Reconstruyendo la conciencia de género: un análisis autoetnográfico de la masculinidad.

¿Cuándo y cómo somos conscientes de nuestra conciencia social y de género? La semilla del activismo social y de la construcción del pensamiento crítico...

29 enero 2020 ·
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¿Cuándo y cómo somos conscientes de nuestra conciencia social y de género?

La semilla del activismo social y de la construcción del pensamiento crítico y de la conciencia social y de género se encuentra en las escuelas, en los institutos y en las universidades. Detrás de cada grito agitador de decibelios hay una persona, un suceso y miles de historias que sirvieron para arrastrarle fuera de una burbuja. Una vida fuera de ella que puede servir para definirte o para destruirte.

Si echo una mirada retrospectiva a mi yo de hace casi 10 años veo un chaval que perfectamente puede ser análogo a la generación actual de esa edad. Y, entonces, veo mucho estiércol. Tanto el colegio, como el instituto y el bachillerato los realicé en centros públicos del barrio madrileño en el que nací y crecí, Vallecas. He pasado mi vida en el instituto con el extremo peso de responder a la masculinidad hegemónica – y mis compañeros igual –. Eso se traducía en la reproducción de roles y estereotipos de género que caían como un chaparrón sobre mis compañeras en forma de machismo sin escrúpulos. Durante toda la ESO y hasta bachillerato, en mi grupo de amigos éramos todos hombres. La necesidad de destacar como hombre ejercía una presión bastante significativa en aquel ambiente, ya que la masculinidad exige que sea demostrada constantemente.

La adopción de la masculinidad hegemónica significaba tratar a nuestras compañeras como seres de segunda. No había conciencia de género.

Los comentarios machistas hacia compañeras eran continuos, y los ejercíamos cada uno de nosotros sin prácticamente excepción. Comentarios despectivos en torno al físico o expresiones machistas relacionadas con las tareas del hogar, el trabajo doméstico no remunerado. También, había que reír las gracias, de lo contrario podías ser catalogado como poco hombre. Todos los varones éramos pecadores de aquellos actos, sin excepción. Algunos iban más allá, exacerbando determinadas características de manera desbocada en lo que podría catalogarse como un ejercicio de hipermasculinidad, incluso usando la violencia contra el resto.

Teníamos una necesidad de mostrarnos como profundamente masculinos, ya que la feminidad en varones estaba mal vista. La acusación de homosexualidad entre compañeros era constante con el fin de reducir el estatus del otro y de mostrarse a uno mismo como masculino. Feminidad y homosexualidad en aquellas clases era considerado como sinónimo, por tanto, teníamos la irrefrenable necesidad de mostrarnos totalmente opuestos a ello.

Cuando notábamos el fracaso, el hecho de que no habíamos estado a la altura de lo que entendíamos por ser un hombre, sentía una situación de incomodidad que me empujaba a que a la próxima oportunidad pudiera demostrar esa hombría que no había podido demostrar en su momento. Con una tensión constante de mostrarnos como todo lo contrario a lo femenino. Con luchas, conscientes o inconscientes, por mantener el status y recibir la aprobación homosocial.

Se realizaban actos y comentarios que buscaban la aprobación de la hombría por parte del resto de los compañeros.

Mi instituto. IES Antonio Domínguez Ortiz. Madrid.

Recuerdo que durante el curso de 3º de la ESO, una compañera era la ‘diana’ del grupo de chicos al que pertenecíamos. Soportando risas incómodas y comentarios machistas. Ella respondía siguiéndonos ‘el rollo’ y con bromas. Parecía todo normal. Por entonces, yo no era consciente de que aquello eran actitudes intolerablemente machistas. Había un chico, con el que ella se llevaba bien, cuyo trato hacia ella superaba al del resto, ya que la metía mano y la insultaba gravemente, aunque todo pareciera una broma. Pero no era una broma. No podía serlo. El resto actuábamos en un ejercicio de ignorancia activa que nos hacía responsables de sostener aquella situación.

Rebosaba un heterocentrismo donde los varones debíamos mostrarnos como absolutamente masculinos sin rasgo alguno de feminidad, en virtud a las normas de género. Mi concepción de género por entonces se basaba en demostrar hombría. No obstante, estas prácticas no se restringían a mi entorno, la mayoría de los varones del instituto estábamos siempre tratando de demostrar esa hombría. Era algo evidente en los recreos, cuando había piques y se observaba la chulería y los insultos, principalmente homófobos y machistas, como podrían ser ‘maricona’, ‘zorrita’, ‘puta’, así como comentarios análogos como ‘sé un hombre’ o ‘pegas como una niña’. Además, era observable que cuando había grupos mixtos de amigos, los hombres siempre sostenían una postura de autoridad y dominio, como en un estado de constante alerta.

