muy claro.

Sea como fuere, el caso es que al poco estaba, con mis cascos, escuchando conversar a estos dos sapientísimos seres mientras doblaba cuidadosamente la ropa sobre mi cama para luego introducirla ordenadamente en las baldas del armario. No pude, en cambio, aguantar hasta al final del podcast, interpelado como estaba por aquellas conmovedoras declaraciones y, especialmente, por un extraño tufillo que parecía haber impregnado, no solo mis fosas nasales, sino también mi habitación, mis camisas (algunas todavía arrugadas) y las paredes de mi cuarto. Todo ello me movió, sobre todo aquel tufillo inefable, a la escritura de esta serie de breves reflexiones o apuntes a la carrera, seguramente estúpidos e innecesarios. 

Empecemos, justamente, por la estupidez. Una de las sentencias que quedaron resonando en mi cabeza y taladrándome el cerebro. Como una alarma de coche que no para de pitar. Fue la siguiente afirmación del académico de la RAE Arturo Pérez-Reverte (a cuyos títulos y distinciones hay que sumar la Medalla de la Academia de Marina Francesa o la Gran Cruz del Mérito Naval de España, entre otros muchos):

“Con la edad, lo que más desprecio es la estupidez. Antes creía que los malos eran lo peor. No, lo peor es el estúpido”.

Me he encontrado como primera opción recomendada la entrevista de más de dos horas de Jordi Wild a Arturo Pérez-Reverte.

Un vistazo rápido al Diccionario de la RAE —ese que el señor Reverte defiende a capa y espada, también con pistola, según dicen las malas lenguas—, nos sirve para encontrar la definición normativa de este término: “Torpeza notable en comprender las cosas”. Pienso ahora que, dado que la estupidez es esa deficiencia a la hora de comprender los asuntos verdaderamente importantes del universo, quizás lo más honesto y cauto sea reconocerme sin temor alguno como estúpido.

Y no solo por mi torpeza, desliz o injustificable acto de desatender en gran parte las sabias palabras de ambos caballeros (hablo de Jordi y Arturo, por supuesto) mientras doblaba la ropa, sino por la dificultad a la hora de comprender aquellos aforismos con los que el señor Reverte se adentra en los debates más profundos de la naturaleza humana, quien lo hace con el mismo vigor que el mozo que trocea la frondosa vegetación de la selva o el espadachín que hunde la espada diestramente contra el pecho sus adversarios: sin pausa, sin piedad, sin duda alguna. Mas, no me malinterpretéis ni dudéis en ningún momento: la estupidez es mía y solo mía. Mía y solo mía, repito. Cualquier tropiezo que venga a partir de ahora atribuídmelo a mí, a esa estupidez, la mía.

Lejos de aquella definición de la estupidez vinculada a la maleficencia que propone la RAE (en tanto que “torpeza notable”), para Pérez-Reverte la estupidez tiene más que ver con una cierta “ignorancia voluntaria”, como él la llama. Una primera brisa de ese tufillo misterioso recorre la habitación. Ahondando en este posicionamiento, poco a poco, sus declaraciones se precipitan vertiginosamente altivas y huracanadas.

Una primera brisa de ese tufillo misterioso recorre la habitación.

Me sorprende, desde mi estupidez, escuchar lo siguiente: “Cuando alguien era analfabeto hace cien años era porque a veces no había tenido la suerte de tener dinero ni nadie que lo educara […] Hoy día, el que es analfabeto es porque quiere serlo, el que es ignorante es porque no quiere saber”. De nuevo, una oleada de ese oloroso y denso aire retorna a mis narices. Reverte explica con clarividencia que en los smartphones caben más de tres mil años de progreso, de filosofía y literatura y arguye que no hay razón alguna (más allá de una decisión voluntaria) para ignorar o desconocer algo en la actualidad: “ya no hay ninguna justificación”, afirma categóricamente y sonríe.

