Fui a un mitin de Ciudadanos en Castellón a probar las nuevas naranjas valencianas.

El ascenso en las encuestas de Ciudadanos coincide en el tiempo con la explosión del Procés en Cataluña. Aprovechando la vista de Albert Rivera...

16 mayo 2018 ·
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El ascenso en las encuestas de Ciudadanos coincide en el tiempo con la explosión del Procés en Cataluña.

Aprovechando la vista de Albert Rivera a Castellón, voy a ver con mis propios ojos en qué consiste el fenómeno naranja.

Tengo un amigo de Ciudadanos. Siempre me ha dicho que la opinión general que existe sobre el partido naranja esta deformada. Y que a ello han colaborado los diversos medios de comunicación. Dando una visión parcial de lo que es el partido y, según mi amigo, nada beneficiosa.

Puedo comprarle el argumento de que la imagen reflejada en los medios pueda ser parcial, pero para nada que haya sido perjudicial. Es constante ver a la formación de Rivera abriendo las portadas de los periódicos. Y la mayor parte de veces con noticias halagüeñas o poco incisivas con sus políticas y propuestas. En especial en la prensa en papel. Ahí está el ejemplo de las irregularidades del partido en su contabilidad denunciadas por el Tribunal de Cuentas. La noticia entró por un oído de la opinión pública y salió por el otro.

Sin embargo, he decido darle un voto de confianza al argumento de mi amigo. Y aprovechando que Albert Rivera viene por Castellón para uno de sus “Encuentros Ciudadanos”, voy a ver con mis propios ojos en qué consiste el fenómeno naranja.

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Aprovechando que Albert Rivera viene por Castellón para uno de sus “Encuentros Ciudadanos”, voy a ver con mis propios ojos en qué consiste el fenómeno naranja.

El acto tenía lugar en el Hotel Luz de Castellón. Situado enfrente de la estación de tren. Se trata de un establecimiento de cuatro estrellas en el que se suele alojar la gente bien. Estúpidamente me sorprendo por la larga fila que espera ante las puertas del hotel. Inocente de mí, no esperaba mucha gente. Pero, claro, esto era un acto oficial de la cuarta formación política en el Congreso de los Diputados. De la formación ganadora de las últimas elecciones catalanas. Y, sobre todo, del partido que, según varias de las últimas encuestas lanzadas en medios de comunicación, podría ganar las próximas elecciones generales. Que previsiblemente se celebraran a finales de 2019. Claro que había gente.

El hype empezó con la victoria de Arrimadas en las elecciones catalanas. Se trata de un pequeño hito para la derecha española en general y para la naranja en particular. Ya que es el primer partido no nacionalista (catalanista, of course) que gana unas elecciones en votos y escaños en esta comunidad. Tras esto, el partido de Rivera comenzó a subir como la espuma. Los sondeos más optimistas, como los de Metroscopia, le dan la primera posición si las elecciones generales se celebraran hoy. El primero de ellos, publicado en enero por El País, les otorgaba un 27,1% de votos. A 3,9 puntos porcentuales de la segunda formación, el PP. El último, este de marzo, les situaba ya en 28,9% de intención de voto. Similares resultados publicaba El Confidencial.

Se trataba de un acto del partido que podría ganar las próximas elecciones generales.

Menos optimista es el barómetro del CIS. Publicado en febrero, deja  a la formación de Rivera en la tercera posición. Con un 20,7% de intención de voto. Sin embargo, era el partido que experimentaba una mayor subida respecto al anterior barómetro. Publicado en octubre, antes de las elecciones catalanas. Tres puntos porcentuales más y escalada a la cuarta posición, adelantando por la derecha a Unidos Podemos. Por último, las encuestas de Celes-Tel previas al 21-D situaban a la formación naranja a la misma altura que UP. En un empate técnico con 17,5% de intención de voto. Sin embargo, la última de ellas, de marzo de este año, consolidaba a Ciudadanos en la tercera posición. A menos de un punto del PSOE, segundos.

Sea cual sea el resultado, todos los sondeos coinciden en dos cosas: en que Ciudadanos ha sobrepasado a Unidos Podemos y en que su ascenso, potenciado (aunque no iniciado) por su victoria el día 21 en Cataluña, es constante. La euforia en el partido es palpable. Muchos votantes se ven ganadores. “Diez millones deberíamos ser” me dice un simpatizante. Estábamos en la última fila de la desbordada sala del hotel habilitada para Rivera y los suyos cuando le hago notar la de gente que hay. Al responderle que aún andan lejos de esas cifras me remite a las encuestas. “Mira los sondeos. Quizá no estemos tan lejos” me responde y se da la vuelta, con cara de haber olido a rojo.

