Cirios y pantallas, la semana santa a través de mi Iphone

La fascinación por el dolor, por el sufrimiento y por la violencia mezclada con el ansia por la caza indiscriminada de imágenes del hombre...

30 marzo 2018 ·
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La fascinación por el dolor, por el sufrimiento y por la violencia mezclada con el ansia por la caza indiscriminada de imágenes del hombre del siglo XXI.

Se abren las puertas de la catedral, miles de personas se aglomeran esperando el comienzo del espectáculo. Comienza un goteo de feligreses que agotados arrastran los pies.m Cruces, velas, capirotes y humareda de incienso, se aparece por el portón la figura, una cruz de tres metros con una persona colgada, de madera, pero persona.

En ese momento se alzan cientos de teléfonos y alguna tablet en busca del video de mala calidad y la foto borrosa. Miradas sobrecogidas alumbradas por el móvil, esos ojos que hasta entonces permanecían aburridos y dispersos en los pies desnudos. Las manos hinchadas y los ojos anónimos de los penitentes ahora buscan relajarse con esa tenue luz azulada que, por encima de cruces y colgados. Es en definitiva a la que obedecen, su pequeña extensión.. con la que luego podrán demostrar diciendo: “Estuve allí, miralo”.

Pero, en realidad, ¿estuvieron allí?. El recuerdo es individual, pero existe una evidente deriva hacia la colectivización de absolutamente todo. Es así como se muestran decenas de fotos iguales tomadas por unos y por otros. Creyéndose reporteros que hacen una labor periodística de máxima profesionalidad y artistas que le van a otorgar una mirada vanguardista a sus fotorreportajes. Que en definitiva, son todos iguales. Así es como pertenecer a una misma masa que sigue un patrón de comportamiento medido, simple, predecible y viral.

“Estuve allí, míralo”

Guardando datos y datos de imágenes en sus memorias auxiliares. La tumultuosa masa sigue el paso, alumbrado por flashazos que, como truenos, acarician las encarnaduras del Cristo. Pero el panorama que observa, con su mirada seca de madera desde lo alto de la cruz es aterradora. La fascinación por el dolor, por el sufrimiento y por la violencia mezclada con el ansia por la caza indiscriminada de imágenes del hombre del siglo XXI.

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Y es que, no es mi intención divagar en torno a conceptos teológicos ni de creencia, sino coquetear con la atracción que ejerce sobre el género humano el suplicio del ajeno. Es así como llegamos al origen de este texto; el espectáculo que se genera sobre la tradición de la Semana Santa. Que arrastra detrás un sentimiento primario más relacionado con celebrar lo sublime del dolor y la pérdida. Vírgenes que se desconfiguran en llantos y feligreses que arrastran cruces enormes encadenados, esto provoca al espectador un impacto de agrado por el sufrimiento.

Se muestran decenas de fotos iguales tomadas por unos y por otros, creyéndose reporteros que hacen una labor periodística de máxima profesionalidad y artistas que le van a otorgar una mirada vanguardista a sus fotorreportajes, que en definitiva, son todos iguales.

Resulta el drama en estado puro, latente en los ojos que jadean por el arrastrar de las cadenas por los adoquines. Por ese delicioso ruido que tintinea acompasado. Son figuras del horror, de la tortura más clásica y de la pesadilla más delirante.

Mel Gibson en La Pasión de Cristo

Es evidente que hay algo horrible y delicioso en el sufrir cuando no lo sufrimos, el cine lo deja claro, pero la cruz es más real.

Y rematado por la talla barroca, el Cristo que, sucio, sangrante, se resigna colgado con clavos en la madera. Una imagen tan repetida que adquiere una nueva fórmula. Una adhesión entre el hombre y el objeto, la cruz forma parte de su cuerpo.

Y es que en definitiva, la tortura, es la fusión del cuerpo con lo ajeno, con el fuego o el metal, con el agua o con la madera. Es evidente que hay algo horrible y delicioso en el sufrir cuando no lo sufrimos, el cine lo deja claro, pero la cruz es más real, está ahí y nos conecta con los autos de fe, el circo romano o la quema de brujas, te permite estar en el calor de la masa que acecha, hambrienta de sufrimiento para suplir una vida que carece de cualquier resto de acción, donde los nuevos mecanismos de tortura son digitales, económicos, en definitiva asépticos.

Es esta, la fusión hombre y objeto la que tanto nos afecta en la actualidad. Pero de qué manera tan distinta, nuestro cuerpo no sucumbe a la tortura del objeto. Pero si a la tortura del individuo, encadenado por su smartphone por las manos pero también por las cadenas digitales. A su cuenta de Twitter o de Facebook, pequeños dispositivos de penitencia personal, de inmolación pública o humillación.

Somos víctimas que se deleitan viendo víctimas. En un juego de quien sufre más entretiene al resto, ese Cristo barroco que flota entre pantallas nos lo recuerda. Sí aquí estoy colgado yo;

¿De dónde colgais vosotros?

Fotograma de Jesucristo Superstar

Texto. Alfredo Fortes

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