Por qué las fiestas de San Isidro han sido un cambio de etapa

Viví el sábado 14 de mayo como el final de una época oscura para la cultura y el comienzo de algo bonito. Os explico por qué.

20 mayo 2022 ·
Compartir
sanisidro_binary

Hay días que simplemente, son históricos. Para entender esta frase, hay que comprender primero que la historia no es sólo aquello que aparece en los libros del instituto. Los cuales cambian sus contenidos en cada época y bajo cada gobierno. La historia se compone de aquellos momentos que son cruciales para dar sentido a las vidas, ya sean individuales y colectivas.

Por esto mismo, hay días históricos para el globo, para un continente, para un país o para una región. Pero también hay días históricos para una generación, o para una persona particular. El día especial de la persona no tiene menos valor que el día especial de la nación. Ambos cumplen una misma función: dar un giro de guión a los acontecimientos. Dar un sentido al tránsito que es la vida.

El sábado 14 de mayo fue uno de esos días, al menos para mí, aunque me atrevería a aventurar que para una generación. Desde mi perspectiva, individual, localizada y parcial, el sábado de las fiestas de San Isidro es el día en el que realmente una generación salimos de los efectos de la pandemia y la ola de desgracias que nos persiguen desde enero de 2020. Y si, este cruce de caminos se origina en una serie de fiestas y conciertos. Puede parecer frívolo. Pero realmente estamos hablando de un día de felicidad compartida por cientos de miles de personas, y eso no es "moco de pavo".

Voy a contaros, desde mi experiencia personalísima, este 14 de mayo en Madrid. Mis vivencias en el mismo y las conclusiones obtenidas.

El día comienza a las 12 am, enfrente de la sala Clamores con una lata de cerveza en la mano. En 30 min comienza el primer concierto del día, dentro del ciclo SOUND ISIDRO (Vibra Mahou), de Hnos Muñoz junto a Claudio Montana. Me apresuro a beber mi lata y entro al poco de comenzar el concierto de Claudio, que sube al escenario con L' Haine.

Ambos son artistas "noveles" (no se muy bien qué significa esto) pero con carreras extremadamente prometedoras. L' Haine está empezando a despuntar, su estilo es muy personal y maneja a la perfección tanto su voz como los escenarios. Claudio Montana se encuentra en un espacio intermedio entre el rap más clásico y el arte contemporáneo (recordemos que Montana ha dedicado una canción a Isidoro Varcárcel Medina, uno de los pioneros de la performance y el arte conceptual en España). Claudio Montanta levanta al público como si no existiera un solo ser que desconociera su música en la faz de la tierra, y acaba su concierto tirando claveles rojos al público.

A estos les siguen Hnos Munoz, una propuesta ecléctica de rap y electrónica hecha por dos amigos compenetrados a la perfección. Me quedo hipnotizado viendo como sus papeles mutan y sus manos se juntan sobre la mesa de mezclas. Sobre el escenario, Nacho y Álex son un único ser que canta y mezcla en directo. Canciones electrónicas que entran como espasmos por tus piernas y no te dejan parar de moverte. Durante su concierto, me siento como aquellos "ruteros" de la movida valenciana que salían en los documentales de los 90´s.

Un cielo en el que habíamos vivido hasta enero de 2020 y del que no queríamos olvidarnos

Acto seguido de este evento me apresuro con amigues al parque de San Isidro a comer. Sabíamos que habría bastante gente, más amigues y conocides que querían disfrutar de su primera "fiesta post pandemia". Pero no podíamos imaginar lo que se venía.

Cientos de miles de personas: comiendo en las praderas, niños en los coches de choque, en las casetas de tiro. Peluches. Enormes colas para pillarte mojitos o cachis de cerveza. Parrilladas. Puestos de churros. Simplemente, un cielo en el que habíamos vivido hasta enero de 2020 y del que no queríamos olvidarnos.

Las fiestas populares son un espacio importante. No solo es un lugar de encuentro con tus amigos y conocidos. También promueve el encuentro intergeneracional. Un espacio en el que ancianos, niños y adolescentes "están a una": pasarlo bien siguiendo una tradición común. Las fiestas populares son nexos que nos unen a todos. La tradición hace nación. Y aquellos grupos de personas que no pueden compartir fiestas, tradiciones y culturas; simplemente dejan de ser grupos para convertirse en seres individuales. Sin vínculos ni conexiones con los otros que les rodean. Esto es a lo que nos llevaron estos últimos dos años sin fiestas, conciertos y espacios de reunión masiva: a la disgregación y el desentendimiento con aquellos que nos rodean.

Las fiestas populares son un espacio importante

Abrumado y emocionado por todos estos pensamientos, sensaciones, amigues y mojitos, corrimos todos juntos al escenario de conciertos del parque: tocan Jaime Lorente y Los Chichos. Sin duda, los dos polos de una misma escena musical. Y entre el público (siempre lo importante) cientos de miles de personas de todo tipo. No podré olvidar cuando vi a una pareja de ancianos, vestidos de chulapos, bailar con el trap de Jaime Lorente. Así como tampoco podré olvidar a los cientos de miles de personas agolpadas alrededor de los ídolos nacionales que son Los Chichos.

En medio de Los Chichos (no como Estopa, sino a mitad de concierto) decidimos correr hacia otro de los muchos escenarios que pueblan la ciudad este San Isidro. En el parque de las Vistillas, a 30 min, está tocando Rusowsky junto a Mori y otros agentes de esta micro escena musical. Queremos ir lo más rápido posible, con las canciones de Los Chichos aún cruzando nuestras cabezas, para sentir el choque generacional, que a cada minuto siento más corto.

En el camino, veo una ciudad desbordada: todas las calles, todos los parques, toda la gente. No queda un espacio sin ocupar. Donde hacía exactamente dos años reinaba el silencio, ahora reinan las personas, siendo más personas que nunca. La gente bebe, grita, celebra, llora y se quiere. La gente quiere vivir. Y ha hecho vivir a una ciudad zombie, como es Madrid, pensada para el tránsito de coches y la especulación inmobiliaria.

Esta visión me vuelve a sobrecoger. Siento que todas las personas de la ciudad están conectadas por un sentimiento común, que yo también siento vivamente. Esquivo gente y gente para llegar al escenario de Las Vistillas y gozar el final del concierto de Rusowsky. El joven ha sabido conectar con todos los públicos posibles de la contemporaneidad. Su música funciona en una rave, en una fiesta de trap, en una cita romántica y en el Berska. Y en ninguno de los espacios desentona ni sobra. Rusowsky se adentra en el futuro a una velocidad frenética en la misma forma que lo hicieron Los Chichos hace 40 años.

Creo estar asistiendo a la unión de una generación. Al comienzo de algo importante. A una nueva etapa en nuestra vida común, en la que la exaltación de los sentimientos, el amor y la amistad, priman frente a otras consideraciones (de competición económica). Siento que entramos en una etapa de abrazos y cariño rodeados de fiestas y músicas varias. Todo esto, lo vivo intensamente a las 2 de la mañana mientras acabo mi gin tonic esperando un Uber que me devuelva al siguiente lugar de ensoñaciones que será mi cama.

Así pues, como diría Rigoberta Bandini:

Nadie habrá que pueda renunciar después a un baño en aquel lago
Nadie habrá que pueda renunciar después a un beso tan bien dado
No habrá en la Tierra un solo ser que menosprecie los abrazos
Ya no habrá dudas, al prever que de esa fiesta no nos vamos
Ni de ninguna más
Jamás

Compartir

    Artículos relacionados