 Cuando le digo que soy de Ávila prácticamente me felicita. “Castilla la Vieja”, me dice, “allí sois castizos".

Doy unas cuantas vueltas por el hotel. Bufandas naranjas. Camisetas por la equiparación salarial de los maderos con las policías autonómicas. Y mucha, mucha gente joven.

Hablo con uno de ellos. Cuando le digo que soy de Ávila prácticamente me felicita. “Castilla la Vieja”, me dice, “allí sois castizos. Me gusta lo castizo”. Ante mi cara de sorpresa, intenta matizar la afirmación. Pero no entiendo muy bien lo que me quiere decir. Deduzco que identifica lo castizo con el chorizo, el frío, y las novelas de Delibes. Pero no ha sido el mejor modo de presentarse. El resto de la conversación tampoco me ayuda a apartar mis prejuicios de la mente. Admite que contar con dos lenguas, como en la Comunidad Valencia, es culturalmente rico. Pero en seguida pasa al sectarismo y nacionalismo que campan a sus anchas por la comunidad.

Recurre al tópico de que, si hablas castellano, te miran mal. Y ataca al gobierno del PSPV y Compromís que dirige la comunidad. “En 9 o 10 años podría haber un referéndum como en Cataluña” me asegura. Sin embargo, en el tiempo que llevo residiendo en Castellón, nunca he visto nada de esto. Hablo castellano sin recriminación alguna. Y la gente que conozco, en su mayoría de izquierdas, sudan de referendos y de sentimientos nacionalistas.

Respecto al estigma que, según me cuenta, supone ser afiliado o simpatizante de Ciudadanos en la Comunidad Valenciana, no puedo asegurar nada. Ya que no soy simpatizante ni conozco a muchos. Pero el clima de intolerancia e incomprensión que me dibuja me resulta lejano y poco congruente con lo que he visto en Castellón.

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La ovación que se desata cuando Rivera hace aparición en el escenario es brutal. Gritos de presidente y manos rojas por los aplausos.

La conversación con este chaval sirve de perfecto preludio a las intervenciones que se suceden en el encuentro. El primero en hablar es Vicente Vidal, su portavoz en el Ayuntamiento de la ciudad. La distancia, el bajo volumen del micrófono y los niños tocapelotas de la última fila (padres que lleváis a niños a mítines políticos: ¿por qué?) no me dejan escuchar lo que dice.

Tras él, ocupa el atril Mari Carmen Sánchez. Portavoz de la formación en las Cortes Valencianas. El discurso, en clave autonómico mayoritariamente, incide en la amenaza del nacionalismo en la Comunidad. Se queja del adoctrinamiento en las escuelas y del “matrimonio de conveniencia entre el PSPV y Compromís, oficiado por Podemos”. Al cual, de aquí en adelante, se referirán todos los oradores llamándolo “tripartito”. En alusión al gobierno catalán formado por PSC, ERC e ICV (allá por los tiempos de Carod Rovira, ¿qué será de él?).

Castellón es la provincia de la comunidad en la que más ha crecido el número de afiliados al partido naranja (más de un 36%, según su web).

Las intervenciones fuertes empiezan con la subida de Toni Cantó al escenario. Remarca la victoria de Arrimadas. Las manifestaciones contra la independencia de Cataluña como hechos clave en la lucha contra el independentismo. Y azuza de nuevo el fantasma del nacionalismo, cargando contra el “tripartito” que busca “enfrentar a los valencianos”. Cantó nació en Valencia y sabe llamar la atención de la audiencia. Rememora sus veranos infantiles en Benicàssim. Y apela a la poderosa industria de la cerámica. Presumiendo de lo beneficiosas que son las políticas de Ciudadanos en el Congreso para los valencianos.

Sin embargo, el fuerte de Cantó es la corrupción. Es el portavoz de Ciudadanos en la comisión del Congreso que investiga la presunta financiación irregular del PP. Y se caracteriza por su estilo agresivo y sus fuertes intervenciones en ella. Excepto hace unas semanas. Cuando le llegó el turno de comparecer al expresidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps. A saber por qué, la típica dureza de Cantó se convirtió en una canción de cuna. Y trató a Camps como si de su gatito se tratara. No sé si será la terreta, que le tira a Cantó. Pero en la parte que dedicó en su discurso a la corrupción echó balones hacia los ERES de Andalucía y los Lezos de Madrid. Reivindicó que Valencia tampoco es tan corrupta. Ni una mención a Camps ni tampoco a la Gürtel, cuyo epicentro, junto a Madrid, es Valencia.

“Mira los sondeos. Quizá no estemos tan lejos” me responde y se da la vuelta, con cara de haber olido a rojo.

