Por qué las mujeres esperamos a ser elegidas

A las mujeres nos han enseñado a no tomar la iniciativa y a dejar que sean ellos los que nos seduzcan Para mí, tomar...

27 agosto 2018 ·
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Photo by Jennifer Murray from Pexels

A las mujeres nos han enseñado a no tomar la iniciativa y a dejar que sean ellos los que nos seduzcan

Para mí, tomar la iniciativa siempre ha sido difícil. Me considero una mujer moderna, pero sigo esperando a que sean ellos los que vengan a mí. El caso es que empiezo a dudar de que eso funcione. Veréis, hace pocos días esperaba pacientemente a que mi crush de la semana se dignara a responderme al WhatsApp. Después de un necesario año de soltería, volvía a tener esa absurda necesidad de abrazar algo por las noches. El problema era que la continua racha de ensayo-error que estaba viviendo parecía interminable. El mecanismo era siempre el mismo: conocía a un chico, quedaba con él un par de  semanas y, con el tiempo, dejábamos de hablarnos. A veces era yo, a veces él. Cuando era él yo me montaba un drama que ni Carrie en Sexo en Nueva York. Parecía que alguien me había echado una maldición de la que no podía escapar. 

Entre idas y venidas, reparé en un patrón revelador, algo que llevaba toda mi vida repitiendo. Siempre dejaba que fueran ellos los que se fijaran en mí. Es decir: esperaba a ser elegida en vez de elegir. Por la forma en la que nos han educado, como tantas mujeres yo también asumía el rol de la princesa de cuento que aguarda en su castillo a que la rescaten. También asumía el rol de mujer paciente y nada histérica que espera a que su rollete de la semana conteste a un whatsapp a pesar de que ya hace días que no se sabe nada de él.

Esperaba a ser elegida en vez de elegir.

Justo en ese momento, el chico en cuestión decidió escribirme una escueta respuesta a mi “eh, dónde te metes?”. “Ah, jaja, es que estos días ando a tope de curro y se me olvida mirar el móvil”. Os voy a contar un secreto: en pleno 2018, a nadie menor de 35 se le olvida ya mirar el móvil. Si alguien os responde con un “estoy ocupado, no puedo responder” te está calzando el nuevo “no eres tú, soy yo”. Enfadada, tomé dos decisiones. Una: que tenía que poner una lavadora porque me estaba quedando sin bragas. Dos: que a partir de ese momento iba a decidir con quién estar. Se había acabado esperar a que, milagrosamente, alguien decidiera darme el gusto de ser mi novio.

Una semana después, salí con mis amigas a una discoteca de la que me habían hablado muy bien y muy mal a la vez (la discoteca de Schrödinger). Mi objetivo: tomar la iniciativa y hablarle a un chico que me gustara lo suficiente como para arriesgarme a hacer el ridículo. La cosa no podía salir mal porque yo llevaba mi top con escotazo y más make up que la Kylie cuando hace un snapchat. Así que allá que me fui.

Si alguien os responde con un “estoy ocupado, no puedo responder” te está calzando el nuevo “no eres tú, soy yo”.

Imagen vía · Maurício Mascaro from Pexels

La noche no empezó muy bien porque me cobraron diez euros para entrar y, al parecer, aquel era el día de la tercera edad porque todo estaba lleno de cuarentones. Mientras iba buscando por la sala a mis amigas no sabía donde meterme porque con el escotazo que llevaba y los cuarentones, yo me sentía lo más trash del mundo. Y, por mucho que crea que las mujeres debemos llevar lo que nos salga del coño, esa sensación de pensar que vas como un putón cuando la gente te mira con cara de reprobación es inevitable. Las encontré y empezamos a robar cubatas para emborracharnos porque yo no tengo dinero. Además, me gusta el deporte extremo de agenciarme copas esperando que no se me contagie una mononucleosis.

Por fortuna, conseguimos un vaso que debía de ser whisky puro porque olía a la colonia de Nenuco caducada. Nadie lo quería así que lo adopté. Cuando ya eran las dos de la mañana y el baile se nos estaba yendo de las manos (una estaba meditando en el suelo y yo haciendo twerk) lo ví. Morenazo, ojos verdes, jersey que marcaba unos pectorales que no tenían nada que envidiar al mismísimo Hércules y carita de viceverso. La cobaya perfecta para mis crueles experimentos. He de decir que ya tenía el terreno ganado porque el maromo llevaba dando vueltas alrededor de mí cual abejorro. Igualmente, me giré y le sonreí con toda mi boca de ortodoncia de 3000 euros en Vitaldent. Entonces señaló con dedo acusador a mi septum.

