El hogar es donde está el odio

Es normal que los padres discutan de tanto en cuanto. Pero deja de serlo cuando es una de esas partes la que acaba llorando o encerrándose en el baño.

10 mayo 2018 ·
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Entre otras cosas, por miedo. Ese fue mi caso y voy a contar mi punto de vista.

Home is where the hatred is. Así se titula una canción del fantástico Gil Scott-Heron que habla de las andaduras de un adicto que se ha marchado de casa. La frase, traducida a ‘’el hogar es donde está el odio’’, es extrapolable a otros ámbitos de la vida, y la cual he decidido vincular a este relato.

Lamentablemente, el maltrato doméstico o la violencia de género, son temas de actualidad. Gracias al esfuerzo en pos de la visualización y concienciación proveniente del movimiento feminista, la sociedad es cada día más consciente de que estos actos suceden. Y nos obligan a todos a saborear esa amarga realidad que muchas veces está más cerca de lo que parece.

Puede que el simpático vecino que te saluda todas las mañanas al salir a trabajar. Que el antiguo compañero de pupitre que nunca alzó la voz en clase o ese abogado de traje y corbata, recreen en sus hogares auténticos infiernos y calvarios. En mi caso, era mi padre.

La verdad es que no conocía muchos más padres, pero los que conocía, parecían vivir en un ambiente mucho más afable que en el que yo me encontraba

Cuando un niño vive en esta situación es muy difícil que se dé cuenta de ciertas cosas. Pero algunas son más que obvias. Padres un niño puede no ser consciente de ciertas actitudes, pero se percata de que de tanto en cuanto en su hogar suceden escenas hostiles. Es normal que los padres discutan de tanto en cuanto. Pero deja de serlo cuando es una de esas partes la que acaba llorando o encerrándose en el baño, entre otras cosas, por miedo.

Un padre tiene que ser un ejemplo para sus hijos, toda una referencia. Esto se vuelve particularmente difícil cuando el niño crece en un ambiente enrarecido. La confusión es obvia y la realidad pasa de bizarra a triste cuando se comienza a tomar conciencia de que uno no vive, ni de lejos, en un ambiente familiar idóneo.

Ese fue mi caso. Y estoy aquí para dar mi punto de vista como una víctima de una situación de violencia. No solo de género, sino también doméstica.

‘’Eres una madre, tienes una familia, y tienes que estar en tu puta casa’’ es una de esas frases que en no pocas ocasiones le he escuchado decir a mi padre.

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La infancia no fue particularmente agradable en casa y se me escapaban muchas cosas. Padres la verdad es que no conocía muchos más padres. Pero los que conocía, parecían vivir en un ambiente mucho más afable que en el que yo me encontraba. Gozaban de una relación sana. ¿Es que mis padres no se quieren? ¿por qué se gritan y pelean? ¿tengo yo algo que ver con todo aquello? Y si no es así, ¿por qué mi padre es tan duro conmigo? Los años se iban sucediendo y los hechos se iban agravando. Las dudas y las sospechas comenzaron a aflorar en mí.

Como preadolescente ‘’rarito’’ no tenía muchos amigos, tampoco es que mi padre me permitiese salir mucho de casa. Todo tenía que ser en familia, forzando situaciones que se tornaban siempre desagradables y que ninguno de los tres disfrutaba al fin y al cabo. ¿Salida al campo? Espera una discusión de camino en el coche. ¿Comida con la familia materna? Que mi padre se comportase como una especie de autista era de esperar, intoxicaba el ambiente. ¿Cena con la familia paterna? Entonces los que no estábamos cómodos éramos mi madre y yo. Nunca me explicaba como mi padre era capaz de actuar y enterrar los hechos de manera tan fría y efectiva.

Como sabemos, en la preadolescencia un individuo comienza a perfilarse. A buscar sus gustos, aficiones y a esculpir su personalidad. La tarea de mi padre fue la de minar mis metas y gustos, muchas veces de manera desagradable. La manipulación y los engaños eran continuos. Yo ya vislumbraba la enfermiza necesidad por él de manejar y poseer todo. Mi madre poco podía hacer con esto, ponerse en contra de mi padre desenlazaba en discusiones muy desagradables.

"Eres una madre, tienes una familia, y tienes que estar en tu puta casa’’ es una de esas frases que en no pocas ocasiones le he escuchado decir a mi padre.