Cuando Cantó baja del escenario, llega el momento que todos (incluido yo) estábamos esperando. La ovación que se desata cuando Rivera hace aparición en el escenario es brutal. Gritos de presidente y manos rojas por los aplausos. Hasta los niños gritan su nombre (padres: ¿por qué?). Pese a la distancia, puedo verle en la pantalla habilitada para los que estamos lejos. Rivera sonríe, con indudable carisma, y aplaude.

El chico parece educado. Y como tal, lo primero que hace es dar las gracias a las mil personas que estamos allí (600 según los medios más pesimistas y mil, según los optimistas). No da las gracias en vano. Castellón es la provincia en la que más ha crecido el número de afiliados al partido naranja (más de un 36%, según su web). En una comunidad ya de por sí en aumento (30% en los últimos seis meses; echando cuentas, desde octubre).

Tras la obligada crítica liberal a las subvenciones (“no quiero vivir en un país subvencionado”). Y al “no es no” de Sánchez (supongo que se referirá al no despenalizar las injurias a la corona, porque me faltan noes). Rivera vuelve al que parece que va a ser el monotema de la noche: el nacionalismo. Afirma que “hay que limpiar la imagen de este país”. Que “el nacionalismo es el peor problema que tiene España”.

El monotema de la noche: el nacionalismo.

Tengo dudas sobre a qué se refiere con eso de “limpiar la imagen” de España. Si se refiere a la condena que el otro día nos sopló el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos por multar a unos chavales que quemaron una foto del rey, estoy de acuerdo. Pero dudo que se refiera a eso. En cuanto al nacionalismo como el peor problema del país. Según el CIS lo que más preocupa a los españoles es el paro (supongo que, si no tienes curro ni nada que meter en el buche, el nacionalismo no es el problema que más te preocupe). Pero con discursos como el de Rivera pronto puede llegar a serlo.

Alienta la amenaza de contagio por todos los territorios catalano-parlantes de esta plaga. Y arranca los aplausos más fuertes que se han oído en la noche. Vuelven los gritos de presidente. Sinceramente me sorprende que dedique la mayor parte del discurso al nacionalismo. Pensé que dejaría hueco para la economía. O para el tema de la Prisión Permanente Revisable (cuya derogación se había debatido  ese mismo día por la mañana en el Congreso), pero nada. Critica un rato la Gürtel (este sí). Pasa por encima sobre el tema de las pensiones y mete en un mismo saco la baja natalidad del país y la necesidad de igualdad entre las mujeres y hombres (que parece que en sus discursos se limita a aumentar los permisos de paternidad) para volver a cargar contra el nacionalismo.

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Las intervenciones fuertes empiezan con la subida de Toni Cantó al escenario.

Cuando termina su discurso la audiencia se levanta. El aplauso es largo y los gritos de presidente vuelven a inundar la sala. Finalizado el acto, sin preguntas ni intervenciones ciudadanas, mucha gente se congrega en la salida buscando el saludo de su líder. Sin saberlo, hablo con un concejal de la formación en Valencia. Me dice que es la primera vez que está en política y que se metió “para trabajar por la gente”. No dudo de su palabra. Pero lo que he visto en este encuentro hace que concuerde con la espina dorsal de lo que ha sido el discurso de Rivera: el nacionalismo es un problema. Pero, quizá no estemos mirando al lado adecuado.

No puedo evitar relacionar ciertos episodios recientes (la aplicación del 155 y los políticos en la cárcel.

Los jaleos, entre trapos y cánticos, a los polis que marchaban a Cataluña. Las mareas de polis manifestándose en la calle por la equiparación salarial (¿por qué justo ahora?). El “manifiesto por la historia y la libertad” . Que condena la “soviética” ley de memoria histórica que “equipara el franquismo con diversos regímenes totalitarios”. No se lo pierdan: está firmado por lo mejor de la inteligencia del país (Moa, Losantos, Tersch…). Lo mejor de la política (Leguina, Mayor Oreja, Javier Nart…). E ilustres apellidos (Borbón, Millans del Bosch, Martínez Bordiú…). un all-stars del facherío patrio. Con el ascenso de Ciudadanos.

Es evidente que Rivera y los suyos han encontrado un filón en el nacionalismo español y no piensan desaprovecharlo. “Rivera está triunfando porque es el único que tiene una idea de país” me dice un tipo en la puerta. Estoy de acuerdo. Rivera tiene una idea muy clara del país que quiere. Y es una idea con un componente nacional que me escalofría. De seguir por este camino, la idea puede llevarle a ser presidente del gobierno. No mola. No mola nada.

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