¡Qué gran sabio! Poco más que decir, poco más que aclarar: no querer cultivarse intelectualmente solo sería (poco a poco voy entendiendo a donde se dirige Arturo) resultado de una decisión individual y firme; con lo que el culpable de no ser conocedor del legado de la literatura medieval o de las sublimes pinturas románticas es siempre el sujeto, el individuo medio o consumidor cultural contemporáneo. 

Sin embargo, me cuestiono, desde mi estupidez (no quepa duda de esto en ningún momento) si verdaderamente todas las personas disponen de un teléfono inteligente o una Tablet, como afirma Arturo. Incluso me pregunto, ignorante de mí, si el hecho de disponer de un artefacto o dispositivo tecnológico que contiene todo el saber implica que tu falta de interés o ignorancia será siempre una decisión personal deleznable.

¿No dedicarse durante tardes enteras a leer a Kant ni acercarse a ver la belleza de los cuadros Courbet, sería así culpa de quien rehúye estas elevadas labores del alma? Imagino que sí. Y es que al final, como se preguntaba Antonio Muñoz Molina en una crítica sobre la película Roma (tomo la referencia del magnífico libro de Pablo Caldera El fracaso de lo bello), ¿quién no tiene tiempo para sumergirse durante días o semanas en una novela y formarse en un juicio reflexivo sobre ella, ni dedicar 10 minutos a mirar un cuadro? 

Una afirmación de Pérez-Reverte me para súbitamente el corazón: “Hemos cambiado la razón por los sentimientos”

Mientras acabo de doblar las chaquetas y jerséis, que guardo en la parte de arriba del armario, una afirmación de Pérez-Reverte me para súbitamente el corazón: “Hemos cambiado la razón por los sentimientos”. Pausa. Silencio. Se sonríe y añade al poco: “Lo que sientes me importa una mierda. Porque si eres tonto, lo que sientes me importa un carajo. Razónamelo. Y ahí es donde falla el planteamiento. No se razona, se siente”. Cuánta sutileza Arturo, cuánta razón. Empiezo a comprender cada vez más sobre el ser humano, sobre el mundo, iluminado por las tesis de nuestra eminencia de la lengua. Por desgracia, el tufillo, que persiste, ha bajado por mi garganta hasta instaurarse en mi intestino, provocándome un intenso ardor de estómago. Seré estúpido, debo de haberme dejado algún alimento por la habitación desprendiendo este olor apestoso.

Ante esta desagradable sensación, echo un vistazo a la pantalla del móvil mientras dejo, por un rato, de doblar camisetas (ya me queda menos) y observo la escena: sobre la mesa, los funkopops de Jordi Wild parecen afirmar con la cabeza todo lo que dice Pérez-Reverte. No les falta razón. También me fijo en ambos, interlocutor y entrevistador, en su gesticulación y en su manera de expresarse: el uno como un superhéroe de Marvel; el otro como el mismísimo capitán Alatriste. Quién pudiera asemejarse a ellos, ya no en su intelecto —que también—, sino sobre todo en su gran porte, en su forma de ocupar el espacio, de empatizar con el otro, de desplegar cada uno sus gestos y argumentos minuciosos y perspicaces, en su templanza…

El señor Reverte insinúa un romance con Emmanuelle Seigner e insiste en su belleza física.

Continúo doblando ropa y la conversación se desvía por algunos derroteros imprevistos: el señor Reverte insinúa un romance con Emmanuelle Seigner e insiste en su belleza física (en repetidas ocasiones y con esa sonrisilla pícara tan suya), también habla de sus experiencias bélicas y, por supuesto, de su afilada y precisa herramienta de trabajo, el lenguaje.

Cabe escuchar sus palabras con atención. Más si somos conscientes de que, figuras como la de Arturo Pérez Reverte, académico de la RAE, deciden la deriva que toma el lenguaje. Indican cómo se debe escribir y qué no se debe decir (en tanto que prescriptores de la palabra y sus usos). Más si somos conscientes de las infinitas posibilidades de ‘hacer cosas con palabras’. De la relevancia vital de nombrar los objetos, las personas y las relaciones con una dirección, sentido y compromiso político. Y es que, tengo entendido, poco se discute hoy en día la idea de que tanto el devenir del sujeto y el mundo influye de forma clara en el empleo de la lengua, oral y escrita, como también, por otra parte, que las propias palabras animan, resignifican e incluso crean realidades —muy ingenuo sería, creo, pensar lo contrario—. 