Siempre me llamó la atención que mi madre no pudiese traer a alguna amiga suya a casa a tomar café y fumar un par de cigarros entre risas. Si esto pasaba era porque mi padre no estaba en casa, y cuando su amiga se marchaba no podía dejar ni una sola pista.

Si mi padre se enteraba, la cosa se pondría fea. Sin embargo, no pocas las veces vi a mi padre disfrutando de unas cervezas en el jardín entre risas y jolgorio con sus amigotes. Para que luego mi madre lo recogiese todo. Ella estaba enclaustrada en casa. En los últimos años de esta situación, hasta ir a visitar a su propia madre desembocaba en discusiones. ‘’Eres una madre, tienes una familia, y tienes que estar en tu puta casa’’ es una de esas frases que en no pocas ocasiones le he escuchado decir a mi padre.

En mi caso era parecido. Pocas veces podía traer un amigo a casa. Y si pasaba o se iban a sus casas cuando mi padre estaba de vuelta. O salíamos a jugar a la calle, aunque hiciese un día de mierda. Los juegos ruidosos en la infancia eran impensables cuando él estaba cerca. En la adolescencia las aficiones pasaban por el mismo filtro. Cuando comenzaba a mostrar afinidad por alguna actividad que mi padre no entendía, simplemente mostraba una opresora desidia hasta que finalmente trataba de separarme de esos gustos. Era peor cuando no lo aprobaba.

Con el paso de los años, el trato con mi padre se reducía a ‘buenos días’, ‘buenas noches’ , broncas y voces. Tenía mis sospechas de que no había solo discusiones y malestar en casa. Los desprecios y humillaciones por su parte hacia mi madre y hacia mi eran constantes.

Como sabemos, en la preadolescencia un individuo comienza a perfilarse. A buscar sus gustos, aficiones y a esculpir su personalidad. La tarea de mi padre fue la de minar mis metas y gustos. Muchas veces de manera desagradable.

Mi padre nunca me puso una mano encima, pero tristemente este no es el caso de mi madre. La primera vez de la que yo fui consciente fue en septiembre de 2012.Ese día mis padres me recogieron algo temprano después de que salieran a cenar y me subían en coche para casa. Ella sollozaba y mi padre estaba algo nervioso. Mis sospechas se confirmaron cuando mi madre insistía en ir al hospital. Mi padre le había golpeado en la mandíbula. No conocía el contexto, y me daba lo mismo, sabía que a partir de ese momento las cosas no sería iguales. Voceé a mi padre a empujones y procedí a marcharme de casa, entre lágrimas.

Esa noche, a mi vuelta a casa, dialogamos. Mi padre se disculpó mil veces y dio un discurso digno de una defensa en un juicio. Al día siguiente le compró tres rosas a mi madre buscando su perdón. Eran lágrimas de cocodrilo, yo sabía que esas palabras no valían nada.La siguiente semana mi madre tuvo que asistir a una comida que organizaba un hermano de mi padre. Asistió con la mandíbula aún algo hinchada y un montón de maquillaje para tapar el enorme moratón que había manchado su piel. Tuvo que actuar como si nada. Aquello fue humillante tanto para ella como para mí.

Bajo su punto de vista, él nunca le puso un dedo encima, nunca cometió un error, nunca hizo nada malo, todo un psicópata.

Como no podía ser de otra forma, poco a poco las agresiones se habían transformado de verbales a físicas. Y mi madre, incomprensiblemente, trataba de ocultarlo. Y yo tenía que tragarlo y guardar silencio. Pues con una madre que lo negaba y un padre que podía derrumbar mis declaraciones, no podía hacer nada.

Hace un año y dos meses con cinco días mi padre estuvo a punto de matar a mi madre. Una costilla fracturada y un traumatismo craneoencefálico. Acompañados de un labio partido y moratones del tamaño de plátanos maduros y pelotas de tenis por todo el cuerpo. Mi padre había pasado el límite hacía mucho. Pero fue en esa última ocasión cuando mi madre tomó consciencia. El maltrato, que ya no puede ser físico, viene aún dado por otras vías. Por injurias de mi padre hacia mi madre y la negación de los hechos. Sin olvidar de esa persecución por vías legales para arañar todo lo que pueda. Bajo su punto de vista, él nunca le puso un dedo encima, nunca cometió un error, nunca hizo nada malo. Todo un psicópata.

Ninguna criatura merece crecer en un ambiente así. Ni ninguna mujer merece vivir con miedo. Tampoco ninguna familia debería sufrir ni romperse de esa forma.

Ni una más.

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