Jueves, mi primer día de dieta

Una gélida mañana de un recién entrado enero me dispuse a pasear hasta la facultad. Quien dice pasear, dice arrastrar su culo hasta el maldito...

31 enero 2019 ·
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Una gélida mañana de un recién entrado enero me dispuse a pasear hasta la facultad.

Quien dice pasear, dice arrastrar su culo hasta el maldito campus donde invierto más horas de mi tiempo de las que me gustaría reconocer. Dieta.

Anduve adormilada con Billie Elish cantándome unos versos demasiado tristes para las horas en las que me encontraba, pensando en el abanico de posibilidades que se abría ante mi un año más, estrenando el año como si de Mister Wonderful se tratara. Cargada de propósitos y buenas vibraciones que más propias de mi parecían robadas de un libro de la sección de autoayuda de cualquier librería.

O del prospecto de una caja de antidepresivos sin receta. En mi tedioso trayecto sopesé todos los años nuevos que había vivido y por supuesto recordaba, dos décadas dan para bastante, y reparé en algo que había pasado desapercibido mucho tiempo en algún lugar de mi mente más olvidado que otra cosa.

Si existe un factor común en la vida de todos los jóvenes de hoy en día es la creación oficial de una longeva lista de must have en los trescientos sesenta y cinco días que están por vivir de nuevo.

Esto me hizo pensar más de lo que mi cerebro podría sin haber tomado una cantidad ingente de café:

La vida es una constante imposición de relaciones metafóricas, más bien, la vida en si es una metáfora gigante.

Como el primer día de dieta.

Cuando están por acabar las vacaciones de navidad y te propones ir al gimnasio ciento veinticinco horas a la semana, comer aire encebollado con una cucharada de aceite de oliva.

Tampoco nos vayamos a pasar, dejar de fumar, estudiarte en menos de tres días siete temas de cuatrocientas diapositivas (cada tema). Reducir tu ingesta de alcohol a una que no se asemeje directamente con la de un ex asistente de alcohólicos anónimos e incluso una vez me propuse decir menos tacos en cada frase que articulo.

Y os preguntaréis, ¿dónde coño esta la metáfora?

El fin de una etapa para el despertar de un nuevo día, la resurrección del alma, el resurgir del ave Fénix.

El primer día de la semana, que “el lunes empiezo”.

El día uno del mes que viene, que “no voy a regalarle a nadie mi dinero y menos a un gimnasio”.

Necesitamos relaciones directas con nuestras metas. La innata necesidad de maquillar de propósito algo que pensamos obligación para sentirnos mejores personas, más plenas, más maduras e incluso más adultas ahora que como yo, algunos nos adentramos lentamente en la veintena, nos hace humanos.

Necesitamos incentivarnos de algún modo, buscar ese empujón que no dimos durante el curso anterior, mendigar entre nuestras horas más bajas para proponernos cosas que estoy segura jamás haríamos por mero amor al arte.

Véase la operación bikini. La dieta.

Como el bendito y maldito primer día de dieta.

Que acabé cenando espaguetis con huevo frito y albóndigas. Bebiéndome tres jarras heladas de cerveza a las cinco de la tarde (por lo que de estudiar no voy ni a hablar). Y volviéndome a casa en coche porque joder, primeros días de dietas hay muchos pero una nunca  sabe cuando van a erradicar la dulce culpabilidad de seguir siendo joven y rebelde, de saltarte las simples normas establecidas con propósitos de fin de año que igual empiezas a cumplir en mayo, la libertad de los cinco minutos más, la era de dejar para mañana lo que por supuesto puedes hacer hoy pero no te da la santa gana porque te apetece muchísimo más vivir un día de risas despreocupadas que invertir veintiséis horas de tu día en una biblioteca, oficina, barra, calle.

Una, que nunca sabe cuando va a dejar de hacer las cosas por imposición cultural y no por voluntad propia.

Así que el lunes empiezo la dieta, que hoy me siento demasiado poco metafórica.

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