Por mucho que crea que las mujeres debemos llevar lo que nos salga del coño, esa sensación de pensar que vas como un putón cuando la gente te mira con cara de reprobación es inevitable.

-Qué tienes en la nariz, ¿un moco? -saludó.

La sonrisa de mi cara se evaporó cual helado de vainilla en la ventana de un edificio de Madrid en verano.

-Vaya, JAMÁS me habían dicho eso. Qué original -recriminé.

-Jajaja ya lol xd.

(No dijo eso pero yo me lo imagino así porque al pobre no le daba para más, era un viceverso).

La situación prosiguió con un leve tonteo entre ambos y yo intentando recolocarme el body para que no se me vieran las tetas. Como iba pasando el tiempo y yo al día siguiente tenía que trabajar decidí pasar a la acción y hacer lo que había venido hacer. Vamos, tomar la iniciativa. Así que le besé. Por fortuna no hubo cobra, pero el muchacho de ingenio agudo se quedó un poco sorprendido. Tras unos segundos de intercambio de saliva, me abrazó. Sinceramente, yo no me esperaba tal muestra de cariño. Puse cara de morder un limón y una señora que rozaba los 50 me dedicó una amable sonrisa de comprensión. Le di unas palmaditas en la espalda a mi viceverso para salir del paso.

-¿Qué quieres que hagamos? -me dijo.

-Yo es que me tengo ir a dormir -dejé caer, aunque ahora que lo pienso eso sonaba a evasiva, pero me pongo nerviosa cuando intento ligar.

-Ah.

(Silencio incómodo, me abraza aún más).

Con la cabeza hundida en su hombro e intentando respirar, proseguí:

-¿Me acompañas a casa?

Se separó de mí con brusquedad y alevosía. Su mirada denotaba confusión, excitación y sensación de ser un corderito a punto de entrar en el matadero.

-Eh…. eh…. eh….

-Yo es que me voy ya eh, taluego.

-Ah vale, venga, pues voy, pero déjame coger la chaqueta. Esto… ¿dónde la he dejado? Uy, jajaja, xd.

Fuimos hablando de Extremoduro y decidí que igual no era tan tonto del haba como yo pensaba.

De camino a casa fuimos hablando de Extremoduro y decidí que igual no era tan tonto del haba como yo pensaba. También advertí que me estaba portando como el “hombre” de la situación porque casi parecía que él no quería venir y que yo le estaba arrastrando a mi cueva, donde iba a violarlo salvajemente. Algo me olió un poco a chamusquina, pero mi corderito parecía tan mono que me sentí, por una vez en mi vida, la dueña de la situación. La que llevaba las riendas. Y esa sensación de poder fue liberadora.

Al día siguiente la sensación de poder seguía ahí, así que me atreví a pedirle el número. Ahora es cuando confieso que le escribí y no me contestó. La sensación de poder se fue a la mierda. Cinco días después me mandó un mensaje diciendo que tenía novia. Pude sacar dos conclusiones de todo aquello. Una: que llevar la iniciativa es satisfactorio y empoderador. Dos: que ese tío era el mayor gilipollas que había habitado el planeta. Por cierto, ¡hola, Álvaro el que trabaja descargando maletas en el aeropuerto de Barajas! Espero que tu novia te pille.

Así pues, ¿qué nos pasa a las mujeres? ¿Por qué esperamos a que venga nuestro príncipe azul, aquel que nos han prometido que vendrá a rescatarnos? ¿Por qué no salimos del castillo y lo buscamos nosotras? ¿Por qué esperamos a que la persona con la que estamos, esa que se porta mal, cambie por nosotras? ¿Por qué nos quedamos calladas cuando algo nos parece mal por no sonar "histéricas"? ¿Acaso ellos pueden ser un dragón siempre que quieran pero si nosotras echamos humo por la boca nos vamos de vuelta a la más alta torre?

¿Por qué no salimos del castillo y lo buscamos nosotras?

Es verdad que mi experiencia con el viceverso no salió bien, pero quién me iba a decir que tenía novia. Lo que constaté esa noche es que sentirse poderosa no es esperar en medio de una pista de baile a que todos se giren para mirarte, sino elegir de entre todos los sapos aquel al que quieres besar. Pero bueno, como ya he dicho tengo una maldición gitana encima y terminaré sola y rodeada de gatos. Y tan contenta.

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