Introduciéndose en el pantanoso tema del lenguaje inclusivo, machete en mano, Pérez-Reverte afirma para mi sorpresa: “la lengua es una herramienta […] Mi herramienta laboral es el lenguaje. Necesito que mi lenguaje, que mi herramienta laboral […] sea perfecto, para expresarme bien, con eficacia. Necesito ser eficaz, contar mis historias con eficacia”.

Introduciéndose en el pantanoso tema del lenguaje inclusivo, machete en mano

Aquí el argumento que está en juego es el de la eficacia. La economía del lenguaje, parece ser. “Yo no puedo transformar el lenguaje para agradar a una lectura política del lenguaje”. A lo que añade: “hay unas reglas básicas”. Apelando al carácter sagrado de la normatividad de la lengua que no podría en ningún caso corromperse o prostituirse para imponer una forma de hablar, mirar y sentir el mundo posicionada.

Posteriormente, el erudito Reverte confirma la situación de represión de la mujer desde hace siglos por parte de los hombres. Así como su voluntad de formar parte, de la manera que él pueda, de la lucha contra esa causa injusta: “si yo tengo una hija”, agrega honesta y agudamente. ¿Cómo podría el señor Reverte poner impedimentos al combate contra el machismo? Sin embargo, cauteloso como es, hace una diferenciación explícita con el lenguaje: “eso es otra cosa”. Al tiempo que asume que se burla sin escrúpulos de quienes (en concreto “las feministas”) defienden un uso político del lenguaje. 

Pero, ¿acaso hay otro uso de la lengua que no sea político. Que no moldee las palabras y, por tanto, trate de modelar el mundo? Me pregunto yo, ignorante, estúpido, idiota. No dudo, en cambio, ni por un momento, que Pérez-Reverte es buen conocedor de las teorías performativas del lenguaje. Sin embargo, insiste: “son dos cosas distintas”. Refiriéndose al mundo y sus injusticias, por un lado, y al lenguaje y su sentido crítico y creativo, por otro. Como si hablase de dos senderos bien diferenciados, necesariamente paralelos. Jamás contaminados o entrelazados.

Quizás, pienso, estúpido como soy y seré, no se trate de burlarse de nadie. Ni de separar la dimensión social, política y operativa de lenguaje (su agencia, su capacidad para subvertir el mundo, (re)crearlo y ‘hacer justicia’) de su confección, regulación y cuidado: su atención empática y simpática. 

He aprendido de un gran maestro, caballero y erudito: Arturo Pérez-Reverte.

Acabado el podcast, dejo el móvil y los cascos sobre la cama. Ya despejada de ropa. Y me tumbo durante un rato. Cierro los ojos. Ese extraño tufo, similar al que Reverte describe en el podcast hablando de su experiencia en la guerra (“un olor a putrefacción”, “a plástico quemado”) hace irrespirable el aire de la habitación. Siento náuseas. Al agacharme a recoger un calcetín que se me ha quedado en el suelo, sube desde el estómago una masa líquida que expulso a pesar de mis esfuerzos por mantenerla en el estómago. Estoy varios minutos vomitando hasta que por fin paro y me levantó con el cuerpo hecho mierda y con la sensación de ser un total y completo estúpido.

Al menos, pienso, he aprendido de un gran maestro, caballero y erudito: Arturo Pérez-Reverte. Una pena que no le leáis a él y me estéis leyendo a mí, idiota e ignorante como soy. Una pena, como digo, que hayáis perdido el tiempo deambulando entre estos derroteros desafortunados y indigestibles: las reflexiones de un estúpido despreciable.

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