Veinte mil leguas de viaje por Instagram. ¿Qué hay detrás del ultimo story?

Me he pasado la vida. Perdón. Me he pasado Instagram. Quería decir Instagram. Pensaba que no había un final pero sí. He encontrado el...

3 mayo 2020 ·
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Me he pasado la vida. Perdón. Me he pasado Instagram.

Quería decir Instagram. Pensaba que no había un final pero sí. He encontrado el cartón del papel higiénico de los stories. Y he de reconocer que llegar al final ha sido como cuando te limpias el culo y se te queda mierda en la uña del dedo gordo. Piensas que todo va bien, hasta que llegas al final y ves que no tanto.

Agarré el móvil con la mala suerte de que el despertador está a medio pulgar de Instagram

En ese juego de pulgar con el que impartimos la justicia de lo interesante, he sentido de todo. Todo empezó en la cama mirando al techo y pensando hasta que minuto podía arañar el despertador de la mañana siguiente. Diez minutitos más pensé. Agarré el móvil con la mala suerte de que el despertador está a medio pulgar de Instagram. Y allá que fui. Me metí tan rápido y a tanta velocidad, que con la fuerza que ejerció Instagram sobre mi, ya no pude salir de ahí hasta que llegué al final. Vamos, un agujero negro de libro.

Llegar hasta el final de stories es un largo y arriesgado camino en el que te encuentras de todo. Es convertirse en Forrest Gump cuando decide ponerse a correr sin parar. Y si él se encontró de todo en su viaje, lo que yo recorrí por mi stories da también para sentarse en un banco para contarlo.

He visto de todo. Pan. Challenges con papel higiénico. Pan de centeno. TikToks que daban sida verlos. Pan de espelta. Cardio quema grasas en un salón. Pan de pueblo urbanita. Influencers reciclando fotos de hace no sé cuantos veranos. Pan masa madre. Influencers haciendo directos. Directos en la cama. Pan chapata. Directos en la ventana. Pan de sémola. Directos haciendo ceniceros de barro. Pan de pipas de calabaza. Directos haciendo pan. Pan haciendo directos. Queda muy poco para ver a un pan en un directo mientras hace personas. Dos semanas de cuarentena quedan. Dos.

Me siento como un voyeur en un descampado al que le abren la puerta de un coche

Sentí un poco de suciedad interna cuando vi stories de alguien que hace mucho que no veo, que no le hablo, que no me habla. Que no se nada de su vida, sus historias del día a día, alegrías, llantos, de sus hey qué pasa qué de tiempo. No sé, de sus todos. Pero de repente se me cruzaba el filtro de los negros del ataúd y esa suciedad se limpiaba sola. Putos negros, que bien limpian la culpabilidad. A veces me siento como un voyeur en un descampado al que le abren la puerta de un coche en el que se está follando para que mire y se toque. Porque así es como vemos los stories de alguien que tampoco nos importa demasiado.

El big data entierra casi al final, donde las raíces no llegan al final del macetero, a gente que juraría que estaba muerta. O por lo menos en mi cabeza no rebotaba su nombre desde hace mil años. Esa chica con la que hablé en el ocho y medio pero que al final ni quedamos ni nada. El colega de inglés que estaba gordo y ahora, por la carísima, es entrenador de calistenia. O esa a la que nunca me atreví a comerle la boca y que pasando sus stories veo como pasa ese tren al que nunca hice ni el intento de subirme. Pff. Big data joder, si la hubieras colocado hace meses al principio de stories igual hoy iría sentado en la primera clase de ese tren.

Hablaba de que pasarse Instagram era como Forrest Gump corriendo, pero igual se parece más a veinte mil leguas de viaje submarino. Muchos paisajes y muchas criaturas fascinantes. Aunque puestos a elegir, navegaría sin dejar de ponerme esas Nike Cortez a bordo del Nautilus.

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