Por consiguiente, durante la ESO y parte de bachillerato, mi concepción sobre las desigualdades de género y sobre el propio género no existía, no me lo planteaba. No se hablaba de desigualdad de género, ni de violencia de género, ni de machismo – tampoco se hablaba de otras cuestiones, como las desigualdades sociales en general o el cambio climático –. El objetivo era mantener la masculinidad a toda costa para no verme desplazado. Por lo que las situaciones que ahí se producían me parecían absolutamente normales. Había una estratificación de género bastante incipiente, y no solo en relación a la dicotomía hombre-mujer, también en relación a la orientación sexual.

El objetivo era mantener la masculinidad a toda costa para no verse uno desplazado.

Es a partir de 2º de bachillerato cuando se produce un cambio significativo en mi vida. Mi antiguo grupo de amigos ya no estaba y me juntaba con un grupo mayoritariamente de mujeres. Además de tener profesoras feministas bastante concienciadas con las desigualdades sociales y de género que introducían una perspectiva de género en las clases. A eso sumado mi creciente interés por la política y el activismo social, añadido a la irrupción de nuevas formaciones de izquierda en el panorama político.

Las charlas sobre política y género se producían en multitud de clases, donde muchas compañeras explicaban sus vivencias y daban sus múltiples argumentos. Ponían en evidencia los desafíos a los que se enfrentaban por ser mujeres mientras que yo, al ser hombre, tenía el privilegio de no tener que enfrentarme a dichas barreras. Yo escuchaba sus relatos personales y sus reivindicaciones. Ahí se produjo el principal cambio en mi conciencia sobre las desigualdades de género. Comencé a plantearme mis actitudes y comentarios, así como las desigualdades de género existentes en la sociedad. Me planteé que solo se puede revertir esa estratificación si los hombres cambiamos y ponemos en cuestión nuestros privilegios. Y eso pasa primero por reconocer el problema, que somos machistas.

Mi entrada en la universidad estaba ya nutrida por ese cambio. Además, el entorno social es absolutamente diferente. Y más en el contexto de una carrera de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM, donde hay una fuerte movilización feminista, la conciencia social sobre las desigualdades de género es mucho mayor, así como la existente normalización del colectivo LGTBI que destaca con el silencio al respecto en el instituto. Mis grupos de pares y de amigas/os en la universidad, y fuera de ella, han sido y siguen siendo mayoritariamente chicas. Un hecho que ha tenido un importante impacto en mi concepción de las desigualdades de género. Sobre todo, porque he podido escucharlas. Lo que me ha permitido ver gran parte de los privilegios que ostento por el simple hecho de ser hombre. Privilegios académicos, laborales, legales y vitales.

Todos los hombres somos machistas porque hemos sido socializados en una sociedad patriarcal y machista, y el primer paso para dejar de serlo es reconocerlo y trabajar para cambiarlo.

No obstante, pese a todo, los sesgos continúan, y muchas veces me doy cuenta de ello. No estamos libres de seguir reproduciendo dichos actos. Por eso hay que seguir peleando contra los mismos. Porque seguimos tirando de masculinidad tóxica para reafirmar la posición. Hay que darse cuenta de ello y cuestionarnos el porqué. Debemos transformar esa masculinidad alejándola del sexismo y la agresividad, siendo algo más afectivo y empático y, además, no contraponiéndolo a la feminidad. Un proceso de de-construcción en el cual debemos asumir nuestra responsabilidad en el mantenimiento y reproducción de las desigualdades de género.

Debo ese cambio de mi concepción de las desigualdades de género a ellas, que me han abierto los ojos. Que me han hecho cuestionarme mi posición y mi propia masculinidad. También el cambio de mi entorno social me ha permitido salir de esa burbuja en la que me encontraba. No obstante, no está todo hecho. La mochila del machismo la sigo cargando, con el afán por destruirla. Lo cual requiere revisar y repensar la masculinidad, los comportamientos, las actitudes, los pensamientos y los privilegios.

¿Y por qué este artículo? ¿Por qué esta autoevaluación, con una reinterpretación del pasado de una conciencia de género? Volviendo al primer párrafo y a la metáfora de la burbuja. Es principalmente con los grupos de pares, con los grupos de amigas/os y en el contexto de la interacción social en los centros educativos como se forman nuestras subjetividades. Mi historia muestra el cómo y el porqué de la evolución de mi conciencia de género. Y con ello muestro a la luz pública la realidad de nuestro pasado y el todavía necesario desafío de nuestro futuro. Esta es mi historia, ¿cuál es la tuya?

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